Cultura

De telas y ropajes | Por Ana García Bergua

Husos y costumbres

La ropa cobra una vida propia y se convierte en espejo de inseguridades, deseos, fracasos y obsesiones.

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Aquella blusa que persiste en vivir en el cajón de donde no ha salido jamás en años, porque en realidad nos espía.


El recuerdo de aquellos pantalones tan bien puestos que suscitaban tanta admiración y le hacían sentir un poder extraordinario, hasta que un hoyo en el peor lugar derrumbó la fantasía.


Existen torpezas imperdonables que no se borran nunca y quedan como manchas de salsa en una camisa.


Tan baja era su autoestima que se vestía perpetuamente como actor de relleno.


Al remendar vestidos desgarrados, la costurera revivía las pasiones vividas por la señora y practicaba puntadas diplomáticas para que se volvieran a romper.


Para que ya no le dijeran que andaba desnudo, el rey se compró un impermeable de acrílico transparente.


Tardó tanto en elegir la corbata con la que pensaba ahorcarse, que olvidó por qué lo hacía.


Por más precauciones que toma, sus calcetines sin par lo van siguiendo por todas las casas a donde se muda, como una maldición.


Fue tan terrible la humillación que hasta la falda le dolía.


Desconfiaba del abrazo de sus abrigos, tan cálido que lo hacía sentir amenazado.


Puso a secar en el tendedero a todos sus fantasmas, pero seguían empapados en lágrimas.


Podría describir aquella noche en la que terminó sola como un fracaso; sin embargo, su vestido de flores azules, luego de tantas vueltas de baile, quedó enredado en el sillón con el abandono de los amantes satisfechos.


Los abrigos colgados en el perchero les dieron la espalda y se pusieron a conspirar entre ellos.


Cada mañana, al mirar su ropa en el armario, se preguntaba de quién se iría a disfrazar.


Al abrir la maleta, las ropas salieron volando como si las hubieran secuestrado.


Los pajaritos hacían picnic en su camisa de cuadros y la dejaban llena de migas.


Hay libros de portada blanca que parecen ir desnudos.


Los trapos de cocina suspiran cuando se habla de cocteles y recepciones diplomáticas.


Condenada a bailar por toda la eternidad por usar zapatos rojos, consiguió trabajo en los musicales de Hollywood.


Hay trajes de casimir que sueñan con ser políticos y políticos que son poco más que un traje.


Turistas que pululan por las ciudades como sonámbulos en piyama y de manera acorde las van convirtiendo en delirio, cuando no en pesadilla.


Laboraba en una tienda de lencería poniéndoles brasieres a los maniquíes; en las noches, cuando la esposa le pedía ayuda para desabrocharle el suyo, no podía evitar sentir que le iba a quedar trabajo pendiente.


El antifaz para dormir se aburría tanto de estar toda la noche en blanco mientras él dormía como un bendito, que comenzó a pasarle películas para quedar a mano.

AQ / MCB

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Ana García Bergua
  • Ana García Bergua
  • Autora de novela, cuento y crónica. Miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte, Premio Sor Juana Inés de la Cruz 2013 por La bomba de San José y Premio Nacional de Narrativa Colima 2016 por La tormenta hindú. Recientemente publicó Leer en los aviones y Waikikí, junto con Alfredo Núñez Lanz.
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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Laberinto es una marca de Milenio. Todos los derechos reservados.  Más notas en: https://www.milenio.com/cultura/laberinto
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