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  • No es el viento, es la ciudad: Guadalajara se ha convertido en un nuevo verdugo de árboles que tumba mil ejemplares cada año

  • En lo que va de 2026, ya van más de 700 árboles caídos, según las cifras oficiales, y la temporada de lluvias apenas comienza.
Cada temporal, la Zona Metropolitana de Guadalajara pierde más de mil árboles. (Cortesía PC Jalisco)
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Ver llover en Guadalajara, en los últimos años, ha dejado de ser esa estampa de tardes frescas y olor a tierra mojada que los tapatíos mayores recuerdan desde la infancia.

Ahora, el cielo muestra un espectáculo de fuerzas encontradas entre el agua que cae a cántaros, el viento que silba como una bestia entre los edificios y la madera vieja de cientos de árboles que, después de décadas de resistencia, finalmente se rinden.

El pasado lunes 27 de julio, la tarde-noche no trajo una lluvia cualquiera; trajo un huracán urbano que, de milagro, no cobró vidas humanas, pero sí dejó su furia estampada en coches aplastados, postes de luz doblados como cerillos, calles convertidas en ríos y casas a oscuras, esperando que la corriente regrese para salvar el alimento de los pequeños negocios y la tranquilidad de quienes viven con el miedo de que el techo pueda ser el próximo en ceder.

Hay imágenes que se graban en la memoria colectiva de una ciudad. Una de ellas, de las más simbólicas de esta tormenta, ocurrió en la colonia La Victoria, al oriente de Guadalajara.

Sobre la calle Aguamarina, en la esquina con Caracol, un árbol de más de 10 o 12 metros de altura, un gigante de al menos ocho décadas de vida, se desplomó sin piedad sobre una vivienda.

El estruendo, cuentan los vecinos, fue como un terremoto breve, pero contundente.

El tronco y las ramas destrozaron la barda perimetral, quebraron el cancel de hierro forjado y, en su caída, arrastraron consigo dos postes de concreto que se partieron como si nada.

Los habitantes, una familia de cuatro personas que minutos antes habían estado en la sala viendo la televisión, sintieron cómo la tierra se movía bajo sus pies.

El padre de familia, cuyo nombre los vecinos reservan por pudor, relató entre dientes apretados que el ruido fue tan violento que pensaron que el mundo se les venía encima.

"Corrimos al cuarto de atrás, abrazados, escuchando cómo se rompía todo. Cuando salimos, la luz ya no llegaba y el árbol había partido nuestra casa en dos. Si hubiéramos estado cinco minutos antes en el cancel, no sé qué habría pasado", confesó con la voz entrecortada.

Ahora, el llamado de los afectados es urgente y desesperado.

Necesitan que Parques y Jardines retire el coloso caído, que sus ramas ya no bloqueen el paso.

Necesitan a la Comisión Federal de Electricidad para que devuelva el suministro que alimenta algo más que focos y refrigeradores.

Y necesitan, sobre todo, que alguien les asegure que su patrimonio no volverá a ser vulnerable la próxima vez que el cielo se ponga negro.

Lamentablemente, en esta ciudad cada tormenta deja una cicatriz, y esta vez la cicatriz tiene ubicación.

Pero no fue un caso aislado; fue otro incidente más de la temporada de lluvias que deja al descubierto los problemas de cada año.

Más de una centena de afectaciones

Las cifras oficiales son frías y contundentes; pintan un mapa de afectaciones que recorre toda la Zona Metropolitana de Guadalajara.

La Unidad Estatal de Protección Civil y Bomberos de Jalisco reportó 138 servicios de emergencia solo en la noche del lunes.

Guadalajara encabezó la lista con 76 árboles caídos, de los cuales 14 terminaron sobre vehículos estacionados, convirtiendo un problema de jardinería en un desastre.

Tan solo en un día cayeron 76 árboles, sólo en Guadalajara
Tan solo en un día cayeron 76 árboles, sólo en Guadalajara. (Cortesía PC Jalisco)

Además, se contabilizaron tres inundaciones en vialidades, una en vivienda, un desbordamiento con derrumbe, dos árboles sobre cableado eléctrico, tres bardas con colapso o riesgo inminente, tres postes caídos y el techo de una casa que cedió ante el peso del agua acumulada.

