DOMINGA.– Esta historia ocurre dentro de un microbús estacionado frente al panteón municipal de Tepoztlán. Ahí, descalzo, flaco, como si pesara menos que su violonchelo, Santiago toca “Scarborough Fair”, mientras una luz se cuela por el vidrio opaco y revela motas suspendidas en el aire. No hay partitura ni público, tampoco aplausos: le gusta tocar para los que están en la eternidad porque, cita a Shakespeare, “donde mueren las palabras, nace la música”.
Este microbús, más que escenario, es una casa rodante. Sus ventanas, con cortinas que parecen manchas de tizne, ocultan una vida doméstica que nadie sospecharía desde afuera. Aquí viven Santiago, junto a Simón y Turu, dos perros que completan la tripulación. El vehículo, el Buñuelo Vagabontu, es una casa rodante que alguna vez transportó a cientos de pasajeros en las calles de México.
Por dentro, el micro ha perdido todo rasgo de identidad: el piso es de duela y las paredes están forradas con madera de palets. Tiene todo lo indispensable para vivir: luz, agua y baño; estufa, refrigerador y cama. Arriba, en el techo, hay un tambo de 50 litros de agua que baja por una tubería casera.
Santiago, de 34 años, nació en Tegucigalpa, Honduras, y habla con una cadencia aprendida de la música: como si leyera una partitura invisible, eligiendo silencios y palabras con cuidado. “Arriba hay un panel solar que alimenta todo; baja a un controlador, de ahí al inversor y de ahí sale la energía que alimenta la casa. Tengo 12 voltios”, explica.
En 2012 llegó a Guaymas, Sonora, para dar clases de violonchelo. Dos años después cambió el desierto por Michoacán: se instaló en Morelia y, en un cuarto apacible, creyó encontrar su lugar en el mundo. Trabajó, durante una década, como profesor de música en la Orquesta y Coros Miguel Bernal Jimenez, impartiendo clases a niños de comunidades vulnerables. En ese trabajo, afirma, conoció la felicidad.
Un día, sentado en la última fila de un micro, miró el espacio y lo imaginó sin asientos. “Aquí podría vivir”, pensó. Subía a distintos micros para tomar medidas hasta que un día le lanzó la pregunta a un chofer.
“¿Sabe de alguno en venta?”. Justo en ese momento, el conductor recibió una llamada. Al colgar, le dijo a Santiago por el retrovisor: “El compa con el que hablé vende uno. ¿Quieres ir a verlo?”.
Era 2017. Compró la unidad y la estacionó en el Bosque Cuauhtémoc de Morelia. Durante semanas la fue transformando hasta convertirla en su hogar. Salvo las protecciones de herrería, todo lo hizo con sus propias manos y con ayuda de tutoriales de YouTube.
–¿Cómo resolviste el tema del baño y los desechos?
–Tengo un baño seco. Un amigo me facilitó bocashi [sustrato orgánico de origen japonés], que procesa las heces. No huele, se vuelve abono, y lo reutilizo.
Es verdad: adentro no huele mal. Pasó su primer año sin electricidad, iluminándose con velas; una época a oscuras pero en paz, dice. Con lo que ahorró en un año, de no pagar renta, compró los insumos para montar la instalación eléctrica.
Esta es la historia de cuatro personas que hicieron del camino su manera de habitar el mundo: un músico, un librero y dos exsobrecargos transformaron microbuses, cámperes y camionetas en casas, bibliotecas y refugios móviles. En un país donde no todos pueden acceder a una vivienda digna, vivir sobre ruedas es, para algunos, una solución práctica; para otros, una decisión ética, política o mística.
Sus historias cuestionan las ideas tradicionales de trabajo, propiedad y estabilidad. Revelan también el costo material y emocional de elegir la ruta como casa y la incertidumbre como paisaje cotidiano. Cabe señalar que no hay cifras exactas de cuántas personas viven en sus vehículos en México.
En el país, 53 millones de personas, según cifras de la organización Hábitat, no pueden comprar una casa y alrededor de 16 millones de personas habitan en viviendas inadecuadas con pisos de tierra, techos de lámina, cartón o escombros, y paredes de barro. “Otros 25 millones (19%) carecen de acceso a agua potable, saneamiento, electricidad y combustible para cocinar o calentar alimentos”, según los datos consignados por Homeless World Cup en 2020.
