Cultura
  • El brunch de Polanco es una telenovela: chilaquiles, millonarios y limones de plástico

El 'brunch' es una conducta adoptada por la clase alta en México | Samantha Martínez

Entre chilaquiles y torres de ‘pancakes’, el brunch dominical de Polanco se convirtió en una ceremonia de la clase acomodada: una costumbre importada, con una mezcla de aspiración social.

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DOMINGA.– En la ciudad prehispánica que dio el chocolate al mundo; en la ciudad virreinal que mezcló el cacao con la leche y el azúcar, y le añadió los churros; en la ciudad del siglo XIX, cuando el desayuno salió de las casas y los conventos para instalarse en las fondas que alimentaban a viajeros, empleados y obreros; en la ciudad porfiriana de cafés, pastelerías y restaurantes elegantes; en la ciudad que, a principios del XX, hizo del café de chinos una institución cotidiana y donde Sanborns popularizó los huevos rancheros; en la ciudad cuyos hoteles incorporaron el desayuno continental y los cafés se volvieron oficinas improvisadas, redacciones periodísticas y foros de tertulia; en la ciudad de las carnitas, la birria, los tamales, las quesadillas y los tlacoyos del mercado sobre ruedas, en esa ciudad existe hoy también una institución por derecho propio: el brunch dominical de Polanco.

Son cerca de las doce del día de un domingo reciente. Estoy en la calle de Emilio Castelar. He dejado atrás el Café Toscano, en Temístocles, donde hay lista de espera para conseguir una mesa y donde alcancé a atisbar a un secretario de Estado con su familia. A mi derecha está la disque muy francesa Maison Belén: Petit Bistró et Patisserie, que ofrece lo mismo huevos benedictinos que pan francés bajo un toldo verde; a mi izquierda, el dizque muy francés y americano Fougasse: Bakery and Coffee, donde los meseros pasan apurados de un lado a otro tratando de acomodar a la clientela que espera. Digo “dizque” sin ánimo de burlarme, sino porque ambos ofrecen desayunos internacionales, pero lo que yo veo son muchos platos de chilaquiles.

Los establecimientos reciben decenas de comensales
La afluencia de comensales se hace presente cada domingo en los establecimientos de Polanco | Especial


El concepto del brunch nació en Inglaterra en el siglo XIX
. El escritor y periodista británico Guy Beringer escribió un ensayo titulado Brunch: A Plea, donde proponía sustituir la pesada comida dominical por un almuerzo relajado que combinara desayuno y comida, especialmente después de la cacería o las reuniones del sábado por la noche. Poco después, el brunch se popularizó en Estados Unidos, donde adquirió un carácter urbano y social. Y llegó a México cuando los hoteles comenzaron a ofrecer buffets dominicales para turistas y mexicanos cosmopolitas.

Pero decir que “llegó a México” es una idea un tanto colonial porque aquí ya existía el almuerzo, una herencia novohispana: una comida fuerte de tortillas, carne y frijoles para tomar fuerzas y seguir con la jornada. Lo que el brunch añadió a esa tradición fue convertirla en un asunto de convivencia entre amigos y, como puede verse ese mediodía en Emilio Castelar, también en un marcador de estatus.

Esta es una nueva entrega de “El Día del Señor”, una serie de relatos quincenales que rinden homenaje a la escritora Elena Poniatowska y al artista Alberto Beltrán, quienes trabajaron juntos en los cincuenta en un proyecto decididamente costumbrista: una crónica en el suplemento dominical del periódico Novedades.

Chilaquiles, pancakes y versiones hiperdulces de pan francés

El brunch fue adoptado de culturas europeas
La comida en los 'brunchs mexicanos' es una combinación de la gastronomía de países europeos | Especial


Hay que ver el despliegue de gente con peinados perfectos, relojes de más de cincuenta mil pesos, lentes de sol, chicas ataviadas con prendas de yoga de la marca Alo, niños de cuellos almidonados y nanas bien vestidas, todos sentados en sillones forrados de terciopelo frente a montañas de pancakes con crema batida, versiones hiperdulces de pan francés, panes de masa madre con aguacate machacado coronados por montañas de hierbas y flores, y enchiladas bañadas en salsa de frijol y ahogadas en crema y queso rallado. La salsa macha y el matcha latte no pueden faltar, así como tampoco falta el violinista callejero que todos los domingos pasa por allí y musicaliza el paisaje urbano con una versión de “Con te partirò”, de Andrea Bocelli.

