Cultura

José Alfredo Jiménez: hijo del pueblo y de la canción

Música

El talento es una energía que se equipara al milagro y el cantautor de Dolores Hidalgo, Guanajuato, fue el milagro de la música hispana.

A mis tíos Juan Francisco, Zacarías, Isaac, Lino, Sara y Rosa Alvarado, Ronald Aróstegui y Róger Domínguez


La canción es la forma más natural que tiene el verso para expresarse líricamente. ¿A quién de hoy no le cautiva la idea de haber podido escuchar al rapsoda que tres milenios atrás entonó por primera vez los versos de la Ilíada? ¿Alguien en el México o la Hispanoamérica actual no anhela oír las notas lanzadas por un trashumante juglar de la Edad Media que atrapó en ellas los versos del Libro de buen amor (1330 y 1346) compuesto por Juan Ruiz (c. 1283–c. 1350), arcipreste o auxiliar de arzobispo en la provincia de Hita?

La música es el mayor enigma de la humanidad. No resuelve los problemas del mundo ni tiene un fin o un propósito práctico. Quienes se dejan abrasar por ella y escuchan su universal lenguaje —sentido, más que entendido— se procuran mejores armas para desarrollar empatía, entendimiento, amor, visión del otro.

Nos han inculcado la creencia de que la belleza es subjetiva. Es objetiva. Lo bello exacerba los sentidos, atrapa el presente, el único tiempo que existe, y transporta al pasado que es memoria viva para remontarlo al futuro en donde mora la esperanza.

La belleza tiene infinitas manifestaciones. Abrirnos a ella bajo el afán de transfigurarnos, hacernos más amables, honestos y sentirnos parte de un todo resolvería muchos de los males que nos aquejan. La música es lo más cercano al éxtasis místico y la canción —coplas cantadas— es la mejor vía para honrar la felicidad, el dolor, el placer, las desdichas, las desgracias y los amores contrariados.

Olvidamos que Hispanoamérica es una civilización. La canción resulta el más grande aporte de nuestra cultura a la música universal. Mucho antes de que Franz Shcubert (1797–1828) “inventara” el lied, lo que los estudiosos de la música atribuyen como el nacimiento de la canción —melodía con acompañamiento en la que la voz del ciudadano de a pie, no la de los dioses del Olimpo, como en la ópera, le canta al desamor— los campos españoles de la Edad Media escucharon al dueño de la venta, al ama de casa, al brasero, al cabo o a la campesina entonar endechas, tangos, alboradas, seguidillas, plantos, etcétera.

En el encuentro de España con el continente americano se concretaron las bases de la canción. El tango y el bolero español llegaron allende el mar y en el siglo XIX desembocaron en la ranchera mexicana que tuvo su génesis en los corridos tarareados desde la época virreinal.

Un día de 1948 la radio mexicana dio a escuchar excelentes y maravillosos versos en la voz de un compositor nacido el martes 19 de enero de 1926 en Dolores Hidalgo. Se llamaba José Alfredo Jiménez Sandoval. La canción se titulaba “Cuando el destino” que luego sería magistralmente interpretada por Lola Beltrán (1932–1996).

El término alta cultura es un término sumamente conflictivo. Lo que ahora llamamos alta cultura era para Sócrates (470 a. C.–399 a. C.) o para los estoicos, o para Wolfgang Amadeus Mozart (1756–1791) y Ludvig van Beethoven (1770–1827) cultura popular, pues enseñaban filosofía en las calles de Atenas o componían, los últimos, sus piezas en la soledad de un aposento las más de las veces ubicado en los barrios menos acaudalados de la Alemania de aquel entonces. La canción surgió de las clases bajas y no de la intelectualidad o las élites musicales; es, como gran parte de la poesía en lengua española, un género popular.