El músico que disfruta del anonimato viviendo en un microbús
Santiago se adscribe más a la Van Life, el movimiento que se popularizó en los sesenta y setenta, con la contracultura hippie y la vida nómada como impronta, que consiste en vivir, viajar y trabajar desde una furgoneta o vehículo camperizado. Fue una especie de “desamor” profesional lo que lo empujó. Amaba su trabajo como maestro. Tras diez años de labor, en 2024 era el candidato natural para dirigir la orquesta, pero los estigmas truncaron su ascenso.
Durante esos diez años alternó la orquesta con otra pasión: acercar la música clásica a quienes no tienen acceso a ella. En sus horas libres se instalaba en el centro de Morelia y tocaba el chelo en la calle. Los directivos no veían con buenos ojos que, en sus ratos libres, tocara en las calles, ni que viviera en un microbús. No era un artista comprometido, sino un homeless, un “mal ejemplo para los niños”.
“No me lo decían pero me enteraba de oídas y también lo sentía, ¿sabes? Llevaba siete años viviendo en el micro y no estaban orgullosos de eso”, señala. Ese fue el punto de inflexión. La ruta apareció como alternativa y dejó de postergar su sueño. Renunció, soltó amarras y en junio de 2025 comenzó a viajar en el microbús.
Abrió una cuenta de Instagram en la que publica esporádicamente contenido sobre sus viajes. Desde entonces, ha recorrido el centro del país. En Tepoztlán, Morelos, una de sus paradas, el tiempo parece transcurrir distinto: “lo que más disfruto son las mañanas sin prisas”, confiesa.
Hoy trabaja como músico callejero los viernes, sábados y domingos. También hace presentaciones en restaurantes, bares y galerías de arte.
–Postergué siete años el viaje por miedo a la incertidumbre económica, pero ese miedo ya me abandonó. ¿Quién está a salvo de la incertidumbre?
–¿Has vivido algún episodio violento?
–A inicios de la pandemia, en el bosque, se metieron a robar al micro cuando saqué a pasear a Simón.
No se llevaron los instrumentos pero el susto le bastó para enrejar ventanas y el tragaluz. El plan de Santiago es llegar a San Cristóbal de las Casas, Chiapas, “la tierra prometida de los hippies”, como él la llama.
Mientras observo la hornilla de la estufa encendida con un pocillo de café hirviente y, debajo, casi inadvertido, un pequeño refrigerador que resguarda las botellas de kombucha artesanal que él elabora, le pregunto:
–¿Cómo lidias con la soledad?
–No sabes cuánto me gusta el anonimato, sentirme como una especie de fantasma. No sé, estar aquí en el panteón y saberme uno más con ellos. Prefiero esta tranquilidad.
Un librero y editor de fanzines que vive en una casa rodante
Conozco a Nacho, acaba de descubrir un clavo en una llanta de La Errante, una biblioteca ambulante estacionada en Xolatlaco, Morelos. Eso quizá retrase su salida a su próximo destino: Oaxaca.
–¡Un clavo! –dice, sorprendido.
Nacho es el habitante, librero y conductor de este cámper–biblioteca. Es un hombre delgado, de ojos verdes, larga barba apenas salpicada de canas y aire hippie. El Güero lo acompaña en sus viajes: un perro de raza mediana, pelaje blanco, ojos tan claros que evocan a la nieve.
No respondo nada sobre la llanta ponchada porque me distrae el “diseño interior” de la casa rodante con libros: meticuloso, casi obsesivo, en contraste con el aire relajado de Nacho. Él prepara mate de pie mientras me siento en el gabinete.
Me impresionan los cientos de libros –La vuelta al día en ochenta mundos, de Julio Cortázar, Bestiario, de Juan José Arreola, en primera fila, apretado; una repisa dedicada a Henry Miller– distribuidos en estanterías elaboradas con madera de palets, que se amoldan en las paredes y esquinas como piezas de rompecabezas. El techo está alfombrado con stickers de colores terrosos.
