Cultura

‘La Petite Mort’ de Gabriel de la Mora

Arte

Hasta el 8 de febrero, el Museo Jumex presenta una exposición en la que se advierten dos de los motivos esenciales de este artista mexicano: la muerte y el placer sexual extático.

Uno de los elementos más emblemáticos de la obra de Gabriel de la Mora (Ciudad de México, 1968) es sin duda el color negro, que en realidad es ausencia de color, pero que en el fondo constituye una de las vías discursivas de un artista que se ha planteado desde un primer momento despojar del andamiaje convencional al mundo cotidiano.

De ahí que a partir del negro las búsquedas de inmaterialidad y fugacidad terminaran en una hoja carbonizada de su tesis de licenciatura, lo que es a un mismo tiempo la suma de lo efímero y lo atemporal, un doméstico hoyo negro en el que siguen fluyendo las dos dimensiones que le interesan al autor: la vida presente y la mutabilidad de otras posibles vidas. De ahí que surjan en él inquietudes que lo mismo cristalizan en apalearse a sí mismo como si se tratara de una piñata, elaborada en cartón con su propio aspecto, que en buscarse en una lista infinita de personas que se llaman como él: Gabriel de la Mora, un apellido que en Colima, de donde es su familia, todos conocemos y que incluye entre sus miembros más insignes al mártir y santo Miguel de la Mora, cuyo asesinato a manos del gobierno de Plutarco Elías Calles desató la Cristiada a finales de los años veinte en casi todo el país.

Gabriel de la Mora
Gabriel de la Mora, ‘L.C., 1961, 13.8 g.de pigmento’, 2018. Óleo reconstruido sobre tela. (Foto: Sergio Briceño)

Esta idea de lo religioso articula de modo casi invisible las propuestas de Gabriel, quien busca en el geometrismo y lo abstracto una explicación o al menos un acercamiento a la mecánica que nos sostiene como seres humanos. Prueba de esto son los materiales luidos, plafones, muebles viejos, que somete a la acción del tiempo y la intemperie como si intentara demostrar que el alma se pule en la adversidad y que las maravillas de la existencia son invisibles, además de cambiantes. Los filos y los ángulos tienen que ensamblar en un mundo de curvas y de elipses, por eso los cascarones de huevos, ya en miles de fragmentos, tienden a totalizar un solo eje, un solo centro pascaliano en su ejercicio por definir a Dios, y lo mismo ocurre con los cráneos de una parte de su familia, incluyendo el de una niña muerta, donde trata de sintetizar en blanco —la suma de todos los colores—, el dolor que incluye la alegría de ser parte de una familia y él en particular como hijo de un sacerdote manumiso muy conocido en Colima y que llevaba su mismo nombre: Gabriel de la Mora.

La transgresión, el interludio apóstata y la idea de alternancia en la dislocación llevaron al Gabriel artista a crear un enorme laberinto de espejos cóncavos que invierten la imagen humana, la distorsionan, la intersectan, lo mismo que un gigantesco panel a base de bocinas rotas, donde se recuerda la metáfora de lo inexistente y lo fugaz, en este caso el sonido, esa música que ha atravesado por las mallas que protegen a los bafles, dejando un residuo indetectable, partículas subatómicas de un bolero, un riff de Metallica o un danzón, de ahí la frase “Lo que no vemos, lo que nos mira”, que aquí podría cambiarse por “Lo que no escuchamos, lo que nos oye”, como ocurre con algunas piezas de “Originalmente falso”, serie donde Gabriel transforma pinturas falsas en obras suyas, al intervenirlas y manejarlas para aumentar la borradura.

Gabriel de la Mora, ‘86,054 Ob’, 2021. Mosaico de obsidiana. Museo Jumex
Gabriel de la Mora, ‘86,054 Ob’, 2021. Mosaico de obsidiana. (Museo Jumex)

Quizás la pieza que resume buena parte de las búsquedas de Gabriel en esta glosa suya que bajo el título de La Petite Mort se exhibe en el Museo Jumex, sea el monumental espejo de obsidiana que nos recuerda el texto de Bernardo Esquinca sobre el Dios Reflectante, que no solo gira en torno a Tezcatlipoca, acaso el numen central de todo lo relacionado con esa obsidiana que invita hacia otros mundos, sino también en derredor de la numerosísima posibilidad de otras opciones a la hora de ejecutar una obra, pero que en este caso se resume en una hiperfragmentación del Yo, es decir, la unidad que somos y que nos define, queda reducida a su elemento más ínfimo, más elemental, porque en función de la imposibilidad de crear un espejo de obsidiana, ese espejo humeante al que aludió Carlos Fuentes y que Rubén Bonifaz Nuño bautizó como el reflejo de una flama, es que Gabriel opta por la esquirla, esa lasca que sedujo a Salvador Díaz Mirón y que se asocia siempre, de manera automática, con ese deseo de llegar al Todo mediante las Partes. Y en la espiral de todo eso, la mariposa, símbolo consolidado de la Tlaltecuhtli, esa diosa mexica tan evasiva y tan hermanada con su advocación, justamente la Itzpapálotl que juntaba el cielo con la tierra, esa mariposa de obsidiana que sintetiza el ciclo de lo que nace y muere y vuelve a nacer, como los ciclos geométricos de Gabriel de la Mora: impalpables ciclos cortantes, simétricos, filosos, como esos cuchillos necesarios, indispensables, para extraer el corazón.

AQ / MCB

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Laberinto es una marca de Milenio. Todos los derechos reservados.  Más notas en: https://www.milenio.com/cultura/laberinto
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