DOMINGA.– Cuando husmeé detrás del telón vi algo muy sencillo, casi noble. Del lado izquierdo del escenario estaban los metales y la voz. Del derecho, la batería, el bajo y la guitarra. Todos vestidos de negro para ser parte de la noche estrellada que, al fondo, acompañaba una palabra que conozco desde niño: Atayde. Estoy en Circo Atayde en Teatro que anda de gira… fuera de las carpas.
La imagen no era nítida. El humo que acababa de soltar la máquina de hielo seco se había quedado suspendido y parecía como si las luces de cada letra estuvieran cansadas de iluminar. Era como un sueño dentro de una película de David Lynch: algo que, por no ser completamente claro, daba la impresión de existir en alguna región recóndita del corazón o la mente. Y había algo angustiante en ello: cuando una imagen no es nítida uno nunca sabe si lo que está viendo es real o ficticio.
Retrocedí muchos años. Vi tigres y leones. Aros con fuego. Jaulas y domadores. Vi a una acróbata de pie sobre un caballo. Vi al hombre que, con todo y su motocicleta, entraba a una esfera metálica para desafiar a la gravedad con velocidad. Después entraba otro. Y otro. ¡Rum!, ¡rum! Los motores rugían mientras crecía la expectativa. Todos sabíamos que aquello era un acto y, al mismo tiempo, que un error podía convertirlo en tragedia.
Vi también aquella escalera de cuerda, alta y angosta, por la que subían los trapecistas vestidos de blanco. Los vi pasar de un columpio a otro en lo más alto de la antigua Arena México, en la colonia Doctores. Vi sus brazos entrelazarse en el aire. Vi los cables. Vi la enorme red que esperaba debajo de ellos. Y recordé que, al final del acto, se dejaban caer. Crecí con ese circo en los años ochenta.
A mi padre, por trabajar en una institución bancaria, le regalaban pases de entrada cada Día de Reyes. Así llegué muchas veces a la Arena México, que durante mi infancia me parecía enorme. Recuerdo el recorrido de una zona a otra de las gradas, que entonces parecía interminable. Recuerdo las luces sobre cientos de personas acomodadas en declive. Los escalones construían aquella sensación de majestuosidad: hacia arriba, hacia abajo, por todas partes. Y al centro, el escenario de las estrellas del gran circo: el Atayde Hermanos.
El circo y sus acróbatas siguen siendo necesarios
Unos cuantos segundos frente a una palabra me habían regalado tantos recuerdos. Luego regresé del viaje que me remontó a una gran arena del pasado y volví a mi asiento. Ahora estaba en un teatro, en esta obra de Entertainment Group, esperando ver al mismo circo. Sentí nostalgia pero ver este espectáculo tiene la firme intención de hacer que los niños dejen por un momento las pantallas tecnológicas y disfrutar de un circo en vivo.
Y entonces apareció el ringmaster, el actor Ariel López Padilla, solitario, con sombrero de copa, frac rojo y una luz siguiéndolo. Sin estridencias, con voz solemne y reflexiva, habló de la necesidad de revalidar el circo, de preguntarnos por qué seguía siendo necesario. Dijo que estábamos ahí para ver brillar a las estrellas.
Y pensé en algo del circo que siempre me había cautivado: la posibilidad de ver a una persona mostrar lo que sabe hacer simplemente porque ha decidido compartirlo. Mostrar lo que ha aprendido durante años. Lo que su cuerpo ha conseguido dominar. Aquello que alguna vez pareció imposible. Ponerlo frente a los ojos de los demás sin demasiadas explicaciones. Y después simplemente sonreír porque el acto salió bien. Porque se logró. Hay algo profundamente humano en ello.
En eso estaba pensando cuando se abrió el telón. Aparecieron las estrellas, acompañadas por bailarinas con plumajes y bailarines vestidos como mozos de pista.
