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Almas muertas y Almaviva

Toscanadas

David Toscana reflexiona sobre el poder del chisme, aquello que sin importar que a todas luces es mentira, para la mayoría es inevitable de esparcir
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Cuando alguien quiere captar la atención de sus compañeros de mesa, puede comenzar diciendo: “No es que me guste el chisme…”. A quienes lo escuchan tampoco les gustan los chismes, pero se vuelven todo oídos.

Gogol se refiere a este rasgo de la naturaleza humana en Almas muertas: “pero los mortales son así: por muy infame que sea una noticia, con tal de que sea una novedad, uno la divulgará, aunque solo sea para decir: ‘Fíjese qué mentira han divulgado’, y el otro mortal la escuchará con placer, aunque diga luego: ‘Es una mentira infame que no merece ninguna atención’. Y acto seguido se irá a buscar a un tercer mortal para contárselo y exclamar luego, junto con él, con noble indignación: ‘¡Qué mentira más infame!’. Y necesariamente esta noticia dará la vuelta a la ciudad y todos los mortales se hartarán de comentarla, reconociendo después que aquello no merece ninguna atención ni merece la pena que se hable de ello”.

No sé cómo habría redactado Gogol este párrafo en tiempos del tuit, que le ha dado al chisme nueva magnitud, categoría y verosimilitud goebbelsiana. Así, alguien podría parafrasear a Sabines: “Yo no lo sé de cierto, pero he tuiteado que una mujer y un hombre un día se quieren, se van quedando solos poco a poco, algo en su corazón les dice que están solos, solos sobre la tierra se penetran, se van matando el uno al otro”. Eso mero: yo no lo sé de cierto.

Verdad es que el pez muere por la boca, pero algunas serpientes llevan en ella el veneno para matar. El toro embiste porque no puede hacer otra cosa y el cacomixtle mata porque sí.

Un proverbio de Salomón dice: “Las palabras del chismoso son como bocados suaves, y penetran hasta las entrañas”, y el propio Jehová soltó como mandamiento: “No andarás chismeando entre tu pueblo”.

Nadie canta mejor el tema que don Basilio, en El barbero de Sevilla de Rossini. Para desprestigiar al conde de Almaviva, “bisogna principiare a inventar qualche favola che al pubblico lo metta in mala vista”. Y así nos revela en el aria que la calumnia es como una suave brisa que insensible, sutil, ligera y dulcemente comienza a susurrar; que diestramente se introduce en la oreja de la gente y que a medida que sale de la boca va tomando fuerza y volando di loco in loco, que ojalá significara “de loco en loco”, pero significa “de un lugar a otro”. Hasta que “produce un’esplosione come un colpo di cannone”, e inevitablemente “il meschino calunniato, avvilito, calpestato, sotto il pubblico flagello, per gran sorte va a crepar”. O sea, “el infeliz calumniado, cabizbajo, pisoteado, bajo el flagelo público de suerte morirá”.

Pero no fue así, porque al final Almaviva se queda con Rosina y vivieron felices para siempre.


​LVC

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