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Las ciudades de Maria Callas

Cine

El realizador Tom Volf logró dar formato a la vida de la cantante de ópera más famosa del mundo gracias a ese viaje —físico y emocional— por el que nos guía.
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El bel canto ha inspirado toda clase de películas. Algunas tan conocidas como la farsa felliniana Y la nave va, de 1963; otras tan difíciles de ver como Aria por un atleta, dirigida en 1979 por el polaco Filip Bajon. Entre lo exótico y lo común está Maria por Callas, un seductor documental francés nominado a mejor película en el Chicago Film Festival de 2018.

Maria por Callas llega por fin a la cartelera mexicana luego de haber recorrido el país en la Muestra 66 de la Cineteca Nacional. La novedad de esta película no estriba tanto en lo que informa, que después de todo no trasciende el biopic televisivo, sino en la estructura que uno aprecia entre canto y canto de la prima donna. La obra, narrada por la cantante, ha sido dividida en amplios bloques de tiempo que conducen desde su infancia en Nueva York hasta lo apacible de su muerte en París cuando, ya en 1977, parecían haber concluido las tormentas amorosas y los chismes en torno a sus amores habían dejado de ser noticia de televisor.

Si uno se fija, sin embargo, hay un artificio más sutil que permite al director Tom Volf dar formato a la vida de la cantante de ópera más famosa del mundo: las ciudades. Yendo y viniendo por toda clase de entrevistas realizadas a la diva, uno se encuentra viajando con ella: ahora en Roma, ahora en París. Maria se deja seducir por Tokio, sufre un ataque de tristeza en Montecarlo, se cura de amor en las playas de Florida.

Las ciudades, como las divas, tienen su carácter. La Callas lo sabe. Las mira como a rivales. Tal vez hermosas o enigmáticas, pero, sobre todo, más cercanas a la apetecida inmortalidad. Por eso quizá odia especialmente Roma, la más celosa de todas ellas, la más altanera y engreída. La recuerda aquí como a la metrópoli de la traición. Porque la diva, pobre, no hizo otra cosa que enfermarse de bronquitis en Roma y la gente, dice ella, fue injusta. Poco importa que haya dejado plantado a Bellini y al presidente de la República. Como todos, María tiene derecho a enfermarse. Nunca perdonará a Roma.

Por Atenas, en cambio, Maria Callas siente el amor cálido que regalan los familiares distantes y sabios. En la capital griega, Maria vivió la Guerra, ahí inició el conservatorio y aprendió a pronunciar como ateniense su apellido: Kalogeropoúlos. Fue en París, sin embargo, donde encontró la serenidad que necesitaba después de la estruendosa separación de Aristóteles Onassis. En las calles de la capital francesa, Maria puede salir a tomar un poco de aire, ir de compras. No tiene miedo de que la gente la detenga y quiera tomarse una fotografía o pedir un autógrafo, cosas ambas que la hacen sentir muy mal.

La película llega a su clímax cuando Callas regresa a la verdadera ciudad de sus amores: Nueva York. El director ha encontrado material audiovisual de aquellos años, cuando Callas cantó por última vez en el Met. Los adolescentes que hacen fila uno o dos días para encontrar un boleto y ver a la mujer que consideran su conciudadana saben de ópera. Resulta emotivo escucharlos tan jóvenes, diciendo cosas tan sabias sobre la tesitura de la diva, mirando al entrevistador como diciendo: ser joven no significa ser idiota y afirmar que la única artista neoyorquina que merece una ovación de pie durante más de media hora es Callas. En esta ciudad, con esta gente y en este teatro, la diva triste se siente querida, se siente en casa y por primera vez en mucho tiempo llora no de tristeza, sino de amor.

ÁSS

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