Cultura

‘Disarm (Mechanized)’ y los seres trágicos de Pedro Reyes

Arte

El artista mexicano inauguró el Centro de las Artes Inmersivas con una propuesta en la que armas —de marcas específicas: Beretta, Gluck— son transformadas en piezas artísticas.

Como si nos enfrentáramos a una serie de animales infames de un reel alterno de Mad Max o de la esquizofrenia cyberpunk de los metaleros de los ochenta reinsertos en la lógica gangosa de nuestra época actual, los instrumentos que componen el montaje más reciente de la extensa propuesta denominada Disarm, de Pedro Reyes, funcionan como un letargo musicalizado a base de expresiones guturales de los propios instrumentos, que en realidad se niegan a reconocer su origen: no son, parecen decirse a sí mismos, la pistola que mató a miles, ni los resortes que la articularon, ni siquiera los cañones que apuntaron a esas víctimas; y no son, tampoco, los cargadores de las R-15 ni de las AK-47 de cuyas fricciones se elevan, microtonalmente, como quería Vivaldi, prolongados lamentos que lo mismo pueden ser una esquirla de cierta pieza del “prete rosso”, como El Sena Festeggiante o La Folia, que un estallido a lo Mozart.

Se trata de veinte años en los que Pedro ha transformado y trastocado la literalidad o mejor dicho el logos de un pedazo de metal que sirve para matar, para aniquilar al ser humano.

La palabra es “disarm”, es decir, “desarma”, es decir “des-arma”, lo que significa: no-arma, re-estructura, rearma lo desmontado, y eso es lo que se propuso con el concierto que ofrecieron con sus piezas varios músicos que convergieron en un hecho central: arrancarle a como diera lugar una “música” a las armas.

Pero la propuesta semántica se mantuvo firme: lo que se rearma a partir de lo desarmado sigue siendo algo sin orden y es allí donde radica la paradoja central. Se trata de cancelar la lógica discursiva, y, al igual que el célebre Esto no es una pipa, de Magritte, lograr decir, hacia el final del retorcimiento melódico, “esto no es un arma”, consiguiendo así lo que el artista se propuso al inicio del proyecto: convertir eso, el arma, en una “escultura social”, para poder “intervenir en el tejido social y posibilitar una transformación colectiva”.

Disarm, Centro de las Artes Inmersivas
Pieza de ‘Disarm’ en el Centro de las Artes Inmersivas. (Foto: Sergio Briceño)

Esta idea, surgida en 2012 a partir de 7 mil armas decomisadas en Ciudad Juárez, acabó llamándose precisamente Disarm (Mechanized), creando instrumentos operados cada uno por un sistema asociado a un solenoide, lo que nos remite a la extraordinaria novela de Mircea Cartarescu, donde un gigantesco solenoide provoca incluso la levitación de uno de los personajes. Por eso las Beretta recortadas que hacen surgir una y otra vez acordes vivaldianos, tocan el extremo del discurso matriz: proveer de otra acústica los sonidos, y ruidos, imaginarios, a la manera de acúfenos que trasponen la frontera del cerebro individual, el único que los escucha, para motivar una reflexión donde cada concierto es por fuerza una lengua distinta pero que nos da identidad.

Como preámbulo a esta representación musical discorde de las armas, el espectáculo, que tuvo lugar en el Centro de las Artes Inmersivas (General Prim 90, col. Juárez) abre con la puesta en operación de tres organillos o cilindros sin cubierta, a cargo de una mujer con aspecto de edecán, quien al accionar la manivela va mostrando las púas o dientes con los que el instrumento va desgarrando o desgranando la música, otra forma, proverbial, de incidir en el símbolo básico del montaje: en el sonido algo se cocina para siempre, hasta volverse sólido, como un trozo de metal que da forma a un revólver.

En el fondo, brota de nuevo la vocación prehispánica a la que ha atendido desde hace décadas el propio Pedro Reyes, pues uno de los instrumentos musicales reproduce en su arquitectura la de las almenas del calmécac de Tenochtitlan encontradas en la calle de Guatemala, justo bajo el Centro Cultural de España. Se trata de caracoles segmentados y tachonados con picas o esferas en un canal central, que parecen elevarse simulando un gigantesco cello, cuyas curvas están resueltas a través de los cargadores de las armas de repetición.

Así se cierra el ciclo de esta propuesta donde además, las pistolas, en el modo en que fueron ordenadas, remiten sin duda a los tzompantlis en su forma de agruparse a manera de racimos de la muerte o colmenas del infierno, lugar al que hacen referencia, también, los acordes que forman y deforman el sonido, creando, de manera infinita, seres prehispánicos asociados, por ejemplo, a las tzitzimime o a los tlaloques, entidades fuera de este mundo que sin embargo vuelven e inciden en él de manera mágica y sobrenatural.

AQ / MCB

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Laberinto es una marca de Milenio. Todos los derechos reservados.  Más notas en: https://www.milenio.com/cultura/laberinto
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