Cultura

La invención de lo romano [Memoria]

Ettore Scola consiguió que forma y fondo formasen una unidad con la que hizo un cine tan importante que dignificó al pícaro romano, ese que llaman allá romanaccio y que vive en Il commisario Pepe, en el maestro de

Hacia el fin de la película La nuit de Varennes de 1982, una mujer se hinca ante un maniquí vestido como rey de Francia: “Si la gente viera al rey así nadie se atrevería a matarlo”. La escena tiene un poderoso contenido metafórico. Confirma que la forma es el fondo; no solo en política, también en el arte. Ettore Scola consiguió que forma y fondo formasen una unidad con la que hizo un cine tan importante que dignificó al pícaro romano, ese que llaman allá romanaccio y que vive en Il commisario Pepe, en el maestro de latín de Il vittimista, en el albañil de Dramma della Gelosia. Antes de Scola, Roma no era tanto la capital de Italia como la ciudad del Papa.

Ettore tenía cinco años cuando sus padres se mudaron a Roma. En 1936, Mussolini era el Duce de un país que no había conseguido unirse. El muchacho era un terrón (así llamaban los romanos a los sureños como él) que lograría con otros artistas lo que Garibaldi no pudo: unir a Italia. Lo hizo ofreciendo al público retratos picarescos. Los hay franceses (como los protagonistas de Le bal) y los hay napolitanos (como los de Maccaroni), pero los más significativos en su país son los romanos, los de Brutti, sporchi e cattivi, por ejemplo, los burgueses de La famiglia o la mancuerna histriónica de Massimo Troisi y Marcello Mastroianni en Che ora è? de 1989.

Ettore Scola se volvió mundialmente famoso en 1974 gracias al éxito de la película C’eravamo tanto amati (Una mujer y tres hombres). Más que un homenaje al cine de su país, C’eravamo tanto amati es el elogio de una Italia que no termina por arreglárselas muy bien en el nuevo orden que siguió a la Segunda Guerra Mundial. En C’eravamo tanto amati, Scola inaugura el género de comedia italiana por la que se le reconoce tanto. La suya es una comedia ácida, feroz. En ella se salvan solo los desheredados; personajes como los que interpretan Mastroiani y Sophia Loren en Una giornata particolare de 1977. Los perdedores ganan en el cine de Scola, lo demuestra también el protagonista de La terraza, estrenada en 1980.

A pesar de que el realizador siempre reconoció la influencia que en su obra tuvieron De Sica, Fellini, Antonioni, Rossellini y Alain Resnais, sus historias no tuvieron nunca el optimismo de estos autores. Al contrario, su cine es más desencantado. Scola es un artista paradigmático de la Italia que estuvo a punto de volverse socialista por vías de la democracia y visto que la historia no resultó como él hubiese querido, hay en sus comedias un mal de vivre muy francés, una percepción trágica de lo que significa vivir. El sarcasmo es solo un arma política.

La narrativa de Scola ofrece una visión de lo humano que trasciende al neorrealismo. Sus influencias llegan hasta Balzac y Gógol. La ironía, el chiste, irrumpen en sus escenas con un knock out. Aprendió a hacerlo cuando escribía viñetas cómicas en la revista Marc’Aurelio y más tarde cuando comenzó a escribir teatro para Alberto Sordi quien, con otros actores, se solazaba justamente en la creación de personajes callejeros y romanos. En 1950 Ettore Scola escribió Totò Tarzan, una obra menor hecha para lucimiento del cómico Totò. El cine era todavía un divertimento. La vida se la ganaba en Marc’Aurelio, donde también era tipógrafo. El amor por este pasado se expresará en algunos de sus filmes. En Il romanzo di un giovane povero, por ejemplo. También hay ecos autobiográficos en Mario, Maria e Mario de 1993.

