Enclavado en la Sierra Norte del estado de Puebla, en el Pueblo Mágico de Chignahuapan, donde la neblina desciende cada mañana sobre los bosques y las lagunas reflejan el cielo como antiguos espejos, existe un lugar que resguarda uno de los tesoros biológicos y culturales más extraordinarios de México: el Museo Mexicano del Ajolote.
Detrás de este proyecto está la familia Carbajal Gamiño, que habló con MILENIO. Federico, fundador del proyecto, recuerda que al principio el espacio fue conocido como Casa del Ajolote. Era un lugar más pequeño, más íntimo, pero con la misma pasión que hasta hoy se refrenda día a día.
La gente comenzó a llamarlo museo desde los primeros años, al reconocer la seriedad del trabajo y la calidad de la exhibición. Con el paso del tiempo, esa percepción se convirtió en realidad.
Fue en agosto de 2020 cuando, de manera oficial, recibió el nombramiento de Museo Mexicano del Ajolote por parte de la Secretaría de Cultura, consolidando así su carácter formal como espacio cultural y científico. El reconocimiento no solo significó un cambio de nombre, sino que dio aval a años de esfuerzo familiar, investigación constante y compromiso ambiental.
Ubicado en la calle Ramón Márquez Castro número 16, entre Vicente Guerrero y Melchor Ocampo, en el Centro de Chignahuapan, el museo se ha convertido en una parada obligada para quienes visitan este Pueblo Mágico. Su ubicación estratégica permite que turistas que recorren el pintoresco pueblo serrano descubran, casi por sorpresa, un universo acuático lleno de vida y conocimiento.
Sueño hecho realidad
Ariel Carbajal Gamiño, director del recinto cultural, recuerda que todo comenzó como una iniciativa de su papá, mamá y hermanas. Lo que fue un sueño se transformó en un esfuerzo sólido que hoy cumple más de una década dedicado a la conservación y difusión del ajolote, ese animalito endémico que parece sacado de la fantasía, pero cuya existencia es tan real como frágil.
Señaló que el proyecto nació con una visión clara y ambiciosa: trabajar en dos frentes. Por un lado, la biología de la conservación, bajo la figura oficial de Unidad de Manejo para la Conservación de la Vida Silvestre; por otro, la preservación cultural a través de una asociación civil enfocada en rescatar la historia, el simbolismo y la identidad que giran en torno al ajolote. Porque hablar de esta especie no es solo hablar de ciencia, sino de raíces, cosmovisión y patrimonio.
Durante años se ha repetido la idea de que el ajolote solo pertenece a Xochimilco. Sin embargo, Ariel subraya que Puebla también alberga especies importantes, y que Chignahuapan posee una relevancia histórica y ecológica que merece ser reconocida.
Recalcó que en el Pueblo Mágico este animal forma parte del paisaje natural, del legado comunitario, y que sería un error limitar su existencia a un solo punto del mapa.
Experiencia única
Durante la visita de MILENIO al museo, revisamos el libro de visitantes con firmas de turistas provenientes de lugares tan lejanos como Corea, Japón o China, así como de distintos países de Europa y ciudades de Estados Unidos.
El ajolote ha cruzado fronteras, pero su hogar sigue siendo este territorio mexicano que hoy lucha por conservarlo, y eso se refleja en el esfuerzo de la familia Carbajal, que se ha esmerado por brindar a los visitantes una experiencia profundamente transformadora. No se trata solo de observar acuarios, sino de comprender la vida.
Locales y turistas pueden conocer el ciclo completo del ajolote: desde el huevecillo —una esfera casi perfecta suspendida en el agua— hasta que se transforma en una larva con branquias externas y cabeza definida, que hacia la cuarta semana dibuja una silueta casi mágica dentro de su cápsula transparente.
De acuerdo con Ariel, el desarrollo del ajolote comienza en el huevo, que representa su primera etapa de vida. Este está cubierto por una capa gelatinosa producida por la madre al momento de la puesta y al entrar en contacto con el agua.
Dijo que después de una semana se forma el embrión y, a la siguiente, el huevo se abre y da paso a la siguiente fase de crecimiento, por lo que durante esta etapa el cuerpo del ajolote es prácticamente transparente. Y, finalmente, explicó que la fase adulta inicia algunas semanas después de que se han formado todas sus extremidades.
Especies que alberga
Actualmente, el museo resguarda cuatro especies identificadas, entre ellas el emblemático Ambystoma mexicanum, además de otras provenientes de distintos estados. A esto se suman más de 20 variaciones en pigmentación y rasgos físicos, que enriquecen la exhibición y permiten comprender la diversidad genética de estos anfibios.
Hoy, en sus instalaciones se desarrollan 65 huevecillos y otros 25 más están en proceso, bajo un estricto control ambiental.
El cuidado es minucioso. La temperatura del agua, la calidad del entorno, la presencia de plantas y el equilibrio del ecosistema artificial son factores determinantes. Ariel explicó que un pequeño cambio puede afectar el desarrollo embrionario, porque en aproximadamente un mes puede formarse un nuevo ejemplar, pero ese tiempo exige vigilancia constante, ya que, de no hacerlo, no se llegan a desarrollar.
“La naturaleza hace lo mismo. Por eso tienen tantos descendientes: muchos no sobreviven en el camino”, abundó.
La conservación no es una tarea aislada. El museo ha tejido redes de colaboración con instituciones académicas como la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, la Universidad Autónoma de Chapingo y la University of Washington. Estas alianzas fortalecen el estudio genético, la investigación de campo y el trabajo en laboratorio.
Federico destaca que durante once años el flujo constante de visitantes ha permitido sostener la reproducción del ajolote, incluso por encima de otras unidades especializadas. La exhibición ha crecido en variedad, calidad y contenido educativo. Cada acuario, ficha informativa y explicación guiada son resultado de un aprendizaje continuo.
Esfuerzo integral
Sin embargo, los impulsores del proyecto coinciden en que ningún esfuerzo de reproducción será suficiente si no se protege el ecosistema. La verdadera conservación comienza en el agua limpia, bosques protegidos y conciencia ciudadana, bosques protegidos y conciencia ciudadana.
Chignahuapan aún conserva espacios donde el ajolote vive en libertad, y esa es una esperanza que debe cuidarse, sostienen.
Quien visita este recinto no solo observa un anfibio extraordinario; recibe una lección de responsabilidad ambiental. El recorrido guiado, con duración de una hora, transmite la hermosura, tradición e importancia biológica de un ser capaz de regenerar partes de su cuerpo y desafiar las reglas convencionales de la naturaleza.
Quien llega a Chignahuapan y no cruza las puertas del museo, coinciden Ariel y Federico, se pierde una experiencia irrepetible. Porque contemplar al ajolote es asomarse a la historia evolutiva, la riqueza cultural y la fragilidad de la vida. En esas pequeñas branquias rosadas palpita un recordatorio poderoso: cuidar la naturaleza no es una opción, es un deber que define nuestro futuro.
Así, entre acuarios iluminados y el murmullo constante del agua, el Museo Mexicano del Ajolote se mantiene como un faro de conservación en la Sierra Norte de Puebla. Un espacio donde ciencia y cultura se abrazan.
BTO
