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Martes , 21.05.2019 / 02:14 Hoy

David Foster Wallace: el preceptor

Los paisajes invisibles

Para el escritor estadunidense, pensar bien era lo que importaba, no las inútiles configuraciones de un mundo maltrecho e irritante.
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En 2016, la ultra independiente editorial mexicana Pitzilein Books publicó Esto no es agua, de David Foster Wallace, el discurso de graduación que pronunció en la Universidad de Kenyon, y por cierto, el único discurso de ese tipo que dio en su vida.

La breve alocución muestra el notable y riguroso magisterio que D. F. W. ejerció en la Universidad de Arizona, en Emerson, en Pomona, un método pedagógico que exigía al alumno algo más que leer y escribir muy bien: pensar con claridad, con astucia y madurez (impartía clases en la carrera de Escritura creativa), pues no le interesaba formar redactores de historias ni quería ser entrenador de escribidores, sino algo así como un preceptor de artistas contemplativos.

Siguiendo con la tradición de comenzar los discursos con relatos didácticos, Esto no es agua abre con una fábula: 

“Había una vez dos peces jóvenes que iban nadando y se encontraron por casualidad con un pez mayor que nadaba en dirección contraria; el pez mayor les saludó con la cabeza y les dijo: ‘Buenos días, chicos. ¿Cómo está el agua?’ Los dos peces jóvenes siguieron nadando un trecho, por fin uno de ellos miró al otro y le dijo: ‘¿Qué demonios es el agua?’”

Tras esta breve anécdota, el orador deshilvanó una brillante perorata sobre el significado de ser adulto en un mundo que desecha el pensamiento, que ha deformado el sentido ontológico de la experiencia y sembrado una configuración mental y espiritual improductiva, para concluir con una hipótesis sobre el sentido y los alcances de la educación en el campo de Humanidades, tan entrampado entre dos modelos: proveer conocimiento y enseñar a pensar.

Ser alumno de David Foster Wallace ya era un paradigma de distinción intelectual. En “Materiales lectivos”, el único capítulo valioso de David Foster Wallace. Portátil (lo demás es una simple antología de textos de seis de sus libros), podemos apreciar su proyecto didáctico, un plan que desde el proceso de selección de los aspirantes esbozaba un desafío: la carta de motivos debía ser precisa, coherente con los propósitos vocacionales y académicos. D. F. W. examinaba dicha carta con el máximo rigor.

Quienes fueran aceptados en su clase se comprometían a cubrir a cabalidad con la asistencia, las lecturas, los ejercicios, la participación (aspecto obligatorio para todo el alumnado).

David Foster Wallace. (Especial)

D. F. W. aplicaba exámenes sorpresa. La nota final se obtenía a través de estos porcentajes: asistencia y participación, 15 por ciento; ejercicios, 15 por ciento; liderato en discusiones, 10 por ciento; trabajo a la mitad del curso, 20 por ciento; trabajo final, 40 por ciento. Entre los autores que abordaba estaban Lydia Davis, Saunders, Tom Paine, Renata Adler, James Baldwin, Joan Didion, Doris Lessing, Walker Percy y Djuna Barnes (nunca incurrió en la desfachatez de trabajar con sus propias obras), y las escalas numéricas de calificación eran meticulosas en extremo (de A+ de excelencia al opuesto F del asno sin remedio).

D. F. W. impartió ficción y no ficción. Cada alumno entregaba copia de sus textos a todo el grupo; cada uno devolvía el borrador anotado e incluía una carta en la que detallaba sus críticas e impresiones pero no evaluaba las “virtudes” de la escritura (D. F. W. se ocupaba de corregir los defectos y las confusiones sintácticas como inflexible directriz de los trabajos) sino la capacidad para exponer ideas y reflexiones, porque pensar bien era lo que le importaba a Foster Wallace y no las inútiles configuraciones de un mundo maltrecho e irritante, tan insulso y vacuo que, como dijo en Kenyon, te confronta con la vida de tal manera que se vuelve difícil llegar a los 30 o a los 50 sin querer pegarte un tiro en la cabeza. 

Él, por ejemplo, solo aguantó hasta los 46. Acabó con todo el 12 de septiembre de 2008 pero eligió el ahorcamiento y no el disparo.

ÁSS


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