Ana Carla Maza nació mirando al Atlántico, en un edificio del barrio de Alamar, en La Habana, que otrora fue refugio de miles de chilenos que en los años 70 huyeron del golpe contra Salvador Allende.
Su abuela y su padre formaron parte de ese exilio y abrazaron el candor de la patria de José Martí. Años después, cuando pudieron volver a Chile, él decidió quedarse, enamorado. Así comenzó la familia de la violonchelista que, con el cha-cha-chá y la timba en el corazón, hoy lleva su música por el mundo.
“Alamar es todo: mi infancia, la felicidad que sentí de niña, mi historia familiar”, dice Ana en entrevista con MILENIO. También es el nombre de su nuevo disco, donde su historia "se transforma en luz, en alegría".
Lo que implica ALAMAR
De estreno reciente (27 de marzo), ALAMAR es un álbum virtuoso y cosmopolita que aglutina, a lo largo de nueve canciones, sonoridades que van del jazz y la música clásica a la rumba y el son, con voces en francés, español e inglés.
“Todo lo he puesto al servicio de mi música”, dice Ana Carla, quien creció rodeada de ella — hija del pianista Newen Tahiel y de la guitarrista Mirza Sierra — y la perfeccionó en las aulas del Conservatorio de París.
En poco más de media hora de duración y con el violonchelo como corazón, el disco pulsa diversas emociones porque “cada canción cuenta cómo afrontar la vida; son historias que, hasta hoy, había vivido desde el silencio”, explica la artista.
Transmitir nostalgia, paz, pesadumbre y esperanza a través de este álbum — que también puede leerse como una memoria familiar — es el propósito central de la cubana: “ALAMAR no solo son sonidos, es compartir una filosofía de vida”.
Destaca que este material le ocupó, además del rol de creadora, el de productora, algo que celebra porque le “encanta estar encerrada en el estudio” junto a su instrumento, al que describe como “mi mejor amigo para comunicar, para contar historias”.
Además, tomar el control total de su música desde diversas áreas le permite contrarrestar la alarmante cifra de que, en el panorama musical, solo el 2 por ciento de las productoras son mujeres, según un estudio de la Annenberg Inclusion Initiative.
“Mi espacio de libertad ha sido crear mi propio modelo artístico. Necesitamos un espacio para proponer música con otro tipo de sensibilidad, con otros colores. Romper con estereotipos de muchos años, establecidos por compositores que dicen: ‘Una canción debe ser así’”, apunta la creativa.
Insiste en que la industria "nos quiere llevar por un camino", pero uno debe crear su propia ruta a partir de la exploración, el tesón y, sobre todo, la congruencia: "Imagino un mundo más equitativo, de más igualdad, donde podamos ser al menos 50 por ciento de mujeres productoras".
Ana Carla ante los retos
“En este mundo, si hay algo que nos pertenece, que nadie nos puede quitar, es la voluntad”, suelta Ana Carla Maza sobre ese instinto que la ha llevado a dar más de 400 conciertos en aproximadamente 25 países.
Un camino no ajeno a las dificultades, pero gozoso en su mayoría, sobre todo porque se erige desde la independencia: “La elegí para proteger mi visión artística”.
Explica que lograr este trayecto, osado por momentos, no sería posible sin disciplina o, como le dicen en Cuba, 'la vocación': “Cuando se tiene, uno tiene que dedicarle su vida entera; es algo sacrificado. De niña no podía salir a jugar o hacer otras actividades porque tenía que ensayar, y con mucho gusto. Era como prepararse para las Olimpiadas: tenía que hacer audiciones, concursos, demostrar mi voz y talento”.
Así llegó a Europa, lo que recuerda como “un reto”, porque “la única manera que uno tiene de comunicar es a través del talento”. Sin embargo, lo superó, y con creces.
Actualmente, ante el desafío que representa para algunos artistas la preponderancia de lo digital y la rapidez de sus dinámicas, no se abruma: “Debemos recordar que la realidad es la que tiene la verdad”.
“Para algunos, el éxito es tener muchas reproducciones, pero para mí es ser una artista libre. No aspiro a tener millones de streamings, que están condicionados por las multinacionales; como artistas independientes, nuestro acceso es diferente porque no cedemos nuestra obra. Por eso decidí construir mi propio camino, y es algo maravilloso”.
La música, compañera de vida
El arte es, para la violonchelista, no solo una forma de expresión, sino una herramienta duradera para abrir espacios de respeto y sensibilidad: “Es para toda la vida”.
Menciona a Buena Vista Social Club, Omara Portuondo y Sting como referentes que admira por haber sabido perdurar desde la honestidad, más allá de modas o etiquetas.
De la música habla como una “compañera de vida”, presente tanto en momentos tristes como en alegres. “Siempre hay un fondo musical; incluso cuando pensamos en el pasado o en alguien, hay una canción que nos lleva ahí. Es una manera de vivir”.
En ese camino sin fin, Ana ya tiene nuevos pasos por dar: dar salida al formato sinfónico de ALAMAR, un proyecto gestado en Ginebra, y continuar en la gira que pasará por México, país que, revela, ocupa un lugar especial en su recorrido. “El público mexicano es apasionado, generoso, amoroso. Siente la música, está abierto a recibir las emociones que transmite”.
Aquí, dice, el arte se vive como ella mejor lo entiende: como parte de lo cotidiano, donde la música se siente como alguien que va a tu lado.
hc