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  • Así resiste Manzanillo: sus barrios esperan que el puerto traiga sombra, banquetas, salario y aulas

Puerto de manzanillo: los habitantes sobreviven entre barcos, tráileres y "progreso" | Especial

Cuatro mil monstruos de carga entran a esta ciudad caótica. Lo mismo barcos de 400 metros. El “pueblo del pez vela”, desde su origen, ha sido un punto clave de intercambio y conflicto.

DOMINGA.– La bahía de Santiago, vista desde el cielo, dibuja la silueta de un pez vela, una de las especies más codiciadas para la pesca deportiva en esta franja del Pacífico. No es casualidad que Manzanillo –municipio de Colima en el que se ubica la bahía– sea considerado la capital mundial del pez vela.

En el centro histórico, el “Manzanillo Viejo” como le dicen los locales, se erige imponente el ‘Pez Vela’, una escultura azul de 25 metros de altura y 70 toneladas. Es obra de Sebastián, el artista del ‘Caballito’ en la Ciudad de México y los ‘Arcos del Milenio’ en Guadalajara. El exgobernador Fernando Moreno Peña resumió la grandilocuencia del símbolo con una frase que ha quedado para la posteridad: “la bahía la hizo Dios, la escultura se la mandé hacer a Sebastián.”

Muy cerca de este ‘Pez Vela’ se encuentra el muelle de cruceros, en el que cada año una decena de barcos de importantes navieras se aferran a mantener viva la esperanza de que Manzanillo no sea sólo un puerto de carga, sino también un destino turístico. Los viajeros internacionales, sin embargo, se topan con un centro histórico salitrado y envejecido, edificios que parecen escritos en pasado y cerros poblados por casas a las que uno no imagina cómo se llega ahí.

La escultura del "Pez Vela" tiene una altura de 25 metros y se encuentra en el centro histórico de Manz
La escultura del "Pez Vela" tiene una altura de 25 metros y se encuentra en el centro histórico de Manzanillo | Arnoldo Delgadillo


El equilibrio entre lo comercial y lo turístico nunca se ha logrado del todo.
Desde sus orígenes, en el siglo XVI, el puerto ha sido un punto clave de intercambio. Aquí se construyeron los navíos que zarparon en la expedición de Hernán Cortés hacia el mar de Bermejo en 1541. También fue punto de partida de numerosas travesías por el Pacífico y destino de la Nao de China, procedente de Filipinas, con su valiosa carga de productos orientales.

Su formalización respondió a una vocación logística. Hace dos siglos –en 1825– se habilitó como puerto de altura y de cabotaje. Durante el Porfiriato, se construyeron obras fundamentales como el rompeolas y el dragado del canal de acceso. En 1908, la conexión ferroviaria marcó un parteaguas. Décadas más tarde, la construcción del recinto portuario de San Pedrito, de 1970, sentó las bases de su transformación moderna.

Hoy Manzanillo es un puerto con 29 posiciones de atraque, 450 hectáreas de terreno, que contribuye con más de 8 mil millones de dólares al PIB nacional y genera hasta 25 mil empleos directos e indirectos.

Esta es la historia de un pueblo que tuvo la suerte –quién sabe si buena o mala– de ver crecer en sus entrañas al puerto más importante de México. Pero también es la historia de cuatro generaciones de una familia que ha crecido junto a él: desde la serenidad del pueblo costero de la bisabuela, hasta la caótica ciudad que vive de la nieta, donde barcos de más de 400 metros y más de 4 mil vehículos de carga ingresan día con día al recinto portuario de Colima.

En Manzanillo se lucha por el equilibrio entre una ciudad portuaria de carga y turística
En Manzanillo se lucha por el equilibrio entre una ciudad portuaria de carga y turística | Foto de dron

Las jirafas portuarias que se miran en Manzanillo

Mientras todo esto ocurría, cuatro generaciones de la familia de Alejandra Manzo, hacían de Manzanillo “su paraíso”. Así lo describió en una publicación que se volvió viral y que me llevó a conocerla. El posteo tiene una tesis simple y radical: el progreso debería medirse en calidad de vida, no en la cantidad de acero que se mueve ni en los millones que aparecen en los estados financieros. Que vuelva a significar bienestar y se traduzca en banquetas, la sombra, los salarios, las aulas.