José Alfredo Jiménez es el máximo cantor del pueblo. Sus canciones son parte de nuestro acervo didáctico, de nuestra educación sentimental, y aún las cantamos sin quizás saber su procedencia. Todos somos “El rey”, “Tu enamorado”, “La mano de Dios”, “El jinete”, “Ella”, “El hijo del pueblo”, “La que se fue”, “Paloma querida” y todavía en el siglo XXI nos tomamos “El último trago”, cantamos “Muy despacito”, vivimos una “Amarga Navidad”, damos “La media vuelta”, contemplamos un “Cielo rojo” y nos confesamos con “Caminos de Guanajuato”. Lo populāris, o sea, lo relativo al pueblo perennemente regresa el arte a su estado natural.

Un dato muy importante: el Teatro San Cassiano de Venecia, abierto en 1637, fue el primer teatro de ópera público. La ópera fue creada por y para la nobleza y, sin embargo, el vulgo la reclamó para sí en la Alemania ilustrada. El arte siempre exige oler a aldea, a caminos, a hogares, a tierra.

La civilización hispana tiene en su código genético cantar canciones. Hasta hace poco era normal escuchar a nuestras madres cantar mientras tomaban el café o a nuestros padres entretanto reparaban las cosas rotas de la casa. La canción nos anclaba a lo cotidiano. No era un elemento de evasión como suele ser hoy.

José Alfredo Jiménez convirtió a los iberoamericanos en juglares y trovadores, los cantores que en la Edad Media iban de pueblo en pueblo transmitiendo las grandes noticias. Con José Alfredo supimos y nos convertimos en el oscilante caballero de “Tú y las nubes”, el de “La retirada”, el de “No me amenaces”, el de “Deja que salga la luna”, el de “Amanecí entre tus brazos”, el de “Te solté la rienda”, el de “Estoy en el rincón de una cantina”, el de la “Serenata huasteca”, el “Dinero maldito”, el de “Qué bonito amor”, el de “Pa’ todo el año” o el de “Un mundo raro”, canción interpretada por decenas de artistas. ¿Quién no se enamoró con las canciones de El Hijo del Pueblo?

Hay quienes dirán que José Alfredo era de cantina, de barrio, para no decir “naco”, marginal. Pero en la cantina se hablaba, se sentía, se sufría, se reía al no estar auditivamente contaminadas como lo están los antros de hoy anegados de música industrializada.

José Alfredo, el de “abajo”, ha sido interpretado por Plácido Domingo, Lola Flores, Daniel Santos, Julio Jaramillo, Olimpo Cárdenas, Celia Cruz, Olga Guillot, Rocío Durcal, Estela Raval, Lucho Gatica, Víctor Manuel, Enrique Bunbury, Andrés Calamaro, Joaquín Sabina, Concha Buika, Joan Manuel Serrat, José Luis Rodríguez “El Puma”, Mocedades, Celso Piña, Álvaro Torres, Shakira, Natalia Jiménez, Il Volo, Jarabe de Palo y un jubilosamente largo etcétera. Todos esto sin contar a los mexicanísimos Jorge Negrete, Pedro Infante, Chavela Vargas, Amalia Mendoza, Lola Beltrán, Lucha Villa, Juan Gabriel, Lila Downs y Natalia Lafourcade.

El de “abajo” sigue enalteciendo a México. ¿Cómo hizo para componer como nadie nunca lo había hecho sin tocar un instrumento, algo vital para un compositor? El talento es una energía que se equipara al milagro. José Alfredo Jiménez fue el milagro de la música hispana.

Tuvo la humildad necesaria para en vida aceptar vituperios. Y si todavía hay quienes lo desacreditan por oler a pueblo quizás se sensibilizarían al escuchar su canción de despedida que dice así:

¿Cómo puedo pagar
que me quieran a mí
y todas mis canciones?

Ya me puse a pensar
y no alcanzo a cubrir
tan lindas intenciones.

José Alfredo pidió para sí dos corazones que se han multiplicado por millones en la cultura hispanoamericana. Nos humanizaría hacerlos latir.

¡Gracias, maestro, por tantas y tan bellas canciones!

AQ / MCB

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Laberinto es una marca de Milenio. Todos los derechos reservados.  Más notas en: https://www.milenio.com/cultura/laberinto
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