Nacho tiene 42 años. Es el menor de tres hermanos. Nació en Buenos Aires, Argentina, y creció en el seno de una familia de clase media. Abandonó sus estudios universitarios para convertirse en viajero de tiempo completo. En ese momento, El Güero entra, se sube a las piernas de Nacho y le exige caricias.
–Andá pa’allá –le dice, con su pronunciado acento rioplatense.
Vuelve a la conversación. Explica:
–Mis viejos querían que hiciera una carrera, tuviera seguridad económica, entonces choqué con ellos, pero también con la sociedad entera.
En 2008 salió rumbo a México haciendo autostop. Para financiar el viaje, implementó un sistema de autoedición: Nacho escribía crónicas y las vendía como fanzines en plazas y restaurantes. Cassandra, su novia, ilustraba las portadas, cerrando un círculo virtuoso: viajar para escribir y escribir para viajar. Cruzaron fronteras a pie o bordeando ríos, durmiendo en gasolineras, estacionamientos o parajes baldíos. Esas peripecias nutrieron sus diarios de viaje.
En cada país se quedaban algunas semanas; en otros, algunos meses (el período de estancia permitido para turistas extranjeros en la mayoría de los países de América Latina es de 90 a 180 días).
Aunque su origen es argentino, Nacho dice que pertenece a la “patria grande: Latinoamérica”. Ese continente que ha recorrido a pie durante veinte años. Si sus pasos fueran marcas sobre un mapa, trazarían líneas de ida y vuelta entre Argentina, Uruguay, Brasil, Paraguay, Colombia, Panamá, Nicaragua y México.
Ese recorrido lo hizo dos veces durante más de una década: primero con Cassandra, luego con Maya. Con Cassandra, Nacho vivía de sus libros autoeditados; con Maya, años después, de espectáculos callejeros de clown. Con ella, incluso, viajó a Europa en 2019 y pasó una larga temporada allá. De ambas se separó porque –sostiene– ser viajeros de tiempo completo desgasta a las parejas.
Luego de 20 años de viajes ininterrumpidos, alternados con estancias breves en Argentina, Nacho confiesa que, por primera vez, se sintió perdido y solo. “La gente piensa que el viajero siempre vive algo increíble, pero no es así”, confiesa.
No sabía cómo dejar de ser nómada. Viajar puede ser una huida de la insatisfacción moderna pero se cobra un alto precio: el sentido de pertenencia. Nacho me hace evidente esa tensión permanente que experimentan las personas que viven en la ruta, ese cuestionamiento casi existencial: viajar es una búsqueda honesta o una fuga. “¿Pueden ser ambas?”, me pregunto.
Regresando a ese momento de crisis, Nacho, entonces, tuvo una revelación: ya no bastaba el viaje a pie. Disfrutaba el desapego, pero le pesaba la mochila y el kilo de yerba mate que cargaba a cuestas. Necesitaba un vehículo para seguir.
Contactó a un amigo italiano para que le consiguiera trabajo en Europa. Éste lo contactó con un agricultor. Tenía mil dólares ahorrados y, con eso, compró su boleto de avión. Aterrizó en Barcelona y, de ahí, se trasladó al sur de Francia. El empleo incluía alojamiento y comidas. Así empezó a trabajar por temporadas en las parcelas, recolectando uvas. Hasta que, en mayo de 2023, tuvo la idea del cámper-biblioteca: La Errante.
Salió decidido a buscar un cámper. Para no quedarse sin fondos, trabajó una última temporada en el campo antes de viajar a Los Ángeles. Allí, en noviembre de 2024, encontró a una pareja húngara que vendía su casa rodante para irse a Japón una vez confirmado el regreso al poder de Donald Trump. Quemaban sus naves y le entregaron la unidad equipada incluso con herramientas y utensilios.
–¿Cómo conseguiste los libros?
–Esto es magia, che. En California me dejaron dormir en un edificio de Koreatown, antiguo, de película. Una chica que me prestó el depa trabajaba de conserje en otro edificio. Le conté del proyecto, antes de comprar la camioneta, y me dijo: “Me encanta la idea. Te voy a conseguir libros”.
