Ciencia y Salud

Dejé de hacer ejercicio 10 años, subí 20 kg, cumplí 43 y así me preparé para correr mi primer Maratón

Una crónica sobre la salud, la memoria del cuerpo y el deseo de volver a correr no para vencer al reloj, sino para reconstruir el propio espejo.

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La última vez que me inscribí a una carrera fue hace más de diez años. Yo era otra persona. Hoy tengo 43 años, peso casi 20 kilos más y esta es la historia de cómo me volví a poner los tenis para entrenar y correr mi primer maratón. La cuento con el único deseo de que en algún lugar a alguien le resuenen estas líneas y le anime a ponerse los tenis.

Cuando mi hija Leire cumplió cinco o seis años empezó a invitarme a jugar a las escondidas y a las atrapadas. Pero yo no estaba a la altura de sus juegos. Mis únicos dos escondites posibles eran detrás de la cortina de las ventanas o detrás de la del baño. El aliento y la flexibilidad no me daban para ser más creativa ni divertida. Encontrarme resultaba tan obvio que las invitaciones a jugar fueron disminuyendo.

Me pasó lo que pasa cuando dejas que la vida suceda sin estar presente en ella. Mientras malabareaba entre la maternidad y las exigencias de las nuevas responsabilidades laborales, hacer ejercicio dejó de ser prioridad. Dejé de ser prioridad. Y mi cuerpo se transformó, tan gradualmente que ni siquiera lo notaba en las fotos hasta que un día parada ante el espejo, en calzones, di la vuelta para no ver.

A veces a los deseos hay que darles tiempo. En mi caso fueron años de acomodarme con mi nuevo cuerpo. Llegó la pandemia y con ella veinte kilos extra. Veinte kilos son muchos para alguien que mide apenas 1.48 metros, pero no se sienten así cuando la subida es paulatina. Un día te empieza a apretar el cinturón y compras otro o haces el siguiente hoyo. Los años pasan y, sin reparar en ello, empiezas a comprar tallas más grandes. Hasta que un día entendí que algo debía cambiar.

Así que cuando llegó la propuesta de Lala para formar parte de un equipo de periodistas corredores, para participar en el Maratón Lala 2026, una carrera que tiene 37 años de realizarse y que convoca a miles de personas de todo el país, por supuesto que dije que sí. El plan encajaba con mis deseos de cambiar mi cuerpo. Estaba decidida a volver a ponerme los tenis y era una buena oportunidad para hacerlo. Con lo que yo no contaba es que la invitación era una invitación muy seria.

La confrontación con la genética y el tiempo

Empecé a correr en el año de 2009, lo hacía únicamente por diversión. Era un pasatiempo, un hobby en común que tenía con mi novio en ese entonces, mi esposo ahora. Era una actividad como ir al cine o salir a comer. Las carreras no eran tan caras como ahora -las carreras hoy pueden llegar a costar más de mil pesos-, así que corrimos muchas, todas las que podíamos. El ambiente, coleccionar playeras y medallas se volvió un pasatiempo tan adictivo que terminé corriendo cinco medios maratones.

Mujer corriendo
En una de las muchas carreras de 10 km en las que participaba antes de volverme sedentaria | Especial

Seguí corriendo incluso cuando me embaracé en 2016. Aunque ya no era tan disciplinada, ya se me había pasado la fiebre del running. La última carrera que hice, a mis siete meses de embarazo, fue de cinco o siete kilómetros. Leire nació y con su llegada la vida se transformó. La agenda se ocupó por completo y los pasatiempos se metieron a un cajón. Además de mis nuevas responsabilidades como mamá, están mis viejos amigos: la flojera, la desidia y la procrastinación ocuparon un lugar importante en mi vida. Se instalaron. Yo dejé que se instalaran cómodamente.

Siendo periodista no es raro que algunas marcas patrocinadoras de carreras lleguen a acercarse con alguna invitación. Lo distinto esta vez era que la inscripción al evento deportivo venía acompañada de un programa de preparación encabezado por Juan Luis Barrios y Bea Boullosa. Yo no tenía idea de en lo que me estaba metiendo.

Juan Luis Barrios es un corredor mexicano que, además de ser poseedor de títulos panamericanos y múltiples medallas en Juegos Centroamericanos y del Caribe, participó en los Juegos Olímpicos de 2008 y 2012, en Tokio y Londres. Bea Boullosa es especialista en nutrición deportiva por el Comité Olímpico Internacional y fue nutrióloga de la Selección Mexicana de Futbol por diez años. Evidentemente para ellos hacer correr a un grupo de periodistas, que solo corremos para escribir la nota cuando hay un breaking news, era un reto que se tenía que tomar muy en serio. La que no estaba preparada y no tenía idea de lo que se vendría era yo.

La primera indicación fue asistir al consultorio de Bea para realizar algunas pruebas, entre ellas una genética. Una pequeña muestra de saliva en un hisopo reveló las claves más profundas de mi cuerpo. Y entonces el espejo se rompió.

