Entre lágrimas de alegría, cantos, camisas blancas, cartulinas con dedicatorias de cariño y globos de colores, fue despedida la pequeña María Guadalupe, quien no terminó yéndose sola como el destino lo apuntaba, sino que se despidió de su nueva familia adoptiva y junto a otros cinco pequeños: María de Jesús, Santi, Sara María, Resurrección y María José.
El 13 de febrero se convirtió en la fecha anhelada por los vecinos del fraccionamiento Valle de Tejeda, en Tlajomulco de Zúñiga, Jalisco; un día que no imaginaron que llegaría cuando comenzaron la lucha por reclamar el cuerpo de la pequeña que fue abandonada en un bote de basura, contaron a MILENIO.
Los rayos del sol de la mañana del viernes empezaron a iluminar con todo su esplendor un pequeño parque con juegos infantiles ubicado en el cruce de las calles Valle del Duero y Valle del Drino. Poco a poco comenzaron a llegar los vecinos: todos vestían playeras blancas; algunos llevaban cartulinas rosas, cada una con mensajes de cariño para María Guadalupe, la bebé que, de no tener padres, ahora es hija de todos.
Del parque al último viaje
Son las nueve de la mañana y el sitio donde estaba el bote de basura en el que fue abandonado el pequeño cuerpo de la bebé ya no existe. En su lugar, una capilla que cada día toma más forma. El reloj marca la hora exacta en que arriban dos autobuses que tendrán la tarea de llevar a todos al otro lado de la ciudad, exactamente a 41 kilómetros de distancia: un viaje de más de una hora, si el tráfico lo permite.
Con entusiasmo, madres, niños, abuelos y vecinos comienzan a subir a los camiones, convirtiendo lo que fue una tragedia en una muestra de unión comunitaria.
“Haberla visto como la vimos dentro del bote de basura no se nos hizo bien. Como vecinos nos reunimos y le vamos a hacer una bonita despedida que sus padres no le pudieron hacer; nosotros se la vamos a hacer”, declaró Alejandra, vecina del fraccionamiento Valle de Tejeda.
La llegada al panteón
Tras una larga travesía llegó el momento: el arribo al cementerio “Paraíso Eterno Valle de los Cipreses”. Eran las doce del mediodía cuando el grupo de vecinos ingresó a una pequeña iglesia donde se realizó la misa de cuerpo presente.
María Luisa, líder vecinal, esperó afuera para conversar y arreglar los últimos detalles con la asociación Inocentes de María para hacer la entrega del cuerpo, que descansaba en un féretro pequeño de color blanco, con un moño rosa y un ramo de flores del mismo tono. A un costado llevaba una etiqueta de identificación, debido a que la investigación del caso continúa.
El hallazgo que estremeció a la comunidad
Todo comenzó la tarde del 20 de enero, en el fraccionamiento Valle de Tejeda. Un recolector informal de basura recorría su ruta habitual en triciclo, revisando los contenedores grises.
Al abrir uno de ellos, ubicado en un pequeño parque, su grito heló la sangre de los transeúntes: “¡Aquí hay un bebé!”.
La pequeña yacía sin vida, abandonada entre desechos, justo debajo de una cámara de vigilancia del sistema C4. La ironía se haría evidente días después, cuando el vicefiscal regional, Alejandro Torres Ramírez, declaró: “Las cámaras están en funcionamiento, pero hay un punto ciego”.
La organización vecinal frente a la burocracia
Frente al horror del hallazgo y la parálisis burocrática, la reacción de la comunidad fue inmediata y orgánica. Lo que pudo convertirse en una nota roja más se transformó en una causa común.
Los vecinos, liderados principalmente por mujeres, se organizaron. No protestaron con rabia, sino con una determinación fúnebre y amorosa. Su objetivo era claro: impedir que “la bebé del contenedor”, como comenzaron a llamarla, terminara en una fosa común como NN (ningún nombre).
Legalmente, el cuerpo de la recién nacida era material de investigación de la Fiscalía de Jalisco y, al no existir familiares identificados, su destino era incierto.
No fue la única
Ayer, Lupita no fue despedida sola. Junto a ella descansan otros cinco pequeñitos que también fueron abandonados y cuyos cuerpos nunca fueron reclamados: María de Jesús, Santi, Sara María, Resurrección y María José. Detrás de cada uno hay una investigación abierta por parte de la Fiscalía de Jalisco, historias distintas y nombres asignados de manera simbólica, con la esperanza de que descansen eternamente acompañados.
El adiós
Luisa recibió el cuerpo de la pequeña María Guadalupe, lo cargó entre sus brazos y caminó hacia la entrada de la capilla. Conmovida, no resistió y comenzó a llorar mientras recorría el pasillo central hasta dejar el ataúd de quien ahora es su hija adoptiva.
“Fue algo más grande de lo que pensaba, la verdad: tranquila, contenta y agradecida con todo el mundo”, fueron las palabras de María Luisa tras cargar el ataúd de la pequeña.
Finalizada la misa, Luisa volvió a cargar los restos y, acompañada por todos sus vecinos, caminó por los jardines verdes del panteón para mostrar su unión y cariño a la pequeña, quien a partir de ahora sabrá que no está sola.
Descanso eterno
Llegó el momento. Un hombre descendió al espacio donde reposarán los restos de los pequeños y, mientras los presentes rezaban y cantaban con globos en las manos, los cuerpos descendieron bajo tierra y fueron colocados de manera que pudieran ser identificados.
“Estamos consternados, conmovidos y tristes porque estamos aquí con nuestra pequeña Lupita dándole su adiós. Todo el fraccionamiento se unió para darle una digna sepultura a esta princesa que nos deja un gran vacío”, dijo Jacqueline, vecina de Valle de Tejeda.
“Nunca nos imaginamos todo esto. Aquí está otra compañera; no pensamos que se fuera a hacer todo esto, pero se cumplió y sabemos que sí se puede. La bebé va a tener su tumba y ya estará con Diosito”, expresó Alejandra.
Un acto que deja huella
Este hecho se ha convertido en un acto simbólico y de unión entre los habitantes de Valle de Tejeda, un suceso sin precedentes que deja huella no solo en la comunidad, sino también en la sociedad, para que casos como el de la pequeña María Guadalupe no se conviertan únicamente en una cifra más.
El caso de María Guadalupe resuena porque condensa varias fallas del sistema: la violencia implícita en el abandono de un recién nacido, las limitaciones de la tecnología de vigilancia y la frialdad de los procedimientos legales que deshumanizan a las víctimas. Pero también ilumina otra fuerza: la de la sociedad civil, capaz de tejer, desde el dolor compartido, rituales de duelo y acciones concretas cuando las instituciones flaquean.
