En 1923, Jean Piaget pone ante los ojos de su lector un maravilloso juguete de pensar: el error que exhibe la lógica en acto (El lenguaje y el pensamiento del niño pequeño). No lo resumo, pero lo gloso con un ejemplo conocido: el niño que de pronto dice “sabo”, en vez de “sé”, o “cabo”, en vez de “quepo”, no está solamente cometiendo un error. Detrás de su dicho, el niño exhibe un verdadero milagro: no repite algo que hubiera escuchado, porque nadie en su casa habla así; sin embargo, el niño aplicó una regla de modo correcto, excepto porque todavía ignora que hay excepciones y verbos irregulares. Es decir: el niño, en su error, exhibe una capacidad, ya propia y suya, de generar estructuras lingüísticas: dice cosas que no ha oído, construye oraciones, crea. La estructura gramatical ya está ahí, y no se ha dado añadiendo experiencias tomadas del mundo ni del habla de los adultos. No es una suma de datos recibidos.
El error productivo desvencijó muchas pretensiones científicas del conductismo. En las ciencias, el empecinamiento suele ser productivo, al revés de las disciplinas sociales, y por eso Chomsky puede ser un fantástico lingüista, a la vez que un tarado político.
Desde 1957 (Syntactic Structures), machaca una sola apuesta: hay en todos los humanos un conocimiento gramatical interno, productivo, que no puede reducirse ni al hábito ni se forma como catálogo de hechos. Poco a poco, con críticas y correcciones, va mudando. En 1981, propone una Gramática Universal de principios y parámetros. Luego, el adelgazamiento minimalista. En 2002, Chomsky, Marc Hauser y Tecumseh Fitch publicaron en Science un artículo que se volvió canónico. Distinguían una “facultad del lenguaje amplia” (memoria, vocalización, conceptos) y una “Facultad del Lenguaje en Sentido Estricto”. De esta decían que lo único específicamente humano era la recursión: la capacidad de generar infinitas expresiones a partir de un conjunto finito de elementos.
No entro más allá porque se pone oscuro y enredado como los meandros del Amazonas. Y justo de ahí, de un afluente del Amazonas, surgió la disputa que quiso tirar a la basura a Chomsky.
Daniel Everett es ahora un lingüista capaz. Llegó en 1977 a esa olvidada zona de la selva para trabajar con los indios pirahã, una pequeña tribu con menos de trescientos personas. Su cometido original era traducir la Biblia a la lengua local y evangelizarlos. Fue al revés. El pastor Everett perdió la fe y se dedicó a la pura lingüística. Los pirahã hablan una lengua peculiarísima: no hay nombres para los colores (que designa con comparaciones: “como sangre”, para decir “rojo”); carece de numerales (distingue entre mucho y poco, grande y chico); en sus verbos no hay tiempo futuro y el pasado apenas se enuncia por contexto, no directamente. Pero, sobre todo, según Everett, el pirahã no es lengua recursiva.
Se formaron dos bandos: chomskistas contra everettianos. Ríos de tinta como si derramaran sangre enemiga, porque los estudios científicos sobre el lenguaje no solamente tocan las cosas en el mundo, sino que involucran la noción propia de cada uno. No es pleito sobre cosas; es pleito conmigo.
Chomsky ha sido muy despectivo con Everett. No importa: entre el grupo de los recursivistas (que defienden la recursividad como característica humana, heredable, de toda lengua) y el de los funcionalistas (que afirman que las lenguas son inventos humanos para resolver originalmente problemas de supervivencia) sigue dándose una batalla campal. Casi siempre pierden los funcionalistas, pero son tercos. Por fortuna, porque sus objeciones obligan a los recursivistas a precisar sus afirmaciones y evitar con ello las tautologías y la especulación metafísica. Al final, el mismo Chomsky restringió su teoría hasta dejarla en que existe un fenómeno genético que dispone a los humanos para el lenguaje.
Hace siglos se dio esta misma polémica cuando Descartes propuso que todos los humanos nacemos con ideas innatas, claras y distintas. Varios respingaron. Quizás el más notable fue John Locke: no nacemos con ideas instaladas sino como tablas rasas, donde la enseñanza y la experiencia van inscribiendo el conocimiento. Y quien puso las cosas en su lugar fue Leibniz: “Nada hay en el entendimiento que no haya estado antes en el sentido, excepto el entendimiento mismo” (Nouveaux essais, II, 1).
Chomsky empezó cartesiano y terminó, a regañadientes, como leibniziano. Al final de todas las refutaciones de hechos, empíricas y formales, el niño dice “sabo”.
AQ / MCB