Terminé un monumento más perenne que el bronce
y más alto que las regias pirámides
al que ni la voraz lluvia ni el impotente Aquilón
podrán destruir, ni la innumerable
sucesión de los años, ni la huida de los tiempos.
Horacio (versión de Luis Alberto de Cuenca).
“El olvido desleal no caerá sobre sus zagalescas fiebres calcinadas. Y vivirán por siempre en la memoria asida a los umbrales eternos de la historia”, escribió Dionicio Morales en 10 de junio. Esta noción del arte y la poesía como monumento, una obra destinada a perdurar que celebra acontecimientos o seres excepcionales, se encuentra en varios poemas del último periodo poético de este autor fallecido el 17 de julio de 2025. Como un mínimo tributo y reivindicación, exploro este conjunto para evitar que el olvido desleal se abata sobre su legado y contribuir a la permanencia de su memoria.
Uno de los más tristes tópicos literarios depara el limbo a los escritores al morir. Lo cierto es que para algunos esa temporada en el Hades comienza estando aún vivos, como comprendió Jean Cocteau, quien se refirió al “purgatorio de los poetas”. Los libros que Dionicio Morales publicó al final de su vida recibieron escasa atención; y, en la mayoría de los casos, la recensión no pasó del comentario superficial o amistoso. Como si su propuesta estuviera agotada o perteneciera a una sensibilidad obsoleta, la presencia dioniciaca en el panorama de la poesía mexicana se había afantasmado. A despecho de este desdén, esa cosecha tardía merece leerse y apreciarse, incluso como una contralectura de su obra previa.
Dentro de ese periodo considero El águila: escultura de Sebastián (Fundación Sebastián, 2010), 10 de junio (Fundación Sebastián, 2011), El último canto del cisne (Universidad Veracruzana, 2011), Puerta Soledad (Gatsby, 2015) y Tres poemas (Ediciones del Ermitaño), reunión de varios de los poemas inmediatamente anteriores, publicados en tirajes limitados. La primera singularidad es que son poemas largos o extensos —diría Octavio Paz (La otra voz. Poesía y fin de siglo) —. El águila y El último canto tienen 180 versos, distribuidos en veinte novenas (estrofas de nueve versos); 10 de junio, 200 versos en veinte décimas; y Puerta Soledad, 280 versos, ordenados en veinte sonetos. Bastaría esta particularidad para provocar el interés crítico, pues nuestro lírico no se había aventurado a tales distancias. Es curiosa, asimismo, la numerología —la preferencia por el 9 y por el 20—, sobre todo porque el poeta, tan aficionado al juego, nunca demostró proclividad a los arcanos, como sí lo hicieron otros poetas de su generación.
La segunda característica es la condición “ecfrástica”, el término más usado desde la tradición clásica, o “transtextual”, si preferimos la taxonomía de Gerard Genette; salvo los incluidos en El último canto del cisne. O quizá no, por razones que expongo párrafos abajo. Inspirados por las artes plásticas, los escribió para acompañar sendos proyectos escultóricos de Sebastián, artista con el que Dionicio mantuvo no únicamente una relación amistosa, sino también profesional, en la que ambos se complementaban. A diferencia de la primera, esta segunda es uno de los elementos distintivos de la obra de Morales —poesía, crítica y periodismo—: el diálogo con otras artes, principalmente con las visuales: pintura, escultura, dibujo, fotografía, gráfica… Además de escribir crítica de arte, fue un conocedor del teatro y la danza. Sus poemas ecfrásticos no se limitaron a la recreación de universos plásticos sino celebraron también la danza. Notoriamente, integraron un conjunto entre la letra y la imagen, como testimonió El espejo habitado (Gobierno del Estado de Tabasco, 2016), libro que ofrece una selección de las carpetas impresas por el Taller Caracol Púrpura, integrado por los artistas Luis Garzón y Bárbara Huerta, donde los poemas de Dionicio dialogan con gráfica de José Luis Cuevas, Sebastián, Leonel Maciel, Martha Chapa, Pepe Maya y Carlos García Estrada. Sin embargo, el orden importa: en estas series, el texto precede a la representación gráfica, no a la inversa, como sucede habitualmente, al punto de impulsar a Leo Spitzer a definir la écfrasis como: “La descripción poética de una obra de arte pictórica o escultórica”.