López Padilla volvió a tomar la palabra: “La imaginación siempre encuentra un lugar en el corazón y un camino a las estrellas”. Y entonces apareció la primera: El malabarista de velocidad Omar Vivas Ayala (49 años). Artista de circo. Quinta generación de circenses, sus tatarabuelos, bisabuelos, abuelos y padres trabajaron para el Atayde. Es venezolano pero descendiente de artistas mexicanos que migraron con el circo a Venezuela y Colombia. “El circo trata de demostrar la habilidad que tiene el ser humano [...], mostrar de lo que son capaces las mujeres y los hombres”, dice.
Vivas Ayala nació en el circo, sus hijos también. Mueve bolos, aros, pero su especialidad son los sombreros. Empezó a tirar sombreros al aire, mientras corría en círculo. Uno, dos, tres. Los hacía girar y regresaban hacia él. Los ponía en su cabeza. Al final de cada ejercicio abría los brazos, sonreía y hacía una reverencia. La gente aplaudía. Volvía a correr y los sombreros iban y venían con mayor velocidad (lo que requiere años y miles de horas de entrenamiento para alcanzar esto). Pienso en cómo la vida te convierte en malabarista. Cuántos años hacen falta para que el cuerpo aprenda a anticipar lo que los ojos aún no ven. Cuántas horas de entrenamiento son necesarias para que algo que parece imposible termine pareciendo sencillo.
Después subió Tatiana, sostenida por un tubo que parecía flotar en el aire. Luego apareció una pareja de acróbatas. Sus cuerpos comenzaron a hablar de disciplina, coordinación, precisión, empeño y fuerza. De esa fuerza particular que el cuerpo humano puede desarrollar cuando ha sido entrenado durante años para hacer aquello que los demás apenas pueden imaginar.
El ringmaster volvió al escenario: “Tanto en la vida como en el circo debemos entregar nuestro equilibrio a alguien más”.
Un par de acróbatas saltan al escenario. Su acto más sorprendente es que mientras uno se aferra fuertemente con los brazos a una barra vertical hasta lograr poner su cuerpo en horizontal, su compañero se para de manos sobre sus costillas. Muchos aplausos. “Lo hacemos ver fácil pero no lo es”, dicen al unísono los cubanos Leosvel (45) y Diosmany (50), ambos fueron gimnastas olímpicos y estudiaron en la Escuela Nacional de Circo de Cuba. Cuando no tienen función, entrenan cuatro o cinco horas diarias: cardio, elasticidad, estiramiento, fuerza y concentración. “La acrobacia y el circo son nuestra vida. Es lo que hacemos desde que teníamos siete años”.
Después aparece un niño muy delgado. Unas telas sujetas a sus tobillos lo levantan y lo llevan por el aire con las piernas abiertas en un split. Mientras va de un lado a otro, hace malabares con pequeñas pelotas. La imagen de ese niño es la que promociona esta obra en las principales calles y avenidas de Villahermosa, Tabasco.
Las familias aplauden. Quizá para varios niños es el primer acercamiento al circo, un espectáculo que perdió mucha audiencia en México desde que en 2015 la Procuraduría Federal de Protección al Ambiente prohibió la participación de animales con fines de exhibición, como medida de protección a la fauna silvestre. Desde entonces los circos que, como el Atayde, aún se presentan en carpas en diferentes estados del país, lo deben hacer sin animales, motivo por el que mucha gente dejó de asistir porque pensó que sin animales el circo perdía su mejor atracción.
Los circos de México se quedaron sin animales
Luego vienen los hijos de Omar, el venezolano: (Eliester, 18 años): “Nací en el circo, empecé a la edad de tres años, me eduqué con maestros y también en el circo. Soy payaso. Hago monociclo, soy rolista”. Junto con su hermano (Gael, 22 años) hace el acto de ícaros, una disciplina acrobática tradicional en la que Eliester se acuesta de espaldas sobre un soporte especial llamado tranka y lanza, recibe a Gael y lo hace girar utilizando únicamente los pies. Gael gira cada vez más rápido. Los cuerpos vuelven a hacer aquello que parece imposible.
