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La conciencia como poesía

Bichos y parientes

Julio Hubard nos cuenta la pasión y generosidad con que Zaid intenta trasmitirnos la belleza del leguaje
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Gabriel Zaid cree que la conciencia es poética de suyo. Pensamos con palabras, se nos ha dicho, y con una estructura lingüística. Pero la verdad es que la conciencia existe como un fenómeno del habla: no es necesario saber leer y escribir para pensar; ni siquiera para ser poeta. Es probable que Homero no supiera escribir. Y el habla no es un fenómeno que suceda adentro de una conciencia sino el origen mismo de la noción de sí y del mundo: pensar es escuchar voces. Mi relación con el mundo está generada por el habla y el lenguaje no es algo que me pertenezca a mí: yo le pertenezco a la lengua, y es lengua porque no es mía. Curioso enredo en que filósofos y lingüistas se ejercitan a diario: pertenezco a la lengua que me pertenece.

La peculiaridad de Zaid es que supo, desde el principio, que la complexión original del habla y la lengua impregna todo acto humano y toda acción en el mundo: “la práctica no es algo estrecho, mecánico y sin misterio, sino creación; y la poesía es práctica: hace más habitable el mundo”. Todo aquello que consideramos teórico no es sino una práctica. Para que una idea tenga sentido, hay que llevar a cabo el trabajo de pensar, imaginar, creer y criticar. Y todo trabajo es práctico. Zaid propone un “experimento: ver una lámpara, una ventana o algún objeto luminoso, sobre un fondo contrastado; cerrar los ojos y ver el mismo objeto ‘en negativo’. Fijándose un poco más, no hay ni que cerrar los ojos: sobre otro fondo, sobre un muro que sirva de pantalla, los ojos, como proyector de cine, proyectan lo mismo”. Este experimento nos coloca frente a un dilema nada sencillo: durante siglos, la capacidad de ver supuso que el ojo no solo percibe sino que “sale a recibir la realidad tanto como la realidad llega a los ojos” (“Realismo de Farabeuf”, en Leer poesía). No podríamos ver el sol, dijo Plotino, si el ojo no fuera un poco un sol. Una experiencia tan común basta para darse cuenta de que la objetividad de la ciencia es un recurso puramente intelectual, incluso imaginario, pero no es el modo en que nuestra percepción reinventa al mundo y, a su vez, el mundo a cada persona.

El hombre es limitado: debe elegir racionalmente, de modo crítico. Por eso, además de ser cáustico, filoso o preciso para desmontar mentiras y desarmar falacias, Zaid insiste en que está en la naturaleza humana articular la imaginación de lo posible, y que no basta con derrumbar los errores. Es fundamental advertir el mal y el error, y con eso se cumple buena parte de la actividad crítica. Pero dijimos que es poeta y quedaría a la mitad su naturaleza, la proclividad de su instinto, si no aportara salidas, perspectivas de posibilidad: el flujo del sí, en vez del muro del no.

“Todo sería milagroso si tuviésemos ojos para verlo”, dijo en 1974 (La máquina de cantar). Esto no subvierte la intuición filosófica de que lo real es territorio de suyo, noúmeno y misterio, y que “es la naturaleza misma la que se profiere, desde el hombre o fuera del hombre”. Y el lector puede advertir que, para Zaid, lo real de suyo y la verdad de la mente que recrea lo real no son solo constitución del mundo y del ser humano sino su gramática y sentido: imaginación y crítica son las actividades responsables de hacer habitable el mundo y, por eso, un poema falsario y una administración corrupta atentan contra la calidad de lo humano.

Entusiasta de la máquina cuyo trabajo libera —el poema— y enemigo mortal del aturdimiento mecánico —la verborrea—, ante ambas cosas ejerce los dos filos de la crítica: la objeción y la admiración. La amargura y el resentimiento le son ajenos. Por más implacable que sea su crítica, su obra toda está tocada por el optimismo: nadie ha echado a volar tantas ideas precisas, viables y deseables, con la sonrisa de lo posible, la imaginación, la creatividad. Lejano de la celebración del fracaso ajeno y de la carcajada, Zaid reboza de humor: la sonrisa aguza la conversación, nos vuelve más inteligentes, humanos y falibles; marcados por límites pero tocados por el misterio. Por ejemplo: 


La urgencia y qué


sumergida en el sueño


tantos años después. La casa a oscuras


por el camino al baño. Claridad


de versos olvidados.


De fragmentos de luna entre las ramas,


como una extraña cita de memoria,


acudiendo de siglos, esperándome


en la ventana, recobrando la forma


de un soneto que vuelve en el ramaje


sonámbulo de versos, tantos años después.


La urgencia y qué mueve a la luna,


la memoria,


la vejiga en las sombras.


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