La tercera peculiaridad es la preocupación formal. Sí, elegí correctamente la palabra: “preocupación” implica prever, anticiparse e incluso esmero. Hasta entonces, el corpus poético de Dionicio se había caracterizado por un predominio del lirismo; por una poética equidistante del verso libre distribuido en hemistiquios sin puntuación y del poema en prosa, en la que la imagen ocupa sitio primordial, como trasunto de la influencia de poetas mayores: Carlos Pellicer, Octavio Paz y Efraín Huerta, entre otros. Y aun cuando había cultivado el soneto y la copla, el interés por las regularidades de los versos, las estrofas y la armonía intrínseca en la composición —esa condición orgánica que los escritores románticos concibieron inherente a la creación poética— no se contaba entre sus rasgos estilísticos. En cambio, todos los poemas mencionados poseen una simetría tanto estrófica como versal: El águila se divide en veinte partes constituidas por estrofas de diez alejandrinos; 10 de junio nos presenta décimas en endecasílabos; y Puerta Soledad es un conjunto de sonetos endecasílabos. El afán formal no concluye en la métrica. Con ufanidad, al inicio de El último canto del cisne una nota a pie de página nos informa de que “en ninguno de los poemas se utiliza la palabra y ni la palabra que”. A su vez, Puerta Soledad plantea un reto de rétor: el primer soneto es una suerte de matriz o cantera de la que que se extraerán las piedras basales —los versos iniciales— de los siguientes diez sonetos. Añadiría un rasgo notable más: por el recurso del encabalgamiento, El último canto, El águila y 10 de junio parecen escritos en prosa. Merced a ello y a la medida silábica, Morales consigue un tono coloquial ajeno a las sonoridades de la rima y al eco de los acentos regulares. La excepción es, por supuesto, Puerta Soledad: imposible que un soneto isométrico escape a la sonoridad que impone esta forma estrófica, aunque notoriamente el desarrollo no se ajuste a la condición silogística privilegiada por la tradición del género.
Distinguir elementos singulares no convierte a una obra en única ni en trascendente —ese fue el gran error de la estética de vanguardia: sustentar la valía en la innovación—. No todos los poemas de esta época son excelentes. En El águila y 10 de junio la elocuencia termina por sofocar el hálito creativo y las fórmulas retóricas rutinarias desplazan la inventio: “Volarás hacia siempre, / majestuosa y serena” (El águila); “En la parte de arriba, el escultor / cinceló, mágicamente, en el aire” (10 de junio). Hay, sin embargo, dos piezas que deben reivindicarse y figurar entre los grandes frutos de nuestra lírica: El último canto del cisne y Puerta Soledad.
El primero cuestiona los límites del verso al presentar versos de medida libre que van desde las dieciséis sílabas hasta la veintena. El mérito no está en ese ardid retórico, sino en su perfecta adecuación al tono barroco y a la atmósfera sombría, fúnebre y grotesca de su representación. La reticencia de su autor para hablar abiertamente del asunto que lo inspiró, impidió su correcta recepción: es uno de los más hondos poemas de amor homosexual escritos en México. Divulgar esta anécdota habría permitido una mejor circulación y reconocimiento de sus méritos.
El secreto que entraña El último canto es la pasión entre un hombre maduro y un joven, en la tradición consagrada por la Antigüedad; en dicha relación, el primero cumple el papel del amante y el segundo del amado. Sin embargo, la voz poética dista de todo idealismo. Por el contrario, es amarga y sus estampas grotescas, como si el poeta hubiera tenido como modelo los aguafuertes goyescos —en cuyo caso se trataría de otro ejemplo de écfrasis: partir de un estilo plástico para la descripción literaria—. Aunque nunca mostró afinidad con el Barroco, la poética de Dionicio coincide en esta pieza con las tendencias neobarroquizantes de la poesía hispanoamericana en las últimas décadas del siglo XX. Predomina una atmósfera nocturna (“fosforecen los entintados asombros de la noche”), propia del contexto en que se suceden los encuentros: clandestinamente, a oscuras, en habitaciones escondidas. Poema de desamor, se enuncia desde un presente sin esperanzas, por lo que la alusión a la soledad —otra constante en esta poesía postrera— es desesperanzadora, “el desequilibrado proceso de un derrumbe final”. El tono recuerda por momentos el aliento profético de Ezequiel —la Biblia es otra de las influencias— y, en los instantes en que la lucidez domina la imprecación, el barroquismo sugiere los climas de Sor Juana. Hay que leerlo con minucia para apreciar, más allá de sus detalles realistas, la inquietud metafísica que lo anima y que encontrará su plenitud en Puerta Soledad.