Los abuelos de su mamá –Gregorio Figueroa y Fidelina Ordaz– llegaron a Manzanillo hace mucho tiempo: el puerto tenía dos muelles y el pueblo, apenas dos manzanas. Primero se asentaron en Salagua, donde el bisabuelo trabajó de panadero. “Dicen que mi bisabuela tenía las manos muy calientitas, por lo que era la mejor amasando la masa, incluso mejor que los hombres con más fuerza”.

Los bisabuelos de Alejandra luego fueron maestros. Nadie en la familia recuerda con exactitud cómo llegaron a serlo, pero ella escuchó que existió un programa de gobierno para alfabetizar a la población. En aquella época, bastaba haber cursado la primaria para poder enseñar, y su bisabuela lo había hecho. Su bisabuelo, en cambio, tenía una carrera técnica en Agricultura. Ambos daban clases en la primaria Vicente Guerrero.

Cuatro generaciones de la familia de Alejandra Manzo han vivido en Manzanillo |
Cuatro generaciones de la familia de Alejandra Manzo han vivido en Manzanillo | Arnoldo Delgadillo


Con el tiempo, la familia Figueroa Ordaz se mudó a la colonia del Seguro. Alejandra recuerda que, cuando era niña, su abuela la llevó a conocer la casa en la que había crecido. El bisabuelo también compró terrenos en lo que hoy es Tapeixtles. Parte de esas tierras forman ahora la colonia que lleva su nombre, Lomas de Gregorio Figueroa, donde aún viven algunos de sus descendientes.

En el patio siguen en pie dos árboles de mango que él plantó: “sus troncos son tan anchos que no se pueden abarcar con ambos brazos”, señala. Desde ahí ahora es posible ver a contraluz las “jirafas portuarias”, esas grúas de hasta 60 metros de altura y capacidad para manejar 100 toneladas en el Puerto Interior.

Con motivo de la consulta pública sobre el proyecto de la ampliación del puerto hacia la Laguna de Cuyutlán –el cuarto humedal más grande del país y el quinto lugar de importancia mundial en aves migratorias–, esta chica de 22 años, Alejandra Manzo, escribió un texto en el que se preguntó, en voz alta, lo que muchos mascullan aquí desde hace tiempo: “¿Qué es el progreso?”

“Si lo único que va a pasar es que vendrá más gente de fuera a vivir en los pocos metros habitables, alentando el tráfico y empeorando el aire, entonces yo no quiero progreso. Quiero que me regresen al Manzanillo de mi bisabuela: tal vez con menos para gastar, pero con mucho mar y, quiero pensar, tranquilidad.”

Esas palabras potentes me hicieron buscar en las memorias de su familia materna los distintos Manzanillos que vivieron hasta llegar al gigante portuario que hoy los abruma, porque, cómo construir un lugar si no es a través de quienes lo habitan.

Con sus más de 60 metros de altura, las jirafas portuarias son vistas desde lejos
Con sus más de 60 metros de altura, las jirafas portuarias son vistas desde lejos | Arnoldo Delgadillo

Monstruos de carga ingresan al puerto de Manzanillo

Llegar a Manzanillo se ha vuelto una prueba de paciencia. Un tramo de 100 kilómetros puede significar 10 o 12 horas de camino en un mal día. Dos son las causas y ambas atañen directamente al gigante portuario: los accidentes carreteros –casi siempre con camiones de carga de contenedores implicados– y los problemas de ingreso que generan largas filas, embudos de acero donde todo se detiene.

Con base en datos de la Guardia Nacional, obtenidos a través de una solicitud de información, de 2022 al primer trimestre de 2025 han ocurrido 173 accidentes y 18 vidas perdidas en la autopista Colima-Manzanillo. Por esta artería vital para la economía del país, no sólo viaja mercancía; viajan profesores, personal de salud, comerciantes, gente que ve truncada su cotidianidad.