Polanco tiene sus lugares clásicos: el Saks, por ejemplo. Desde su apertura en la década de 1980 y, particularmente desde la consolidación de su sucursal frente a Campos Elíseos, ofrece todo lo que uno busca en un brunch: la casa de estilo colonial californiano, las bóvedas cavernosas del interior, las mesas redondas para diez personas, los candelabros palaciegos suspendidos del techo, las vitrinas atestadas de botellas. Es europeo pero profundamente americano y, sobre todo, chilango.


O Garabatos y Klein’s, uno junto al otro sobre Presidente Masaryk, la calle de las grandes boutiques internacionales, donde decenas de personas hacen fila bajo un sol ambiguo de julio que, de pronto, rompe entre las nubes cargadas de la tormenta de la tarde. Son una contribución de la comunidad judía a la ciudad y ambos terminaron adaptándose al suelo donde echaron raíces. Lo que comenzó como una pastelería europea o un diner estadounidense terminó evolucionando, casi mágicamente, en otra enchilada. Esa mañana, además, un músico callejero anima la escena con una cumbia de Los Ángeles Azules que los comensales ignoran.

Pero debo declarar que mi lugar favorito no es La Casa Portuguesa ni Rulfo, en el hotel Hyatt. Es Mandolina, que ocupa un costado de una mansión de estilo californiano frente al parque Lincoln.

El establecimiento es una de las opciones para vivir un 'brunch' en Polanco
El establecimiento es una de las opciones para vivir un 'brunch' en Polanco | Especial


Vamos despacio: cierra los ojos y ubícate en la esquina de Emilio Castelar y Juan de Lafontaine. Ahora ábrelos. Si no te sientes en el Mediterráneo es que estás loco o loca, porque frente a ti, detrás de los vidrios ahumados, hay un limonero de plástico que, si fuera de verdad, habría trepado pacientemente por las columnas y el techo para dejar colgar racimos de limones amarillos, redondos como pequeños soles.

Me siento en una mesa y me traen un menú que lo dice todo: This is how we brunch. Pido un café y me dispongo a observar. Creo que, si fuera productor de telenovelas, le pediría al director que filmara una escena aquí.

Sería así: en la terraza de Mandolina, entre limones y bowls de fruta con granola, Valeria queda paralizada al ver entrar a Camila. Son idénticas. El café se le resbala de las manos cuando la desconocida sonríe con la misma cicatriz junto al labio. Rodrigo, vestido impecablemente, palidece. “Es imposible… tú moriste hace diez años”. Todos los comensales guardan silencio. Camila se acerca, toma una frambuesa congelada del cuenco de Valeria y se la lleva a la boca mientras dice con una sonrisa envenenada: “No morí. Me dieron por muerta. Y hoy he venido a recuperar mi nombre, mi fortuna… y mi marido”. Fin de escena.

Un brunch de telenovela con etiqueta y belleza

Las escenas parecen sacadas de telenovelas
La esencia de los 'brunch' se percibe entre platillos y comensales | Especial


Bien pesado, este restaurante es una telenovela en varias pistas. Está la mesa de las cuatro chicas perfectamente maquilladas, como en Amigas y rivales; está el hombre maduro con la joven de extraordinaria belleza, como en Rubí; está la familia, como en Corazón salvaje, cuyas hijas reciben una educación esmerada en etiqueta y religión que las prepara para un matrimonio ventajoso.


Mientras tomo notas, se acerca una mesera muy acomedida. Lleva un delantal impecable, camisa blanca, jeans, tenis blancos y el pelo sujeto con un pañuelo que hace juego con los manteles. Me dice que qué bonita pluma llevo, refiriéndose a la pluma fuente con la que escribo. De repente me veo en ese escenario de limones y villanas y pienso que debo parecer uno de esos tipos pesados y cursis que se sientan en los cafés a escribir sus memorias en una libreta estilo Moleskine, como la mía.

Un poco humillado, pido la cuenta y me salgo de allí, sólo para toparme de frente con el perfecto antihéroe: un hombre canoso y apuesto que habla por teléfono y le pregunta a la inteligencia artificial, como tramando un fraude de lavado de dinero: “ChatGPT, dime cuánto cuesta una casa en Rancho Avándaro”. Fin de escena.


GSC


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Guillermo Osorno
  • Guillermo Osorno
  • Guillermo Osorno es escritor y periodista. Es autor del libro Tengo que morir todas las noches. Hoy conduce el programa Por si las moscas que se transmite en Canal 22.
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