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Miércoles , 24.04.2019 / 17:31 Hoy

La prostituta en la literatura mexicana

El escritor reflexiona sobre este personaje en su ensayo 'Las no vírgenes y sus andanzas mundanas', del que habla en la siguiente conversación


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En la esquina de una ciudad caótica, la silueta de una mujer nocturna alienta el deseo. Alejandro García escarbó en los pormenores de la prostitución para dar a luz a Las no vírgenes y sus andanzas mundanas (Fondo editorial Estado de México, 2018), un ensayo sobre la prostituta en la narrativa mexicana.

Su aproximación a este tema “es culpa de José Revueltas”, dice el autor. Hace cuatro años ganó el Premio Bellas Artes de Ensayo Literario con un trabajo sobre la participación de la mujer en la obra de Revueltas: “Una de las vertientes que más me llamó la atención fue cómo asumió y describió de manera intensa el personaje de una prostituta en su novela Los errores. La presencia de la prostituta es determinante en su obra.

“A partir de este acercamiento, investigué cómo la prostituta estaba presente en tantos autores y de tan distintas épocas: Federico Gamboa, Carlos Fuentes, Inés Arredondo, Óscar de la Borbolla, Jorge Volpi (con Las elegidas) y Cristina Rivera Garza (con Nadie me ve llorar)”.

Santa de Federico Gamboa, publicada en 1903, representó un hito en la materia. Sin embargo para Alejandro García, galardonado con el Premio Nacional de Ensayo Alfonso Reyes 2013, la relación entre literatura y prostitutas surge años atrás: “En el siglo XIX, con el guanajuatense Antonio Plaza, la poesía abreva contra la imagen de la prostitución, nos encarrila más a una idea de redención, de liberación de la mujer”. “Santa es una apuesta mayor, una pieza delicadamente trabajada, pero también es importante no dejar a un lado el diario de Gamboa sobre sus impresiones y recuerdos de la Ciudad de México, que posteriormente reflejaría en esa magnífica novela”.

Ante el reto de abordar un asunto tan comentado a través de los años, el ensayista recalca que su obra es de carácter expositivo; un recorrido por la novela, la poesía y el cuento que va siguiendo, con lupa en mano, cómo la prostituta se transforma en musa e infierno de sus propias desventuras. “El gran aporte que puede tener mi ensayo es que el lector conozca en un solo libro, diversas obras que, lamentablemente, se han perdido porque son primeras ediciones o están inmersas en un discurso de otra novela.

“Una de las enseñanzas de mi maestro Luis Mario Schneider y de José Luis Martínez fue el valor de sistematizar lo que hay, tratar de dar un panorama literario de lo que se ha gestado”.

La historia, en su mayoría, no conservó la presencia individual de las prostitutas, comenta García, pero la literatura les dio carta de naturalización. “Se tiene el registro histórico de que las cortesanas fueron toleradas en la Nueva España y se crearon ciertos reglamentos para que practicaran este oficio. Por ejemplo, en el Convento de las Recogidas, en la calle que hoy conocemos como Venustiano Carranza, en el Centro Histórico, muchas mujeres pobres podían ingresar para buscar una manera distinta de ganarse la vida”.

Mientras que en la Revolución, esta figura tuvo un papel fundamental en Los de abajo, de Mariano Azuela, “es uno de los textos más marcados para poder estudiar esta presencia; una novela imprescindible con descripciones fuertes y temerarias. Aparecen e inmortaliza personajes como la ‘Pintada’, la ‘Adelita’, mujeres que luchaban junto a sus parejas, y que en ciertos momentos, por muchas circunstancias, también caían en la prostitución.

“En la narrativa hay un tono más conciliador, una visión contraria a la que tiene la crónica histórica donde realmente se descarna a esta figura. La narrativa te aproxima de manera intima a la atmósfera de donde habitaban, a la sumisión y las lágrimas que cada noche vertían estas mujeres”.

Los textos que encontró García le dejaron apreciar cómo la prostitución fue un recurso narrativo para esbozar los barrios bajos de la ciudad, que hoy sería la periferia del Centro Histórico; “Carlos Fuentes, en la Región más transparente, utiliza la figura de la prostituta como un pórtico a la ciudad. El personaje de Gladys da inicio al libro, abre su vida, sus piernas para que transcurra la historia. Fue un recurso que años después retomaría en Los caifanes, donde fue guionista, con la aparición de la Elota.

“José Revueltas y Luis Enrique Erro también asumen y recorren los suburbios de la ciudad; cómo el barrio fue absorbiendo la vida de las prostitutas que caen en esta práctica por el abandono, la precariedad, los estigmas sociales y la pobreza”.

Alejandro García culmina su ensayo con una especie de “diccionario del pecado”. Registra la metamorfosis del término prostituta a través de los años: desde alegradora en la Nueva España; china y meretriz, en el siglo XX; hasta piruja o zorra, en años recientes. “Soy historiador de primera instancia. Busqué en diccionarios maravillosos, Historias de mexicanísimos de Francisco Santa María, Picardía mexicana de Jiménez Farías o en textos de Joan Corominas, cómo se daban los términos no solo en México, también a través de Europa, porque muchos términos son heredados”.

El término “ramera”, explica García, surge porque en ciertos lugares de Italia, para que no hubiera problemas con la policía, se ponía un ramo de flores afuera de las casa para que la gente supiera que ahí era un prostíbulo. “Uno de los grandes cronistas del siglo XIX, Ángel de Campo, Micros, tiene una de las mejores y más implacables narraciones sobre la prostitución cuenta por qué se les llamaba popochas. Hace muchos años decíamos ‘Poninas dijo Popochas’ como una manera de ya vamos a hacerlo”.

Para el autor, la forma de asumir la prostitución, tanto en la narrativa como en la historia, ha variado con los años. Sin embargo, “la literatura es el canal apropiado para conocer, asumir y reflexionar sobre ella”.

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