Hatshepsut ha experimentado una renovación de su reputación, y ha sido reinterpretada por los eruditos como una diplomática magistral cuyo reinado se caracterizó por la innovación artística y el crecimiento económico. Un estudio reciente publicado en la revista Antiquity suaviza aún más su imagen.
En la década de 1920, mientras excavaban en las tumbas de Deir el-Bahari, en Lúxor, los arqueólogos se encontraron con una escena del crimen desconcertante: miles de estatuas destrozadas y relieves profanados de Hatshepsut, una de las pocas y más exitosas faraonas del antiguo Egipto.
Los eruditos del siglo XIX y principios del XX solían describirla como una malvada madrastra de un pasado lejano: una usurpadora cuya perspicacia política se consideraba perversa. Al principio, los egiptólogos sostenían que Tutmosis III, sucesor de Hatshepsut, ordenó la destrucción de sus imágenes en un arrebato de rencor tras su muerte. Sin embargo, en la década de 1960, la destrucción se atribuyó a un programa orquestado iniciado unos 25 años después.
Jun Yi Wong, doctorando en Egiptología por la Universidad de Toronto, reevaluó décadas de registros de excavaciones, incluidas notas, fotografías e informes de campo inéditos. Llegó a la conclusión de que algunos de los daños causados a las estatuas de Hatshepsut no fueron obra de Tutmosis III, y que las acciones que este llevó a cabo fueron menos brutales de lo que se suponía.
Con base en otros estudios recientes, Wong propuso que la demolición de las estatuas de Hatshepsut por parte de Tutmosis III fue una “desactivación” ritual destinada a anular su poder espiritual, más que una venganza. Al romper las estatuas en puntos concretos —el cuello, la cintura y las rodillas—, pretendía neutralizar la fuerza inherente a estas imágenes antes de deshacerse de ellas.
Wong señaló que las estatuas de otros reyes, la mayoría de los cuales no se sabe que hayan sufrido persecución, recibieron un trato similar. Muchas esculturas de Hatshepsut fueron reutilizadas posteriormente como materia prima, lo que causó daños adicionales que ocultaron la naturaleza de las acciones de Tutmosis III.
Edward Bleiberg, conservador emérito de arte egipcio del Museo de Brooklyn, dijo que el estudio de Wong afina la comprensión de los estudiosos sobre el modo en que se trataron los monumentos de Hatshepsut. Al dar prioridad a las pruebas forenses sobre las interpretaciones aceptadas, Wong demostró que las cicatrices físicas, a menudo acumulativas, de los artefactos cuentan una historia distinta a la de los libros de historia.
“Demuestra que las estatuas individuales se rompieron con procesos diferentes y con intenciones diferentes —aseguró Bleiberg—. No hay una explicación única para esta destrucción, y la animadversión personal es la explicación menos probable”.
Tía, madrastra y suegra
Catorce siglos antes de Cleopatra, Hatshepsut trastocó las normas patriarcales del Nilo. Hay indicios de que, para cimentar su autoridad, casó a su hija Neferure con Tutmosis III, creando una maraña genealógica que desafiaba incluso las antiguas convenciones egipcias. Para cuando el humo del incienso se disipó, ella se habría convertido en tía, madrastra y suegra del joven rey: un golpe maestro de consolidación dinástica.
Hatshepsut no solo gobernó, sino que se transformó al encargar una serie de estatuas y tallas en relieve que mezclaban la sutileza femenina con la autoridad musculosa de un monarca masculino. Esta identidad cuidadosamente diseñada —un rey masculinizado, con barba ceremonial, faldellín o shenti y una forma idealizada y esculpida— fue una transformación calculada, que le permitió reclamar un mandato divino pleno.
El resultado fue una era estable de prosperidad e importancia cultural, que estableció cimientos duraderos para el Nuevo Reino y propició el futuro esplendor de Tutankamón.
Desde el templo mortuorio de Hatshepsut en Deir el-Bahari, construido al pie de un acantilado, hasta los elevados obeliscos de granito de 30 metros que levantó en Karnak, su audacia arquitectónica constituyó una magistral campaña de propaganda santificada.
Al reactivar rutas comerciales olvidadas —en particular una expedición marítima a la Tierra de Punt que regresó con oro, marfil, ébano y mirra viva—, construyó la base financiera de la XVIII dinastía.
Sin embargo, los vestigios físicos de su mandato no fueron olvidados; parecían haber sido objeto de vandalismo activo en una ‘damnatio memoriae’, un intento de borrar la memoria de una monarca muerta y caída en desgracia. Sus monumentos fueron desfigurados, sus cartuchos destrozados, su nombre borrado de las listas de reyes posteriores junto con sus logros, incluido el templo de Deir el-Bahari, supuestamente por quien la sucedió.
En 2014, cuando Jun Yi Wong empezó a interesarse por Hatshepsut, los egiptólogos ya habían abandonado la dramática narrativa de un hijastro despechado en favor de un análisis más frío y burocrático. Los eruditos estaban divididos; lo interpretaban cada vez más como un intento desesperado de legitimar a un heredero varón, o una corrección contra una mujer que había gobernado con demasiada eficacia.
