Cultura

Enrique Serna explora el poder mexica en ‘El dios hambriento’: "La historia reconstruye el pasado, pero la novela histórica nos invita a soñarlo"

El autor dice que con 'El dios hambriento', su nueva novela, cumple una ilusión infantil, una época en la que estaba fascinado por el mundo prehispánico.

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M+.- Con El dios hambriento (Alfaguara), una de las novelas más complejas de su trayectoria, Enrique Serna (México, 1959) cumple un sueño del niño que fue y estaba fascinado por el mundo prehispánico.

El autor asegura que la literatura mexicana estaba en deuda con nuestro pasado remoto porque la Conquista no es el único episodio novelable, razón por la que decidió embarcarse en esta odisea en la que se adentra en las intrigas y el poder.

¿Crees que estás pagando una deuda con ese niño?

Sí, por supuesto, estoy cumpliendo una ilusión infantil porque me tuve que transportar en la imaginación a ese mundo para lograr cumplirla.

¿Cómo fue el proceso de la novela?

En 2018 escribí el argumento de una teleserie sobre la Conquista de México en el que tuve como asesora histórica a Carmen Martínez Baracs, una historiadora y nahuatlaca. Ella me recomendó lecturas que reavivaron esa ilusión infantil mía. Al estudiar el tema a fondo, me di cuenta de que la literatura mexicana estaba en deuda con nuestro pasado remoto porque las novelas más leídas sobre el México prehispánico, como El corazón de piedra verde o Azteca, ocurren durante la Conquista, como si hubiera sido el único acontecimiento novelable. Además, las escribieron un español, Salvador de Madariaga, y un gringo, Gary Jennings. Su nacionalidad no les resta méritos, pero me parece que no tienen sensibilidad para percibir los vasos comunicantes que hay entre el México antiguo y el México contemporáneo.

El dios hambriento se sitúa en 1430, tras la derrota de los tepanecas y en los años fundacionales de la Triple Alianza. Serna no narra la caída del mundo prehispánico, sino el surgimiento del poder mexica: un universo de intrigas palaciegas, teocracia y disputas dinásticas en los que se forjan los cimientos del imperio.

¿Cuál era el rol de las familias?

Eran muy importantes en aquellas épocas porque los nobles eran polígamos. Podían tener a todas las mujeres que mantuvieran, y eso generaba que muchos no se aprendieran los nombres de sus hijos; si tenías 45, ya no los identificabas. Esto generaba resentimientos terribles porque los de las esposas segundonas, relegados en el reparto de títulos y riquezas, desarrollaban un profundo rencor contra los hermanos privilegiados, desencadenando un montón de guerras.
Foto: Araceli López
Foto: Araceli López

¿Recurres a la ficción para llenar vacíos históricos?

Hay enigmas que ningún historiador ha podido explicar, como la humillación de Nezahualcóyotl exigiéndole una guerra fingida tras derrotar a sus enemigos, por eso me asaltó la pregunta de qué había ocurrido: ¿por qué, si era un aliado leal de los mexicas, lo castigaron de esa manera? Ahí se me fue ocurriendo una intriga palaciega que plantea lo que pudo haber ocurrido cuando se lastimó el honor del tlatoani Itzcóatl; ese es el origen de la novela.

¿Por qué juegas con el náhuatl y el español?

Me permití algunas licencias porque es la primera vez que escribo una novela donde los personajes hablan un idioma distinto al mío. Pero el español contemporáneo de México y el náhuatl no son lenguas divorciadas; el náhuatl fecundó el español que hablamos. Soy un escritor que tiende al coloquialismo y quise que los personajes hablaran con desenvoltura en una lengua emparentada con la suya.

Dices que te metes en todos tus personajes. ¿Quién eres en la novela?

Estoy repartido entre todos. Me gusta mucho el desdoblamiento de escribir personajes femeninos porque te obliga a ver la vida desde un ángulo muy diferente al tuyo, pero estoy en todos, incluyendo al siniestro Tlacaélel. Hasta en el mono Tlapaltic, que está inspirado en mi perrita (risas). La observación del propio carácter es la materia prima de la cual un novelista parte para crear otros personajes; lo que importa es que después cobren vida propia.

¿Por qué incluiste a la princesa Chimalma y a Quilaztli?

Quería contrarrestar el predominio de la egolatría masculina de la época y en los rituales del poder. La vestimenta de los guerreros o nobles era mucho más vistosa que la de las mujeres. Era una época donde los hombres eran mucho más vedettes que las damas, y también me di cuenta de que si no había mujeres en la novela, no me iba a divertir. Quise introducir el punto de vista femenino para mostrar su idea del amor contrapuesta al machismo de los varones.

¿El poder es un tema central?

La voluntad de poder es una pasión que no ha cambiado mucho en todas las épocas de la historia; creo que explorar esas motivaciones de los personajes es algo bastante verosímil porque yo quise mostrar una fisiología de esas pasiones que provocaron una pugna entre Tlacaélel y Nezahualcóyotl.

¿Qué te da la novela histórica?

La historia reconstruye el pasado, pero la novela histórica nos invita a soñarlo, y eso nos da un margen de libertad. Podemos recurrir al famoso refrán italiano: “Se non è vero, è ben trovato” (Si no es verdad, está muy bien contado), eso es lo que buscamos los novelistas históricos, creo (risas).
Presenta el libro El Dios Hambriento. | Foto: Araceli López
Presenta el libro El Dios Hambriento. | Foto: Araceli López

¿Qué nos dice esta historia sobre el México contemporáneo?

La novela invita a hacer un deslinde entre lo que vale la pena conservar de nuestro pasado prehispánico y lo que valdría la pena erradicar. Hay un rebrote del cobro de tributos a los pueblos vencidos, que era la mayor fuente de ingresos del imperio mexica. Es lo que ha renacido en México con el auge de la extorsión: los tlatoanis del inframundo se apoderan de una región, le cobran tributo a los transportistas, comerciantes y hasta casa por casa; como lo que pasa ahora con los despojos y la anarquía.

¿Es la novela más difícil de tu carrera?

Me siento tan contento de ella, que probablemente ha sido lo más difícil que he escrito por su dificultad estilística y por todo lo que implica jugar con el lenguaje.

¿Te consideras el último escritor rebelde de tu generación?

El principal deber de un escritor es decir lo que piensa sin intimidarse por las reacciones que eso puede provocar. En el momento en que un escritor se autocensura porque teme que lo vayan a crucificar en las redes sociales o algo así, creo que lo que dice pierde valor. Por eso he tratado de ejercer, por ejemplo en mis artículos de opinión, la crítica sin cortapisas. Para mí, la novela tiende a crear un espacio autónomo al margen de la polarización y de las disputas ideológicas que eso provoca en el presente porque la novela, además, intenta perdurar, por tanto no te puedes quedar encasillado en las disputas políticas de tu tiempo.

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Vicente Gutiérrez
  • Vicente Gutiérrez
  • vicente.gutierrez@milenio.com
  • Periodista desde hace 25 años y especialista en temas culturales, la industria del entretenimiento y cinematográfica. Por su experiencia y conocimiento, también ha participado en temas de política y de negocios. Es reportero de cultura en Milenio y locutor en “La Taquilla”, programa de Radio Fórmula 104.1 FM.
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