Liliana Rojas, médica del IMSS, ha hecho más de tres horas en un trayecto de 47 kilómetros que implica transitar por la autopista de Colima-Manzanillo. Fernando Sánchez, conductor de un tráiler, ha esperado hasta 24 horas varado. El 16 de junio pasado, 13 docentes que regresaban a Colima y Villa de Álvarez resultaron lesionados en un accidente. Se toparon, además, con la necesidad de pelear para que el percance se reconociera como riesgo laboral.

Manzanillo presume su músculo marítimo: barcos de casi 400 metros, como el APL Fullerton o los CMA CGM Alexander Von Humboldt y Marco Polo; 41 gigantes por encima de 365 metros han atracado en lo que va de este 2025. Pero en tierra firme se cuenta otra postal nada menor: unos 4 mil camiones de carga entran cada día al puerto.

Entre enero y agosto de 2025 sumaron 816 mil 114 unidades –4% más que el mismo periodo en 2024– y agosto fue el mes rey con 112 mil 778; inmediatamente detrás está julio, con 111 mil 602. La ciudad, acostumbrada a vivir con el mar enfrente, mira esta marea terrestre que sube y no baja.

La “hora pico” dejó de ser una franja. En una visita reciente, la presidenta Claudia Sheinbaum contó que llamó al titular de la Agencia Nacional de Aduanas de México, Rafael Marín Mollinedo, para preguntar por las filas; le respondieron que el problema se concentra “de 14:00 a 16:00 horas y luego se libera”. La frase del funcionario provocó carcajadas cansadas a nivel de banqueta: en Manzanillo –dicen los propios– la hora pico es a las dos… y a las cuatro… y a las seis, y a las siete, a la medianoche y a las tres de la mañana. La hora pico aquí es 24/7.

Además de los grandes contenedores, a Manzanillo también entran miles de camiones de carga
Además de los grandes contenedores, a Manzanillo también entran miles de camiones de carga | Foto: Araceli López/ Milneio Diario

Los precursores de drogas químicas que van y vienen desde Asia


Los abuelos de Alejandra se conocieron en el bachillerato, cuando Manzanillo era un lugar donde todos se saludaban por nombre y los atardeceres alcanzaban para olvidarse del calor. Ese lugar ahora es lejano, el crecimiento hace que las personas ya no se conozcan y en las sombras del atardecer hay grúas con contenedores.

La abuela –la maestra Margarita Figueroa– hizo carrera en la Secretaría de Educación Pública (SEP) durante 52 años. En los últimos 19 dirigió la secundaria Fernando Moreno Peña, y hace unas semanas firmó su jubilación: un cierre que no se parece al descanso, sino al orgullo de haber cumplido un ciclo.

Margarita Figueroa se jubiló tras más de cinco décadas de ejercer la docencia
Margarita Figueroa se jubiló tras más de cinco décadas de ejercer la docencia | Arnoldo Delgadillo

Su hija, la madre de Alejandra, Adriana Limón, siguió sus pasos. También maestra –como si la vocación fuera un gen dominante–, lleva más 12 años de servicio, en escuelas rurales donde aún se enseña con pizarrón verde y gis.

Adriana recuerda que en su niñez y adolescencia podían estar en las calles de todo Manzanillo sin preocuparse, a veces salían hasta sin pedir permiso, y recorrían las playas. Ese Manzanillo ya tampoco existe. Por momentos más y por momentos menos, pero hay inseguridad y violencia. Tener un puerto de este calado también lleva consigo el tráfico ilegal, y en el presente reciente el Cártel Jalisco Nueva Generación y el de Sinaloa se pelean la posibilidad de enviar y recibir precursores para drogas químicas hacia y desde Asia.