Lo que comenzó como una fascinación universitaria de Wong en la Universidad de Durham, Inglaterra, se convirtió en una vocación académica en la Universidad de Cambridge, donde se especializó en Egiptología.
Wong pasó más de dos años estudiando el borrado de los relieves de Hatshepsut en su templo mortuorio de Deir el-Bahari. Pero los restos destrozados de sus estatuas planteaban un reto totalmente distinto: parecían un rompecabezas caótico que se negaba a ser resuelto.
“El estado de las estatuas no parecía tener ni pies ni cabeza —recordó Wong—. Algunas estaban muy fragmentadas; otras se encontraron en muy buen estado, con los rostros intactos. A la mayoría también les faltaban muchas partes, lo que añadía complejidad a todo”.
Finalmente, Wong llegó a un gran avance al aplicar los principios de la tafonomía, el estudio de cómo se alteran y depositan los artefactos. Como la mayoría de las estatuas no habían sido enterradas tras su eliminación, se convirtieron en una fuente conveniente de material pétreo en los siglos posteriores.
Al reconstruir los puntos de hallazgo de las estatuas, Wong descubrió que aquellas con los rostros intactos solían ser las menos afectadas por la reutilización. Esto sugería que los destrozos causados por Tutmosis III fueron mucho más limitados: las estatuas habían sido desactivadas, pero sus rostros se habían salvado de sufrir daños.
“Gran parte de los daños significativos se produjeron durante la reutilización del material”, dijo Wong. Las piezas desprendidas, sobre todo los cuerpos en forma de bloque, se volvieron a utilizar como componentes de construcción o material de relleno, lo que provocó daños adicionales. Es importante destacar que algunos fragmentos se utilizaron como relleno para la calzada de un templo vecino construido por Tutmosis III.
“Las estatuas halladas bajo la calzada eran como una cápsula de tiempo, ya que nunca fueron alteradas después de su reinado —afirmó Jun Yi Wong—. Aquí, la mayoría de las estatuas exentas, las menos propensas a haber sido dañadas accidentalmente, tienen sus rostros totalmente intactos”.
Adiós a la hipótesis egiptológica
Cuando el monoteísmo radical del faraón Akenatón arrasó Egipto, los nombres e imágenes de los dioses tradicionales fueron violentamente borrados de la historia. Esta revolución religiosa no duró mucho, y los reyes posteriores pronto restauraron las deidades tradicionales.
Los artesanos que restauraron el templo mortuorio de Hatshepsut tras esta convulsión se enfrentaron a un doble reto: reparar las omisiones religiosas de Akenatón y, al mismo tiempo, sortear los ásperos huecos intencionales dejados por Tutmosis III.
Algunos artistas sustituyeron las imágenes dañadas de Hatshepsut por las de reyes varones. Estas alteraciones, erróneamente atribuidas a Tutmosis III, han distorsionado durante mucho tiempo nuestra comprensión de la persecución de Hatshepsut, afirmó Wong.
Aunque Tutmosis III sustituyó algunas de las imágenes de Hatshepsut, Jun Yi Wong argumentó que su campaña fue una edición selectiva y estratégica, ya que los cambios se concentraron en zonas donde tenían lugar festivales y procesiones clave. La evolución del templo refleja un esfuerzo práctico por mantener los espacios sagrados relevantes para esos acontecimientos.
Kara Cooney, egiptóloga de la Universidad de California, defiende una teoría feminista alternativa; propone que, al borrar el nombre y la imagen de Hatshepsut después de su muerte, Tutmosis III trató de relegar a una faraona exitosa a una nota olvidada a pie de página.
Al atacar los mismos monumentos que ella construyó, intentó eliminar su linaje real y asegurar una línea de sucesión puramente masculina. Esta antigua forma de borrar la figura de Hatshepsut, afirma Cooney, fue una maniobra hostil diseñada para demostrar que el hecho de que una mujer gobernara con tanto éxito constituía un abuso de poder intolerable.
En respuesta, Jun Yi Wong dijo que la teoría de Cooney “es plausible, pero han sobrevivido algunas imágenes de Neferure que contradicen la idea de una sucesión masculina forzada”.
Conclusiones precipitadas
Peter F. Dorman, profesor emérito de Egiptología y Lenguas y Civilizaciones de Oriente Próximo de la Universidad de Chicago, confirmó que los estudiosos del pasado solían suponer que los daños causados a los monumentos de Hatshepsut habían sido intencionales. Wong ha demostrado que buena parte del daño fue incidental, causado por la retirada física de sus estatuas de los templos, dijo.
“El resto de los ataques a su figura y a su nombre consistieron esencialmente en borrar o reatribuir su realeza masculina, y sus anteriores representaciones como reina rara vez se tocaron —agregó Dorman—. Estas sutilezas son fundamentales para interpretar el contexto político de la historia antigua”.
AH
