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Sábado , 16.02.2019 / 13:45 Hoy

Insensible y burgués

Hombre de celuloide

Siempre resulta medio burgués sentarse en el cine a mirar cómo sufren los pobres, uno entiende que Kaplan busca generar el descontento de la “concientización” pero el que produce su obra es de muy distinta naturaleza
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@fernandovzamora
Siempre resulta medio burgués sentarse en el cine a mirar cómo sufren los pobres. Esta es la sensación que queda después de mirar Rush Hour de Luciana Kaplan, película que ganó en 2017 el premio a Mejor documental en el Festival Internacional de Morelia. Uno entiende que Kaplan busca generar el descontento de la “concientización” pero el que produce su obra es de muy distinta naturaleza. El problema está en la más esencial de las preguntas: ¿de qué trata la película? Según el tráiler y la sinopsis, Rush Hour habla del problema del transporte en tres grandes ciudades: Los Ángeles, Estambul y Ciudad de México. La cosa no promete mucho: revivir el tráfico que todos padecemos en las grandes ciudades pero en clave de “cine de arte”.


Tenemos pues a una pareja que en Los Ángeles quiere un hijo pero no tiene tiempo ni para hacer el amor; una familia en Estambul con una madre que ha decidido trabajar en un país en el cual no es bien visto que las mujeres sean proveedoras. Esta pobre mujer vive atrapada entre el deseo de mejorar económicamente y el miedo de que algo suceda a sus hijos mientras ella no está. Pero la historia más compleja es, claro, la mexicana. Hay aquí una mujer que vive en Ecatepec y tiene que viajar tres horas para ir a lavar cabello en un barrio elegante de la ciudad. El menor de sus problemas es el tiempo que gasta en el transporte público, de modo que la comparación con la mujer de Estambul y el ingeniero de Los Ángeles resulta tan absurda como tratar de comparar ballet con arquitectura o sumar peras y manzanas. Conforme se desarrolla la historia de esta mexicana, el tema “¿de qué trata esta película?” comienza a salirse de control. Porque aquí entra en escena la violencia de género, una adoradora de la Santa Muerte que trata de limpiar de maldiciones a nuestra estilista y una truculenta historia de violación que tuvo lugar a las nueve de la mañana frente al metro Indios Verdes. Asistimos aquí sí a la miseria y a una situación conflictiva porque no tiene solución. El ingeniero de Los Ángeles podría rentar un departamento más cerca de su trabajo y la mujer en Estambul contentarse con el sueldo de su marido pero la mexicana tiene que mantener a una madre que muere de tristeza mirando un horizonte textualmente gris. Luciana Kaplan pierde por completo la atención de algo que de suyo parece más bien frívolo. ¿A quién le importa el tráfico frente a una situación de éstas?
El problema de la película pudo resolverse si la directora hubiese emulado a documentalistas como Michael Moore, directores de cine que han descubierto que ante ciertos hechos es imposible mantenerse neutral. En suma, falta un comentario editorial, una toma de posición ante la vida de esta mujer, un narrador que explique cuál es la intención de comparar la vida de estos tres personajes. Le faltó visión a Luciana Kaplan. Haberse quedado en la idea modernista de que para hacer documentales bastan los hechos sorprende cuando uno mira su filmografía: fue productora ejecutiva de Presunto culpable, uno de los documentales más importantes en la historia de México. Uno supone que aquí la directora habría tomado conciencia de la importancia de tomar posición, ofrecer alternativas y no dejar al público ante una situación que incomoda porque frente al sufrimiento de esta mujer, sentados en una sala de cine, ¿qué vamos a hacer? Te sientes confortablemente burgués e insensible, mirando la historia de un país cuyas bases hace mucho se desfondaron.

Rush Hour. Dirección: Luciana Kaplan. México, 2018.​

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