Adriana Limón siguió los pasos de su madre, Margarita, y también se dedicó a la docencia
Adriana Limón siguió los pasos de su madre, Margarita, y también se dedicó a la docencia | Arnoldo Delgadillo


Alejandra nació un viernes primero de noviembre, a las ocho de la noche, en el hospital de Las Palmitas, en pleno centro de Manzanillo. “Me gusta pensar que aquí también me voy a morir”, dice. Creció entre Tapeixtles y los entornos rurales a donde su madre la llevaba, aprendiendo a leer al ritmo de las tormentas tropicales que golpeaban las ventanas. En su casa siempre hubo libros, mar y la certeza de que la educación podría salvar cualquier cosa.

En la adolescencia, como tantos jóvenes, sintió que Manzanillo le quedaba chico. Estudiaba canto en la escuela de su querido maestro Abdiel, Xonido 7. Aún recuerda sus palabras: “Vete a donde sea, pero no te quedes aquí. Aquí no hay nada.” Y se fue.

A los 15 años ingresó a estudiar música en la Universidad de Guanajuato. Vivió rápido, como quien intenta comerse el mundo de una mordida, hasta que la pandemia la devolvió a casa. De regreso, comprendió que aquí tenía todo: el clima que no la enferma, los hermanos, los padres, la certeza de pertenecer. Dejó el conservatorio y, casi al azar, se inscribió en Psicología en la Universidad Vizcaya.

“Lo hice para que mis papás no me pusieran a trabajar –cuenta–, pero resultó que estaba más hecha para la psicología que para la música. Después de todo, siempre fui una preguntona.” Ahora espera su título, fiel al Decálogo del Psicólogo Mexicano, convencida de que su lugar está aquí.

Alejandra lo dice sin dudar: “Me gusta estar aquí.” Porque, a pesar del polvo que lo cubre todo, del tráfico que parece no tener fin y del ruido incesante de un puerto que no duerme, Manzanillo sigue siendo su casa.

Margarita, Adriana y Alejandra: tres generaciones que, pese a todo, encuentran en Manzanillo su hogar
Margarita, Adriana y Alejandra: tres generaciones que, pese a todo, encuentran en Manzanillo su hogar | Arnoldo Delgadillo

Estacionamientos de tráileres y contenedores de mercancía

Como la historia de Alejandra Manzo hay otras en todo el municipio. Insisto, para narrar un lugar, hay que narrar a su gente. En los 18 años que Enedina Pimentel tiene viviendo en la colonia Cima del Progreso, en Manzanillo, ha visto una gran transformación en esta y otras comunidades vecinas, al pie del último tramo de la carretera libre que une el puerto con el centro del estado.

“Ha habido muchos cambios en lo que yo he estado aquí, casi todos estos patios no estaban, aquí este no estaba, ahí pastoreaban vacas y chivos”, dice señalando un gran terreno a su espalda, donde ahora se estacionan tráileres y se guardan contenedores de mercancía que vienen o van a cruzar el Océano Pacífico. “Otros eran limoneras, huertos de plátano, sandía, maíz, pepino, tomate”.

Por ejemplo, Jalipa, una delegación de Manzanillo, es uno de los lugares comidos por el puerto gigante. La comunidad rural se ha convertido en dormitorio de traileros, en patios que fuera de la ley guardan contenedores de metal y en estacionamiento de filas que alcanzan hasta 20 kilómetros, para ingresar al recinto portuario.

En Cima del Progreso, que no podría llamarse de otra forma, la historia de Jalipa parece repetirse: también es una extensión del puerto. Hay predios que antes eran agrícolas y ahora se han convertido en patios necesarios para el progreso. Al entrar a la localidad, se han instalado pequeñas fondas hasta donde llegan los choferes de los camiones. Siempre hay algunos estacionados ahí. El tráfico ya fue trastocado por esa nueva realidad.

Fotografías históricas consultadas en Google Earth muestran cómo el crecimiento del puerto ha devorado los campos verdes, al menos en un 30%, dando lugar a hectáreas de tierra fina que se levanta y lo cubre todo. “Cuando meten o sacan tráileres, en mi casa es una lluvia de polvo”, dice Enedina mientras acomoda la tapa improvisada para evitar que el agua con que lava la ropa se ensucie. “Y todo el día, a todas horas, meten y sacan tráileres”, dice.