La siguiente vez que la vio le entregó dos pilas enormes de libros, algunos en inglés, muchos en español. Hasta ahora, todo el inventario de La Errante ha sido donado. Nacho los ha ordenado por género: novela, poesía, ensayo, autoayuda y autobiografía. Es curioso: estos ejemplares también son libros viajeros, que han atravesado geografías, países y lenguas.
–¿Qué sigue para La Errante? –le pregunto.
–Convertirla en un espacio educativo: impartir talleres para niñas, niños y adolescentes en colaboración con instituciones.
Para costear el combustible y la comida, Nacho sigue editando sus fanzines. Son relatos breves, fotocopias dobladas con esmero que narran sus encuentros en el camino y que vende por una cooperación voluntaria. “El libro es el pretexto para el encuentro”, dice mientras sirve la última ronda de mate.
Al final de nuestra charla, me habla de Matsuo Bashō, poeta japonés del siglo XVII, conocido por sus haikus. Me recomienda su libro Senda hacia tierras hondas, un diario poético de su viaje a pie de más de 2 mil kilómetros por el norte de Japón, narrando sus experiencias espirituales y estéticas.
En mi viaje de regreso, a bordo del camión que me traslada a la Ciudad de México, el dios de la casualidad deja un guiño místico. Leo Teoría de la gravedad, de Leila Guerriero. En su texto “Antes”, la autora escribe: “Hay que vivir. ¿Pero cómo?”. Y cita a Bashō: “Qué admirable / el que no piensa ‘la vida huye’ / cuando ve un relámpago”. Allí está, manifiesta, esa aura mística que Nacho reivindica. Un verso, como un faro, que arroja luz sobre la historia de Nacho.
Dos exsobrecargos que se fueron “directito a la chingada”
Llueve sobre la colonia Santa María la Ribera y el agua convierte el pavimento en espejo negro. Frente al Museo de Geología de la UNAM, sobre la calle Jaime Torres Bodet, una camioneta café oscuro, con vidrios polarizados, se funde con la noche en la Ciudad de México. Es La Chocolata, vehículo camperizado de Ana Paulina Zubillaga, de 56 años, y René López Ulibarri, de 64, viajeros escurridizos con quienes fue difícil coincidir. Tras un día de marchas y caos citadino, al fin nos encontramos. Toco la puerta lateral, apenas protegida por una cortina negra.
–¡Voy! –grita Paulina desde adentro.
Descorre la tela y me invita a pasar. La luz del alumbrado público recorta su silueta contra las ventanas. René está sentado en una silla de plástico, al fondo, a un costado de la cama. Son las ocho de la noche y estamos envueltos en una semipenumbra, debido a que a La Chocolata, una Volkswagen Crafter 2010, le falta la instalación eléctrica. La camperización, me explica René, es un trabajo en proceso.
Rompo el hielo: “Ahora sí, por favor, cuéntenme su historia”.
Primero por el aire, en millas; luego por tierra, en kilómetros. Así se resume la vida de René y Paulina, exsobrecargos de la extinta Mexicana de Aviación, quienes pasaron de surcar los cielos a pilotear una casa rodante.
Una circunstancia propició la otra.
Paulina entró a la aerolínea en 1997; René, en 1983. Se conocieron en 2000, entre vuelos y escalas. Compartían una afición, casi un estilo de vida: en los días que tenían libres en tierra, viajaban a diferentes regiones del país. Incluso compraron una casa de campo en Puerto Morelos, Quintana Roo. Así transcurrieron sus primeros diez años juntos, hasta el cierre de Mexicana.
El agua golpea el techo como dedos impacientes. Adentro huele a café y diésel. Paulina sirve las tazas mientras dice: “Nos quitaron el trabajo de un día para otro y tuvimos que reinventarnos”.
La desaparición de Mexicana de Aviación ocurrió en dos fases: primero, se declaró la suspensión de operaciones el 28 de agosto de 2010 y, después, se decretó la quiebra el 4 de abril de 2014. La empresa no pudo cubrir los pagos de salarios caídos, finiquitos ni pensiones a sus casi 8 mil 500 trabajadores y 700 jubilados.
