Cultura

Carlo Ginzburg: Del mundo de los vencidos al dilema de la identidad

In memoriam

La muerte del autor de títulos como ‘El queso y los gusanos’, que recrea la vida de un molinero condenado al cadalso por la Inquisición, hace necesario volver la mirada a su obra, que tanto refleja nuestro propio tiempo.

Un molinero, no un rey o un emperador. Cuando en 1976 apareció publicado El queso y los gusanos en la editorial italiana Einaudi, fue como el golpe de un gong que resonó en los entumecidos oídos de muchos. Domenico Scardella llamado Menocchio, condenado a muerte por la Inquisición, era el protagonista del libro, un molinero con una visión considerada heterodoxa, y, por lo tanto, herética, sobre el mundo y su maravillosa y caótica creación. Aunque es verdad que Carlo Ginzburg, fallecido [el 17 de junio] en Bolonia a los 87 años, ya había publicado otro libro sobre los sucesos heréticos que había investigado en los archivos del Friuli, I benandanti (1966), que recogía historias de campesinos que vivieron entre el siglo XVI y el XVII. Nacidos en “pañales de seda”, como se decía entonces, afirmaban volar armados con mazos de hinojo contra hechiceros enemigos para proteger la abundancia de sus cultivos.

Ginzburg, como lo relataría en múltiples ocasiones, decidió volverse historiador en 1959 en Pisa, cuando estudiaba en la Escuela Normal, y ocuparse de los procesos de hechicería, una elección que nacía de una base de lecturas como Los cuadernos de la cárcel de Gramsci, Cristo se detuvo en Éboli de Carlo Levi y El mundo mágico de Ernesto de Martino; todos ellos libros concebidos y publicados en aquel crisol cultural y literario que fue la editorial Einaudi durante los años de la posguerra. Años después, Paolo Fossati, historiador del arte y estrecho colaborador de Einaudi, le dijo a Carlo que resultaba obvio que él, siendo judío, se dedicara al estudio de los herejes. Una obviedad que dejó perplejo al joven historiador, pero de golpe lo transportó a los años en los que, durante la guerra, se escondió con sus hermanos y su madre, Natalia Ginzburg, mientras los alemanes realizaban sus redadas en 1944 y su padre, Leone, moría torturado por los nazis.

Cuando Menocchio llegó a las manos de tantos lectores que no eran historiadores, quedó manifiesto que el entorno intelectual de Carlo Ginzburg también era la literatura: novelas, obras de narrativa y, además, la lectura de Proust, traducido por su madre, como lo narró recientemente en su último libro Il vincolo della vergogna (El vínculo de la vergüenza), Adelphi, 2025. Hoy, aquellos que por primera vez se aproximen a la lectura de El queso y los gusanos, lectura apasionante y conmovedora, encontrarán un retrato de Menocchio sencillo y claro, pero también impregnado de esa clase de literatura que sabe narrar sin recurrir a ninguna otra cosa más que a un lenguaje claro, limpio, culto y eficaz.

En la década de 1970, la historiografía viraba hacia un tipo de historia diferente, dejando atrás la idea del declive de la cultura popular, confiada, como algunos lo escribieron, a los coleccionistas. Ginzburg hizo mucho más que resucitar el pasado: lo hizo hablar a dos voces, la de los campesinos y de los subalternos y la de los inquisidores, pues fue en los documentos de los juicios friulanos dónde escuchó esas historias, una documentación que él mismo definió “asimétrica”, donde se lee el evidente choque entre dos culturas: la de los vencidos y la de los vencedores.

En los años siguientes, él, nacido en Turín en 1939, cuestionó los métodos utilizados por los historiadores, tratando de comprender el valor que debía atribuirse a los documentos que emergían de los archivos de la Inquisición, que conocía bien. Esto lo llevó a publicar en 1979 un breve pero decisivo ensayo: “Spie: radici di un paradigma indiziario” (“Indicios. Raíces de un paradigma de inferencias indiciales”), que formaba parte de un libro dedicado a la crisis de la razón (El libro al que se refiere Belpoliti es Mitos, emblemas, indicios. Morfología e historia, editado en español por Gedisa en 2008. N. de la T.). En él, rastreó el nacimiento de un método de investigación, pasando por las páginas de un historiador del arte, Giovanni Morelli, a las del fundador del psicoanálisis, Sigmund Freud, e incluso a las historias de un personaje literario, el investigador privado Sherlock Holmes. El texto tuvo un gran éxito incluso entre los lectores que no eran especialistas, precisamente por su capacidad para abarcar campos del conocimiento tan diversos y distantes.

De este modo, diseñó un estilo de investigación válido para diversas disciplinas, que trascendía los sistemas racionales tradicionales. Un texto que también fue analizado y parcialmente criticado en estas páginas —en ese entonces de papel— por uno de sus admiradores más importantes: Italo Calvino.

No cabe duda de que, además de ser producto de la cultura literaria e histórica italiana, Ginzburg es uno de los pensadores más importantes de las décadas de 1970 y 1980, fuertemente influenciado por los sucesos políticos y sociales de ese periodo. La lista de sus libros y de sus ensayos es impresionante, al igual que su destacada labor docente universitaria, principalmente en Bolonia, donde se instaló y residió en la década de 1970, pero también en prestigiosas universidades de todo el mundo.

Uno de sus libros más comentados, a la vez que rico en reflexiones, descubrimientos y visiones es Storia notturna. Una decifrazione del sabba (Historia nocturna: Un desciframiento del aquelarre), penúltimo libro publicado por Einaudi en 1989, nacido de una pregunta radical planteada por Ginzburg: ¿existe o no la naturaleza humana? Una interpelación que hoy es de gran actualidad ante los cambios que el mundo digital y la IA le imponen a la vida de miles de personas. Un historiador, como demostró su maestro Marc Bloch, es siempre un hombre inmerso en la vida de su tiempo, lejos de ser neutral a la hora de cuestionar su propia labor.

Podemos afirmar el valor político de los libros de Ginzburg ha sido y sigue siendo particularmente alto. En su obra más reciente, El vínculo de la vergüenza (2025) parte de este sentimiento, que para él constituye un vínculo más fuerte que el amor mismo —un tema fundamental en Primo Levi— para cuestionar esta época que ofrece tantas y constantes vergüenzas. Habla de su propia vergüenza como judío ante la horrenda masacre del 7 de octubre perpetrada por Hamas, pero también de la criminal respuesta del gobierno de Netanyahu en Gaza.

Lo que más le importaba, y sobre lo cual regresaba a menudo incluso en las charlas de sobremesa con los amigos, así como en conferencias y clases magistrales, era la identidad. Reivindicaba una identidad múltiple, siguiendo una definición que Calvino desarrolló en uno de sus importantes escritos: “La identidad es, pues, un conjunto de líneas divergentes que encuentran su punto de intersección en el individuo”. Hace unos años le pregunté: ¿Cuál es tu identidad? Me respondió: “soy un profesor universitario jubilado, soy un historiador, soy un italiano, soy un judío y mucho más”. El tema de la identidad se encuentra en el centro de los soberanismos y de los populismos contemporáneos. Aún necesita ser explorado y analizado en un mundo que cambia con tanta rapidez, una cuestión perentoria que nos deja como legado junto a sus múltiples y magníficos libros.


Traducción de María Teresa Meneses

Texto tomado de La Repubblica, miércoles 17 de junio de 2026.

AQ / MCB

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Laberinto es una marca de Milenio. Todos los derechos reservados.  Más notas en: https://www.milenio.com/cultura/laberinto
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