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  • 10 horas de fuego y pólvora: la noche en que Tultepec desafía a la muerte con 340 toros de pirotecnia

  • En la capital de la pirotecnia se celebra al patrono San Juan de Dios con la quema de toros que cuentan historias y una dinámica arriesgada, pero entretenida.
Miles de personas disfrutan cada año del Feria Internacional de la Pirotecnia en Tultepec. Foto: (Angela Molina)

La luna parecía demasiado grande para esa noche. Roja, baja y redonda, se asomaba entre cables y azoteas mientras las calles de Tultepec comenzaban a llenarse. Era viernes y miles de personas caminaban hacia el centro del municipio para ver lo que aquí no se mira como espectáculo, sino como tradición: la quema de toros de la Feria Internacional de la Pirotecnia. 

Niños sentados sobre los hombros de sus papás, parejas tomadas de la mano, grupos de amigos caminando con cerveza en mano y familias completas buscando un buen lugar para ver pasar los toros.

Algunos vendedores ofrecían un souvenir perfecto para la ocasión: pequeños toros con foquitos de colores que la gente se colocaba en la cabeza como diademas luminosas. A cada paso se veían cada vez más cabezas brillando entre la multitud, otras con diademas con cuernos de toro y sombreros estilo rodeo.

La feria tenía registrados 340 toros y cerca de 50 mil asistentes esa noche. Pero antes del fuego, está el desfile.

El desfile de los toros: Papel, caña e historias


El recorrido comenzó en la capilla de La Piedad y avanzó por calles como Cuauhtémoc, Ecuador y Venustiano Carranza rumbo a los terrenos de la feria en Xahuento, donde finalmente serían quemados.

Los toros aparecen a lo lejos, cargados por grupos de entre cinco y diez personas. Algunos son pequeños, pero otros superan los dos metros de altura. Están hechos de papel, cartón, caña, papel maché y alambre; estructuras frágiles por fuera, pero llenas de pólvora en su interior.

Hay toros con luces, otros pintados con colores intensos y algunos con estructuras monumentales que parecen demasiado grandes para atravesar la calle.

Los toros no sólo cambian de tamaño: también cuentan historias. Algunos llevan diseños de personajes de caricaturas o escudos de equipos de futbol; otros cargan apellidos de familias pirotécnicas que los construyen cada año. Hay toros dedicados a grupos de Alcohólicos Anónimos, otros decorados como pequeñas ofrendas a la Santa Muerte y varios que llevan la imagen de San Juan de Dios, patrono de los pirotécnicos. 

Cada estructura funciona como una especie de firma: una manera de decir quién lo hizo, para quién se quema o a quién se le encomienda antes de que empiece la lluvia de chispas. 

Cuando uno se acerca, la gente comienza a gritar: “¡Vuelta, vuelta!”

Los cargadores se detienen y giran la estructura para presumirla. Entonces la multitud se abre rápido porque esos toros pesan y pueden empujar con facilidad a quien no se quite a tiempo.

Y aun así nadie se va. Todos se cuidan entre todos.

“¡Hazte para acá!”, se escuchaba decir a un hombre que jalaba a sus hijas hacia la banqueta. Un grupo de amigos abría espacio para dejar pasar a otro toro mientras una señora advertía: “¡Aguas, aguas!”

En Tultepec nadie quiere perderse el espectáculo, pero tampoco que alguien salga golpeado. 

Toros de diferentes temáticas desfilan antes la multitud en Tultepec. Foto: (Especial)
Toros de diferentes temáticas desfilan antes la multitud en Tultepec. Foto: (Angela Molina)
Diez horas de pólvora: El maratón del humo y el sabor

Mientras el desfile avanza, las calles se van llenando de puestos de tacos, birria, brochetas de carne, pan dulce, churros y postres que aparecen en cada esquina. También hay cerveza, micheladas, cerillitos, botellas que pasan de mano en mano entre grupos de amigos y familias que toman una parte de la banqueta para descansar, porque la noche será larga. Muy larga.