“Pusimos un restaurante vegetariano en Puerto Morelos porque Paulina es vegetariana”, cuenta René. Mantuvieron el negocio hasta que llegó la temporada baja y el dueño intentó subirles la renta. Cerraron.
Tras el cierre del restaurante, la pareja se fue a Tehuantepec, Oaxaca, de donde es originaria la familia de René. Ahí la pareja es propietaria de dos viviendas.
Habilitaron una de ellas como Airbnb para generar ingresos. Se quedaron con lo básico y cedieron sus muebles a los huéspedes. “Llegaban extranjeros y eso nos animaba”, recuerda René. Sin embargo, la sombra de Mexicana persistía: Paulina subraya que, pese a la creencia popular, nunca recibieron liquidación ni pensión.
El desgaste emocional por el litigio laboral era evidente. Buscando una salida, René descubrió en YouTube canales de familias que vivían en casas rodantes, como Creciendo en el camino. Inspirado por esa libertad, le hizo a Paulina una propuesta directa: “¿Por qué no nos vamos directito a la chingada?”.
El plan consistía en comprar una camioneta que pudieran camperizar mientras documentaban el proceso en redes sociales. El primer paso fue buscar un vehículo que se ajustara a su presupuesto. René encontró un grupo de WhatsApp de transportistas. Tras preguntar por una unidad disponible, recibió una oferta inesperada: una camioneta con apenas dos mil kilómetros.
–¿De quién crees que era la camioneta? –interrumpe Paulina, emocionada.
–No sé, no me imagino.
Paulina alarga el suspenso.
–¡De los Ángeles Azules!
Esta camioneta tiene acceso a internet gracias a Starlink
El vehículo tenía originalmente seis asientos de piel y seis camas para los traslados del grupo entre conciertos. La bautizaron La Chocolata por el color de “su piel”. René explica que todos los viajeros nombran sus vehículos; cada uno tiene una historia detrás y, al igual que sus conductores-habitantes, más de una vida a cuestas.
René desmanteló los asientos de piel y las camas para vaciar el interior y comenzar la transformación de lo que sería su nuevo hogar, aprovechando sus conocimientos en plomería y carpintería. La camperización sigue en proceso. A falta de red eléctrica, usan una estación portátil para el refrigerador y la televisión; también cuentan con un bidón de agua limpia. Hasta ahora han recorrido miles de kilómetros por el país, sobre todo por el sureste, y nunca han tenido problemas por pasar varios días estacionados en un mismo lugar. Tampoco han vivido episodios de violencia.
Vivir en un vehículo y estacionarlo por periodos prolongados en la vía pública son actos regulados por normativas locales de tránsito y orden público; por ello, las disposiciones varían según el estado y el municipio.
El primer viaje lo hicieron a una playa cerca de Oaxaca, apenas les entregaron el vehículo en 2022. Viajaron así, sin cocina ni nada. Sólo con una casa de campaña y un colchón inflable. Sin baño en la camioneta, dependen de los privilegios que les da la suscripción premium a una cadena de gimnasios, que les permite usar regaderas y sanitarios en las ciudades en que opera. Una televisión, de 40 pulgadas, está empotrada al techo, gracias a un soporte extensible que les permite girarla 180 grados. Para conectarse a internet, usan el servicio de Starlink.
–¿Cuál es el plan?
–El mismo desde el inicio: recorrer todo México. Pensamos ir a Centroamérica y luego a Colombia… Y también seguir dando la batalla jurídica para que se hagan valer nuestros derechos laborales –responde Paulina.
No hay prisa por llegar; hay, en cambio, una urgencia por recorrer, mirar en detalle cada uno de los pueblos que antes sobrevolaban a diez mil metros de altura.
La lluvia amaina sobre la Santa María la Ribera. Paulina mira por la ventana y asiente como quien revisa el cielo antes del despegue. Salgo de la camioneta y, tras de mí, las luces interiores se apagan. En el silencio de la madrugada, el vehículo parece una nave aguardando la orden de la torre de control para devorar, de nuevo, la carretera.
GSC/ASG