Entré en el túnel de metal
y al romper del silencio
los doctores descubrieron
que en mis venas
serpenteaba un antiguo cauce.
Un arroyo insomne
que latía
un pulso incesante
que golpeaba
un torrente indómito
buscando desembocar quién sabe dónde.
Guardaron silencio los médicos
primero,
discutieron
después
acerca de un lecho novedoso,
de una sinuosa corriente,
de un insistente martilleo
que parecía ya por mucho tiempo
discurrir en mi sangre.
Y yo ya lo había notado.
Ese vaivén.
Caminaba,
dormía,
respiraba,
sabiendo que dentro de mí
un trepidante
bravo río,
hubo fincado su cauce,
y su latido era mi nombre.
Sé ahora que llevo un río adentro,
y que mi pulso tiene vertiente propia.
Que ese insilente toque
es un río que murmura y a veces bramando grita
que en mí vive
que en mí está su meandro.
Concluyeron los doctores
que hay ríos,
que no vienen de la lluvia o el deshielo,
ni escurren desde las Tierras Altas,
pero sí brotan en un cuerpo.
Pero ese cuerpo se vuelve su remanso.
Este poema forma parte de un libro en preparación.
AQ / MCB