En una perfecta coincidencia, a partir de la ocasión de celebrar el proyecto escultórico Puerta Soledad de Sebastián, programado para construirse en Camargo, Chihuahua, ciudad de origen del artista —el cual hasta la fecha no se ha erigido—, Dionicio retomó el motivo de la soledad para convertirlo en axial y trazar un periplo de hondo calado metafísico. El tema y la elección métrica sugieren un diálogo con los grandes monumentos literarios al respecto: Primero sueño de Sor Juana; Muerte sin fin de José Gorostiza y Alí Chumacero (Responso del peregrino). Otra noción que se reelabora es la idea de que la madurez, al implicar un declive, conlleva una condición lamentable: lamento por la juventud perdida y por los goces carnales; periodo de oscuridad, añoranza y melancolía.
El asunto no es inédito: se insinuaba con notas graves en El último canto. La pérdida del amor anticipa la muerte. Sin embargo, a diferencia de este poema, que finaliza con la muerte del cisne, representación del amante, el ciclo no concluye con la muerte, sino con el renacimiento. Este cambio de percepción está presente, asimismo, en El águila, en el que esta ave emblemática se aborda como una alegoría de la resurrección, en cuyo relato no es peregrino ver una cifra de las etapas de la vida. Después de la plenitud, sigue la decadencia que anuncia la muerte, pero esta no es el fin, sino una etapa necesaria para la nueva vida.
Además de ser una cala en la soledad, se trata de un cántico religioso en su acepción más amplia: religare, vincularse con el mundo. La lamentación de acentos bíblicos de El último canto, donde el poeta evocaba los placeres carnales, se ha convertido en una celebración de la creación. No es extraño plantear como lectura una relectura del cántico espiritual en el que la soledad es el elemento necesario para el renacimiento. Explícitamente, menciona “la noche oscura de Dios” (soneto XI) y el “amor total” (soneto XII). Al reinterpretar el motivo escultórico, el poeta retoma los elementos físicos del enclave —la arcilla, la arenisca, el desierto, el espacio, las condiciones atmosféricas: el Sol, el viento, la lluvia— e incluso las características del proyecto —el color rojizo: “Toda la roja pureza de su sangre se deslíe en la tierra”, soneto XIX— para resignificarlos poéticamente y enraizar la idea de la poesía con la concepción de Martin Heidegger: instaurar un mundo sobre la tierra, permitir que el lenguaje sirva de umbral:
“…En la puerta
soledad el aire merodea las
figuras que vienen y se van. Y la
tierra, el fuego y la lluvia, [sic] airean
el sagrado recinto del desierto”.
Si Horacio asentó que había erigido “un monumento más duradero que el bronce y más elevado que las regias pirámides”, en Puerta Soledad (existe en línea una versión completa del poema, publicada por Casa del Tiempo en 2014), para refrendar la perennidad de la obra de arte, Dionicio Morales construyó un monumento poético que, irónicamente, se yergue airoso mientras el referente ni siquiera se ha construido, al que no podrán destruir ni la “voraz tormenta”, ni los vientos, ni la “innumerable sucesión de los años”.
*Aun cuando la mayoría de los sitios reproduce 1943 como fecha de nacimiento de Dionicio Morales, lo cierto es que nació en 1941. El dato erróneo se debe al propio poeta, quien, vanidosamente, ocultó la mayor parte de su vida su edad verdadera hasta que, en 2021, se descubrió que cumplía ochenta años.
AQ / MCB