Así ha cambiado el puerto de Manzanillo: áreas verdes se sustituyen por extensiones de tierra
Así ha cambiado el puerto de Manzanillo: áreas verdes se sustituyen por extensiones de tierra | Especial


Para Marco Antonio Herrera, con 28 años de trabajo en el ramo de la logística, la situación es bastante clara: “Entre más contenedores, más camiones se ocupan; van llegando más empresas y se van comprando camiones. Si antes tenías un camión, ahora ocupas dos o tres, ahora ocupas un patio más grande, y eso se va recorriendo hacia las orillas. Cuando llegué aquí eran puros plantíos de papaya, ahora son puros patios de contenedores, les conviene más rentar la tierra que trabajarla”, afirma.

"La zona naval desfilando cadetes impecables"


En la conversación con Alejandra Manzo y su familia entran y salen escenas, como si fueran barcos que tocan y se van: los barrios con apodos de cerro, la zona naval desfilando cadetes impecables; los marinos extranjeros que dejaron acentos y amores; la poeta Verónica Zamora, que vivió un Manzanillo lejano con bares como el María Bonita y El Perico Marinero, que escribió: “mi madre amó a un marinero griego aquella noche/ todo lo que sé de hombres, lo sé de ella”.

El bisabuelo visionario compró lotes en Tapeixtles porque supo que la ciudad crecería; supo también que “algún día nos van a quitar de aquí”. La abuela dirigió escuelas durante décadas; la madre enseña en el ámbito rural; la hija se hace psicóloga porque las preguntas ya no caben en la partitura. En este árbol genealógico los mangos dan sombra, sí, pero también memoria: un archivo vivo para recordarle al discurso del desarrollo que aquí habita gente, no sólo mercancías.

El pliego de Alejandra pide que el progreso de Manzanillo también sea para sus habitantes
El pliego de Alejandra pide que el progreso de Manzanillo también sea para sus habitantes: más escuelas mejores salarios | Arnoldo Delgadillo


Ahora hay dudas sobre la ampliación del puerto hacia la Laguna de Cuyutlán que promete meter a Manzanillo en el Top 3 de movimiento de carga en América Latina. Con ese ánimo, Alejandra remata con un pliego de lo posible: que esta vez el progreso aterrice en universidades con más carreras, en oportunidades fuera de la industria portuaria, en salarios que no obliguen a los jóvenes a huir para “seguir brillando”. Que el puerto más importante de América Latina tenga, por fin, una ciudad a la altura de su adjetivo.

Al despedirnos, caminamos hasta la orilla de lo que era laguna. Ya no hay flamingos extraviados ni muellecitos de madera, pero el aire salado sigue diciéndonos –terco– que aquí hay una belleza resistente. Tal vez el reto consista en algo más humilde y más difícil que un megaproyecto: reconciliar el verbo fluir con el verbo vivir; hacer que el puerto, en su potencia descomunal, se traduzca al lenguaje de las banquetas, de la sombra, del salario, del aula, del centro histórico que vuelve a encenderse de noche.

Si alguna vez la palabra progreso quiso decir futuro, aquí hay quienes exigen que vuelva a significar bienestar. Ese es el manifiesto que una muchacha de 22 años dejó escrito en Facebook y que una ciudad entera, por fin, empieza a leer en voz alta. Porque Manzanillo, con todo y su maquinaria, no es sólo patio y grúa: es familia, es memoria y es mar. Y el mar no miente. Sólo sube y baja, con la paciencia de las cosas que estuvieron antes y querrían, todavía, quedarse.

GSC/ASG



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Arnoldo Delgadillo
  • Arnoldo Delgadillo
  • Investigador social, periodista y escritor. Corresponsal de Milenio en Colima. Ha publicado en medios nacionales e internacionales.
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