En la revista Marc’Aurelio, Scola también se hizo de un amigo. Ruggero Maccari (a quien él llamaba romanamente Mac) jugaría un papel fundamental en su carrera. Animado por él y gracias al éxito que tuvo con los sketches para Alberto Sordi, Scola consiguió que dos productores míticos se interesaran en su trabajo. Ponti y Di Laurentiis lo escogieron para escribir Dos noches con Cleopatra. Gracias a su trabajo en este guión, Ettore Scola se hizo de un nuevo amigo. Antonio Pietrangeli era un crítico que había cambiado de bando y ahora era director de cine. Pietrangeli acababa de rodar su primera película y en la preparación de la segunda (que llamaría Nata di marzo) escogió a Scola quien definitivamente tenía ya los créditos para dejar atrás su vida en la revista que quiso tanto. El muchacho de Trevico, el tipógrafo, había entrado al mundo del cine.

Pero no fue hasta la década de 1960, cuando el neorrealismo comenzaba a agotarse y los estudios Cinecittà estaban a punto de quebrar (de hecho sobrevivían alquilándose para producciones estadunidenses como Ben Hur, de 1959), que Ettore Scola pudo traspasar la línea que separa al guionista del director. Se permettete parliamo di donne (Si ustedes permiten, hablemos de mujeres), en 1964, fue su primera película como realizador. La obra (escrita en nueve episodios) tuvo buena recepción crítica, pero más importante: resultó un extraordinario éxito comercial. Si ya antes Scola había podido darse el lujo de vivir del cine, ahora podía vivir del cine muy bien. Con todo y su familia Ettore se mudó a una casa más amplia y pudo dedicarse de tiempo completo a inventar historias humorísticas y humanas, historias llenas de esa metáfora política que había aprendido a escribir cuando trabajaba en el Marc’Aurelio. Entre 1964 y 1974 (año en que filmó Una mujer y tres hombres) trabajó en doce películas, más de una por año. Y aunque definitivamente no son los números quienes dan cuenta del triunfo de un artista, sí que muestran el éxito que tuvo el autor en una cinematografía que se estaba reinventando. El país había conseguido dejar atrás su cine de oro (el neorrealismo) y comenzaba una nueva época que habría de seguir poniendo a Italia al frente del cine mundial.

Sería equivocado definir a Scola exclusivamente por su trabajo cómico. En la escuela su pasión fueron el griego y la poesía épica. En el liceo cultivó el conocimiento de la historia y la literatura francesas. Il viaggio di Capitan Fracassa, por ejemplo, está basada en una novela de Théophile Gautier. Así, el gusto por la cultura francesa (un gusto muy italiano, hay que decir) lo llevaría a crear dos de sus películas más importantes: La nuit de Varennes y Le bal, historia de un salón de baile desde los años veinte. Pero su obra más importante tal vez sea Passione d’Amore, que se aleja de la comedia para develar la falsa complementariedad entre los sexos. Passione d’Amore cuenta la historia de una mujer intolerablemente fea que desprecia a un hombre guapo. Al final, un enano que recuerda a Lautrec afirma que eso no es posible: “Ningún hombre puede enamorarse de una mujer fea. Una mujer se puede enamorar de un adefesio, un hombre jamás”.

Por obras como Passione d’Amore se reconoce a Scola fuera de Italia; la verdad es que dentro se le recuerda más por los pícaros que viven en la que fuese la urbe papal. Artistas como él insertaron a Roma en “la italianidad”.

El 19 de enero Ettore Scola murió en la ciudad de Roma a la que había llegado cuando tenía cinco años y todavía usaba pantalones cortos. Lejos, en el pasado, han quedado los discursos de Mussolini. El neorrealismo se estudia hoy en clases de historia y él es ya el recuerdo de un cine cómico y profundo, lleno de ironía política y con la gracia necesaria para unificar a una nación de la mejor manera posible: haciéndola reír. Su última película, ¡Qué extraño llamarse Federico!, se estrenó hace dos años. Es un documental en el que rinde homenaje a otro grande que hizo de Roma la ciudad de su arte y sus fantasías: Fellini.

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