López Padilla en cada participación venera al circo y sus estrellas, lo refiere con sus largas caravanas y grandes carpas. No hace mención de animales, pero en Circo Atayde en Teatro aparecen dos elefantes de tela. Mi memoria me obliga a los recuerdos: veo elefantes ataviados con terciopelos, adornos en colores plata y oro. Me acuerdo de los circos cuando entraban a mi barrio. Corríamos junto a la caravana, que precisamente iba despacio para anunciar la llegada, hasta la parte norte de la Avenida de los Insurgentes Norte que en aquellos años le llamábamos “la carretera”.
Para muchos niños como yo, era la única oportunidad que en esa vida teníamos para estar cerca de los animales. Recuerdo que si le ayudabas a llenar y acercar las cubetas con agua para darles de beber o bañarlos antes de la función, un mozo del circo nos dejaba tocar a la elefanta. Ponerle la mano encima de la trompa. Era increíble que se dejara acariciar.
En entrevista para DOMINGA, el ringmaster reconoce que en la ausencia de los animales está la nostalgia y la melancolía. “Una de las estructuras fundamentales eran los animales, al ya no estar nos refiere al vacío que dejan, eran parte de la familia del circo también, Nayeli (Ucha Atayde, quinta generación del circo) dice que la elefanta tenía más años que su abuela. Pero Padilla también entiende la ausencia como una oportunidad para volver al principio. A los artistas. A los atletas. Al cuerpo humano como instrumento de asombro. A esa capacidad de arriesgar la propia vida para conseguir que durante unos segundos alguien, sentado en una butaca, vuelva a mirar hacia arriba. “Vivirlo es distinto a verlo en una pantalla”, dice. “Y por eso emprendimos esta gran aventura”.
Omar, el acróbata de velocidad, lo explica de otra manera. Dice que el circo ha sobrevivido durante generaciones y que ahora enfrenta una de sus pruebas más difíciles: competir contra la tecnología. “Estamos compitiendo con las pantallas, con el iPad, donde puedes ver espectáculos de todo el mundo. Pero no es lo mismo ver los espectáculos en pantalla que en vivo. La experiencia en vivo es totalmente diferente”.
Y quizá ahí está el verdadero sentido de Circo Atayde en Teatro. No sólo entretener. No solamente provocar asombro. Ni siquiera recibir aplausos. Quizá se trata de algo más sencillo. Presentarse frente a los demás y decir con sencillez casi infantil: “Esto es lo que sé hacer”. Como dije, hay algo profundamente humano en eso.
Durante unos minutos, todos hacen lo mismo: entregan a los demás una parte de sí mismos. Un hombre lanza sombreros. Dos acróbatas desafían el equilibrio. Un niño vuela sostenido por unas telas. Dos hermanos se lanzan al aire utilizando únicamente la fuerza de sus piernas. Y nosotros miramos. Quizá por eso el circo conmueve tanto. Porque durante un instante nos recuerda algo que la vida moderna parece empeñada en hacernos olvidar: que hay cosas que no pueden sustituirse. El vértigo de un cuerpo suspendido. El ruido de un motor dentro de una esfera. El silencio antes de un salto. El aplauso que llega cuando alguien consigue regresar del riesgo.
Nada de lo que había recordado aquella noche estaba realmente ahí. No había tigres. No había leones. No había motociclistas dentro de una esfera. No estaban los elefantes de mi infancia. Tampoco estaba aquella enorme Arena México que de niño parecía no terminar nunca. Pero estaba lo esencial, aquello que hizo al circo. La disciplina. El riesgo. La memoria. La pasión por mostrar. Hoy, circo Atayde, que desde 1888 opera en México, sobrevive sin uno de sus principales atractivos, los animales, pero se aferra a la exhibición de sus estrellas.
Segundos antes de que terminara la función, pensé otra vez en aquella palabra suspendida entre el humo. Y entonces, desde algún lugar de la memoria, vuelve aquella voz que durante décadas acompañó al circo en la radio y la televisión mexicana: ¡Vamos, vamos, vamos, al circo Atayde Hermanos!
GSC