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"Mi" Coronel: así evolucionó el arte del pintor zacatecano

Ensayo

¿Cómo diantres transita Coronel de los bajos fondos, la bazofia y las tonalidades glaucas, a las procesiones manieristas, operísticas, carnavalescas?
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Nada lo predestinaba a semejante carrera artística. Lo ayudaron la bulimia del éxito, una descomunal capacidad productiva y la buena estrella encarnada por la galerista Inés Amor, quien lo promovió bajo la condición de exclusividad.

Hijo de sastre y benjamín de ocho hermanos (entre ellos Pedro, aclamadísimo pintor), el zacatecano Rafael Coronel (1931-2019) tiene a los 20 años la corazonada de participar en un concurso de pintura convocado por el Instituto Nacional de la Juventud y gana una beca para ir a estudiar a la Ciudad de México, en La Esmeralda. A los 22 años, y contra todo pronóstico, ingresa a la Galería de Arte Mexicano: el muchacho atolondrado, ante un cuadro de payasos realizado por Rodríguez Luna, promete a Inés Amor, atónita, entregarle quince de éstos en dos semanas.

El aprendizaje lo lleva a trompicones del dibujo al óleo, de la cartulina al lienzo, de la GAM al Palacio de Bellas Artes, de un destartalado estudio en la Santa María la Ribera a la casa-estudio de Altavista que Juan O’Gorman diseñó para Diego Rivera, el padre de su recién desposada Ruth, quien fallecerá prematuramente de cáncer.

Embeleso, perplejidad y rechazo provoca entre el público, la crítica y los coleccionistas la obra del incipiente artista. Su imaginación voraz, su celeridad en la ejecución, sus series inacabables se salen de la norma. Inés Amor se lo advierte:

“Creo que si en lugar de pintar tan exorbitadamente pintara menos, con más cuidado, resultarían mejores sus obras”. 

Pero Luis Cardoza y Aragón cae bajo el hechizo: 

“El manantial sale a borbotones, atropellándose. Su hallazgo, su despilfarro, el sentido de su ejercicio lúdico es lo que me interesa”.

Sergio Pitol, a su vez, se asombra a la vista de aquella “chusma incivil y bárbara” que se hacina en sus composiciones y lo señala como el artista más sulfuroso de su tiempo en México.

Ese periodo formativo traduce la fascinación por la gleba, la pulquería y el congal, por los teporochos y las ratas despanzurradas en el desagüe. “A mí me interesa más una prostituta que se está muriendo de sífilis en un cabaret. Me impresiona más la gente imposibilitada, una mujer que no puede hablar de ebria”, declara Rafael Coronel. A la denuncia de la descomposición social que moviliza a ciertos artistas en esa era de Guerra Fría (y al margen también de la abstracción de la Ruptura), el autor añade el aliento expresionista heredado de José Clemente Orozco y la convicción de que la belleza, siempre en el filo de la aversión, nace de la putrefacción.

Ahora bien, ¿cómo diantres transita Coronel de los bajos fondos, la bazofia y las tonalidades glaucas, a las procesiones “manieristas, operísticas, carnavalescas” (dixit Juan Coronel Rivera, su hijo) que contribuyeron a su celebridad y prosperidad comercial? Un viaje a Europa, en 1961, y el descubrimiento de los viejos maestros desahoga su factura todavía algo primitivista y su uso seco del óleo hacia la investigación de la calidad etérea de los fondos. Renuncia a la paleta cetrina, campea a la figura al centro del lienzo, la desaboceta, enciende suntuosos contrastes entre la carne, los ropajes y las superficies azul turquesa, naranja, amarillo, morado, verde esmeralda. Divide el espacio para conferir un protagonismo simultáneo a la figura y al color, “sin medio ambiente”. Al asimilar la gran tradición española y flamenca, aprende a dominar el claroscuro como potente resorte dramático.

Rafael Coronel siempre fue un individualista empedernido. Generoso también lo fue, al donar su colección de máscaras y artes populares a un museo público que lleva su nombre, en Zacatecas. A quien quiso identificarlo con los interioristas (Arnold Belkin, José Luis Cuevas, Leonel Góngora, Francisco Icaza, Héctor Xavier), defensores de un nuevo humanismo que superara el realismo social del muralismo posrevolucionario en franco declive, él opuso la misma prudente neutralidad que ante las polémicas de su época enfrentaron a adeptos de la abstracción y a sus detractores, los partidarios de una nueva figuración.

En cambio, no ocultó su profunda afinidad con Francisco Corzas, “otro gran sensualizador del pesimismo”, como lo calificara Luis Carlos Emerich, y admitió cierta proximidad con Gilberto Aceves Navarro. De los tres, solo Aceves, antipedagogo nato, ejerció una formidable influencia sobre generaciones futuras de artistas plásticos. Corzas apenas lo logró, en Gustavo Aceves o Luciano Spanó, por ejemplo. Tampoco Rafael Coronel (salvo quizá en Alfredo Castañeda): hoy, a los estudiantes de artes visuales ¿acaso no les llamará más la atención su tétrico pero sincero lenguaje temprano, que el de su madurez, en que el estruendoso viraje renacentista y barroco derivó en la autosatisfacción de lo mismo? Cabe tal añoranza en estos momentos de conmemoración.

ÁSS​

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