San Pedro Tlaquepaque, con su tradicional aire de Pueblo Mágico, también sufrió la embestida: 13 árboles derribados, uno de ellos sobre un automóvil; un desbordamiento; dos vehículos arrastrados por la corriente y un poste más que se sumó a la lista de la CFE.

Zapopan, el municipio más extenso y poblado, reportó siete árboles caídos, tres sobre vehículos, una inundación que dejó un auto varado y, lo más preocupante, dos personas atrapadas por la caída de ramas, que fueron rescatadas a tiempo por los cuerpos de emergencia.

En El Salto, dos inundaciones en vialidades y un desbordamiento; en Tlajomulco, un árbol caído y una inundación; en Tonalá, la misma cifra.

Cada municipio, cada colonia, cada calle tiene su propia historia de angustia, y todas juntas tejen el relato de una metrópoli que se tambalea con cada aguacero.

Y detrás de estos números, que ya son alarmantes, hay una realidad aún más profunda: la caída de estos ejemplares no es un capricho del clima ni un simple accidente meteorológico.

El origen del caos

Los expertos aseguran que es el reflejo de un error urbanístico acumulado durante décadas, una deuda histórica que la ciudad tiene con su propio arbolado.

Para entenderlo, hay que escuchar a quien sabe del tema.

Jesús Cortés Aguilar, director del Fideicomiso para la Administración del Programa de Desarrollo Forestal del Estado de Jalisco (Fiprodefo), lo explica con la claridad de quien da seguimiento a los árboles caídos, uno tras otro, durante años: las especies que hoy se derrumban no están adaptadas a la Guadalajara del siglo XXI.

Fueron plantadas hace 70 u 80 años, cuando la capital jalisciense era más fresca, más húmeda, con noches que no superaban los 25 grados e invitaban a cobijarse.

un árbol mal ubicado no es un árbol, es un peligro
Un árbol mal ubicado no es un árbol, es un peligro. (Cortesía PC Jalisco)

Eran árboles pensados para una ciudad que ya no existe.

Hoy, el cambio climático ha vuelto el ambiente más caluroso y seco.

Las islas de calor que generan el asfalto, los edificios y el tráfico han elevado la temperatura promedio varios grados.

La humedad relativa ha bajado.

Y esos árboles, muchos de ellos especies exóticas traídas de climas templados o tropicales húmedos, simplemente ya no resisten.

Además, sus raíces, que en su momento encontraron tierra suelta y profunda, ahora topan con tuberías, cables subterráneos y cimientos de concreto.

Su madera, que antes era flexible y fuerte, se ha vuelto quebradiza con los años y la sequía.

Cuando llega un viento fuerte, como el del lunes, no hay resistencia que valga. Se van de raíz, arrastrando consigo décadas de historia.

"La mayoría de estos ejemplares que se están cayendo son especies que no están adaptadas a nuestras condiciones ambientales", sentencia Cortés.

Y añade un problema de raíz —nunca mejor dicho—: las banquetas y camellones, diseñados con una lógica meramente estética o de funcionalidad vial, no dieron espacio para que las raíces se expandieran.

"Luego vemos que ponen una especie de porte grande en una banqueta muy chiquita", lamenta, señalando esa imagen tan cotidiana en Guadalajara: un ficus gigante o una jacaranda frondosa aprisionada entre el arroyo vehicular y la fachada de una casa, con sus raíces levantando el concreto como si fuera un animal enjaulado.

Eso no es naturaleza; es una condena.

El resultado de esta miopía urbanística, por llamar de alguna forma a la mala planeación, está a la vista de todos.

Mil arboles perdidos cada año


Cada temporal, la Zona Metropolitana de Guadalajara pierde más de mil árboles.

Sólo en la capital, durante las lluvias de 2025, la Dirección de Parques y Jardines atendió 970 reportes de emergencia: 658 correspondieron a árboles caídos y el resto, a ramas desgajadas que cayeron sobre calles y vehículos.