La quema comenzó alrededor de las 18:00 horas y terminó a las 04:00 horas. Diez horas de pólvora sin pausa. Es un maratón.

Por eso no es raro ver personas mayores cargando pequeños banquitos plegables. Otros descansan donde pueden mientras esperan el siguiente toro. Hay quienes se meten entre la multitud con cubrebocas porque el humo de la pólvora llega a sofocar.

Y cuando termina la noche, el cabello y la ropa quedan cubiertos por una textura terrosa: polvo del terreno mezclado con restos de pólvora. Pero nadie parece cansarse.

Para quienes nunca han asistido, la dinámica es sencilla: se ven un par de toros, luego se camina a buscar comida, después se regresa al campo de quema. Si alguien necesita ir al baño, algunas casas abren sus puertas: cinco, siete o diez pesos por pasar.

Cuando llega el momento de encender cada toro, la multitud se aprieta alrededor del terreno. Algunos se cubren con chamarras, otros se agachan mientras levantan el celular para tomar un video o conseguir alguna foto del momento.

Entonces alguien grita desde el fondo: “¡Ya saben a lo que venimos, gente! ¡A esto venimos! ¡Es sin miedo!”

El primer cohete estalla. Después otro. El toro comienza a girar mientras ruedas pirotécnicas disparan chispas que iluminan el cielo durante tres o cuatro minutos. El campo entero se llena de luz, humo y pólvora.

Si el toro da buen espectáculo, la gente responde de inmediato. “¡Ese toro es v***a!”, gritan entre aplausos.

Es la máxima aprobación.

Pero si el toro promete mucho y apenas chispea, el público tampoco se guarda nada. “¡Ese toro es p**o!”. Las risas estallan entre la multitud. 

La multitud se protege mientras observa la quema de toros en Tultepec. Foto: (Especial)
La multitud se protege mientras observa la quema de toros en Tultepec. Foto: (Angela Molina)

Segundo desfile: el retorno de los toros calcinados

Cuando termina la quema, lo que queda es una estructura negra y retorcida de alambre. Y entonces aparece el segundo desfile de la noche: el de los cadáveres.

Los toros calcinados regresan entre la gente como trofeos. Hay quienes incluso se montan en lo que queda del toro para animar a la gente y despedirlo. Algunos están completamente consumidos, otros apenas conservan la forma.

Cada uno cuenta cómo fue su quema.

Tultepec, capital de la pirotecnia

La tradición tiene raíces profundas. Tultepec es considerado la capital de la pirotecnia en México. De acuerdo con el ayuntamiento, cerca de 120 mil personas —alrededor de 60 por ciento de los habitantes del municipio— fabrican, venden o queman productos pirotécnicos.

Aquí también se encuentra el mercado de San Pablito, uno de los más grandes del país dedicado a la cohetería.

La quema de toros forma parte de la Feria Internacional de la Pirotecnia y se realiza en honor a San Juan de Dios, patrono de los pirotécnicos.

Pero cuando la madrugada se acerca, todavía pueden pasar cosas inesperadas. A veces los toros ni siquiera llegan al terreno.

Algunos se encienden antes, en plena calle. Puede ser porque los cargadores ya no aguantan la espera, porque se hace tarde o simplemente por travesura.

De pronto, un toro prende y los cohetes empiezan a dispararse en medio de la multitud. La gente corre, se agacha, se cubre y grita. Y luego vuelve a reír porque en Tultepec todos “saben a lo que vienen”.

La Luna sigue ahí arriba, observando la lluvia de chispas y el humo que sube lentamente hacia el cielo.

Y aunque los pies duelan de tantas horas de pie y los ojos ardan por el humo, nadie parece arrepentirse de haber pasado la noche ahí. Porque en Tultepec la pólvora no sólo se quema: se celebra.

Y cuando finalmente estalla el último toro, el cielo queda oscuro otra vez, como si la fiesta se guardara en silencio… hasta el próximo año.

PNMO

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