La etiqueta de la conversación aconseja erradicar de la plática entre desconocidos temas sociales y políticos polémicos o asuntos demasiado personales que puedan incomodar a los concurrentes. Sin embargo, hace poco más de veinte años, el sociólogo suizo Bernard Crettaz (1938-2022) comenzó a convocar reuniones abiertas para hablar explícitamente de uno de los temas más embarazosos y ocultos de la sociedad moderna: la muerte. Ya Norbert Elias en La soledad de los moribundos, señalaba que uno de los rasgos privativos de la vida moderna, aséptica, tecnologizada y medicalizada, era su falta de familiaridad con la muerte y la precariedad de las competencias mentales, físicas y de lenguaje para asimilar este acontecimiento. Crettaz, un sociólogo con honda vocación religiosa, que provenía de una familia campesina de los Alpes donde aún subsistía una conciencia colectiva y holística de la muerte reflejada en numerosas tradiciones del adiós dedicó parte de su trayectoria profesional a sacar del clóset este fenómeno. Junto con su esposa, Yvonne Preiswerk, trabajó mucho tiempo por restituir la presencia y el significado de la muerte en la época contemporánea, mediante la investigación interdisciplinaria y la visibilización pública. En 1999, después de una monumental exposición que prepararon juntos en torno a la muerte, Yvonne falleció repentinamente y la reflexión funeral se hizo más presente y perentoria en Crettaz. En 2004 creó su experimento de sociabilidad mortuoria, que ulteriormente ha tenido mucha resonancia y secuelas internacionales en los llamados Death cafés.
En su libro Cafés Mortels: Sortir la mort du silence, Crettaz hizo un recuento de las primeras cuarenta sesiones de este experimento. Las reuniones, sin fines de lucro, se convocaban en cafés o restaurantes, y asistían los parroquianos habituales, algunos profesionales de la salud y, sobre todo, mujeres y hombres heridos o atemorizados por la muerte. Crettaz hacía una breve introducción y pasaba la palabra a los asistentes quienes relataban las más distintas experiencias aledañas a la muerte: suicidios, accidentes insólitos, desapariciones precoces, largas agonías o, bien, la simple vivencia de la vejez, la indefensión, la soledad y la inminente despedida. Igualmente, se recogían testimonios del desgaste, la cólera o la ruina económica que implican las enfermedades terminales. En esos momentos catárticos, se expresaban secretos de familia (la dueña de un café, tras 34 años, de silencio confesó en público que su madre había muerto a manos de su propio esposo); se detallaba la mezcla de emociones ante los agonizantes eternos o se reflejaban las fracturas por rencillas irresueltas o herencias malditas. No todo era desahogo, sentimientos negativos o recuerdos tétricos, también abundaban los testimonios de serenidad, sabiduría vital y humor que reconciliaban con el último paso y, sobre todo, el diálogo lenitivo que ayudaba a compartir y socializar el hecho aislado y silenciado de la muerte.
AQ / MCB