El gobierno municipal destacó que esa cifra fue 22 por ciento menor que la del año anterior, gracias a un programa intensivo de 12 mil 500 podas preventivas y al retiro de mil 500 ejemplares secos o enfermos.

Pero el alivio es parcial: en lo que va de 2026, ya van más de 700 árboles caídos, según las cifras oficiales, y la temporada de lluvias apenas comienza.

Es como si la ciudad estuviera perdiendo una batalla de desgaste, donde cada tormenta arranca un pedazo de su memoria verde.

Y no se trata solo de árboles.

Los postes de luz, muchos de ellos de concreto con más de 30 años de antigüedad, también han caído en buen número, aunque aún no se tiene un registro oficial consolidado.

Sus derrumbes han dejado casas, colonias enteras y negocios a oscuras, con la actividad económica paralizada y el riesgo de que los productos perecederos se echen a perder.

El carnicero de la esquina, la tienda de abarrotes, la fonda donde se come barato: todos ellos sufren el doble golpe de la tormenta, primero el agua y después la falta de luz.

Es un efecto dominó que golpea a los más vulnerables.

en esta ciudad cada tormenta deja una cicatriz, y esta vez la cicatriz tiene ubicación.
En esta ciudad cada tormenta deja una cicatriz, y esta vez la cicatriz tiene ubicación. (Gabriel Vigueras)

Ante este panorama, la pregunta que todos se hacen es: ¿Qué se puede hacer? ¿Seguir talando y replantando lo mismo, esperando que algún día el clima se apiade?

La respuesta, afortunadamente, viene de quienes están trazando un nuevo rumbo.

La futura Norma de Arbolado Urbano, que se prepara desde el Fiprodefo en conjunto con los municipios, busca corregir el rumbo de manera definitiva.

No se trata de una prohibición ni de una camisa de fuerza, sino de un manual de buenas prácticas que establezca qué especies son adecuadas para cada entorno y, sobre todo, en qué sitios deben plantarse.

La apuesta está en los nativos: guaje, guamúchil, primavera, palo dulce, tepame y otras especies de Jalisco que, por su evolución en el mismo clima, ofrecen ventajas insustituibles.

Tienen alta probabilidad de sobrevivencia, baja probabilidad de afectación por plagas, requieren menos riego y menor mantenimiento y, además, son el hogar natural de aves e insectos locales. Plantarlos no es solo una decisión técnica, sino un acto de justicia ecológica.

"El ambiente de la ciudad está cambiando, está haciéndose más caluroso, menos húmedo", insiste Cortés.
"Las especies que se plantaron hace bastantes años fueron adecuadas en su momento, pero hoy hay que empezar a pensar en la utilización de especies nativas".

Y suelta una frase que debería estar grabada en cada proyecto de urbanización: "No solo debemos pensar qué árbol plantar, sino dónde plantarlo; el espacio disponible es tan importante como la especie".

Porque un árbol mal ubicado no es un árbol, es un peligro. Un árbol bien ubicado, en cambio, es un pulmón, una sombra, un refugio y un legado.

Mientras esa norma llega a los libros y a los reglamentos, los tapatíos siguen viendo llover con el alma en un hilo.

Saben que cada gota que cae es un recordatorio de que la ciudad debe aprender a crecer sin olvidar que sus raíces también necesitan un lugar donde vivir.

Los daños van más allá de la caída, autos y casa han sido afectadas
Los daños van más allá de la caída, autos y casa han sido afectadas (Cortesía PC Jalisco)

​Saben que la naturaleza no se doblega ante el concreto y que ignorarla solo retrasa el momento en que ella recuerde, con violencia, su poder.

Pero también saben que hay esperanza en el cambio de enfoque, en la decisión de mirar hacia adelante y plantar, no cualquier árbol, sino el árbol correcto, en el lugar correcto.

Porque una ciudad que respeta a sus árboles es una ciudad que respeta a su gente.

Y Guadalajara, pese a todo, todavía está a tiempo de demostrarlo.

MC

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