Porque dejaron de ser veinte kilos de panza o de carnes mal acomodadas, dependiendo del vestido que me pusiera, para entonces escuchar que tenía 50.7% de porcentaje de grasa corporal, ¡50.7!. Sólo tenía 19.3 kilogramos de músculo en mi cuerpo. Esto significaba que, si por fuera no me gustaba cómo me veía, por dentro la historia era mucho peor. “Tu perfil genético indica que tienes variantes asociadas con una alta sensibilidad a la grasa. Esto significa que subes más fácilmente de peso en una dieta alta en grasas que las demás personas”, explicaron.

Esto significaba que mi manera de comer estaba completamente desincronizada de lo que mi cuerpo realmente necesitaba, lo que se sumó a que tengo una variante genética que se asocia a la capacidad del cuerpo de responder mejor a ejercicios de alta intensidad para la pérdida de peso.

Estaba jodida. Esto significaba que no sólo tenía que cambiar mi alimentación, porque para mi cuerpo comer una quesadilla es como comer tres. Significaba que además tenía que hacer ejercicio en serio. Que caminar veinte minutos o una clase de zumba no bastaba para mi cuerpo. Y me enojé. Con mi cuerpo, por supuesto. Otra vez estaba viendo todo desde el espejo… hasta que pasaron los días de enojo.

Mujer
Una de las últimas carreras que hice fue en 2017, un par de meses después de haber sido mamá.

Robar para avanzar

Ya estaba en el programa, tampoco es que tuviera de otra. Ya había dicho que sí. Soy una persona que se compromete con su palabra, ahora tenía que honrarla y aplicarme. Así que empecé a robar. Empecé a robarle una hora a mis jornadas de trece horas de trabajo. Empecé a robarle una hora a mi familia. Porque así se siente cuando empiezas a destinar tiempo para ti, como si le estuvieras robando algo a alguien más. Como si quedaras en deuda con otras partes de tu vida, pero fue la única forma: robar tiempo para hacer ejercicio, robar tiempo para dormir mejor.

Hurtar horas fue la única forma posible de cumplir con los entrenamientos que Juan Luis Barrios pedía seis días por semana: 10 minutos de movilidad + 25 de calentamiento a paso moderado + 12 repeticiones de 3 minutos de esfuerzo por 2 minutos de recuperación + 10 minutos de trote final y 10 de estiramiento. O qué tal cuando había que hacer intervalos: 20 minutos de trote progresivo, 5 de movilidad + 2 a 4 progresiones de 60 a 80 metros + 10 repeticiones de 40 segundos de esfuerzo máximo por 1.20 de recuperación + 5 veces de 2 minutos de esfuerzo por uno de recuperación + 10 minutos de trote final y 10 más de estiramiento. No había de otra.

Las horas de ejercicio y los kilómetros se fueron sumando. Y mi cuerpo lo empezó a notar. La primera parada, el maratón de Torreón, Coahuila. Por el poco tiempo de entrenamiento que tuvimos antes, mes y medio aproximadamente, no estuve en condiciones de correrlo. Así que se decidió que yo sólo iría a acompañar a mis compañeros que sí lo harían, pero quería probar qué tanto había mejorado mi condición. Y logré correr… ¡12 km!

Del tiempo no hablemos porque esa fue la estrategia que utilicé para esa primera carrera. No estaría pendiente del tiempo porque claramente estaba a una década de distancia de la última vez que había corrido, ¡pero 12 km! Después de años de no moverme, después de años de largas jornadas de trabajo sentada. La sensación fue increíble. Recordé lo que se sentía y recordé lo mucho que me gustaba sentir mis músculos palpitando, el corazón latiendo y la sangre fluyendo en cada parte de mi cuerpo. Y ahí empezó la memoria del cuerpo, pero también fue una sacudida.

En la primera reunión que tuve con Bea le hablé de mis ganas de hacer cambios en mi estilo de vida y me dijo algo que me mandó a la lona. “Me encanta tu disposición. Además, déjame decirte que estás a muy buen tiempo de hacer cambios, porque si la menopausia te agarra mal parada te va a ir muy mal”.

¿Menopausia, pues cuántos años crees que tengo?, pensé. ¡43, acabo de cumplir 43 años! y hasta ese momento nadie me había nombrado a esa mejor amiga incómoda que en algún momento llegará a mi vida.

De acuerdo con el IMSS, las mujeres mexicanas entran a la menopausia entre los 49 y cincuenta años. Estoy a siete años de eso y jamás había pensado en ello. Soy una mujer que disfruta mucho la vida y según yo soy muy jovial. La menopausia es el último de los pensamientos que alguna vez hubiera podido tener. Y Bea lo ponía frente a mí, descaradamente, desinhibidamente. Y se volvió a romper el espejo.

Fiesta cumpleaños
El deseo de hacer algo por mi salud empezó un par de años antes de esta foto, pero no fue sino hasta un año después de ella que empecé a hacerlo.

La reconciliación

Del maratón de Torreón al maratón de la Ciudad de México pasaron cinco meses. En esos cinco meses el entrenamiento y los ajustes a la alimentación no pararon. Se fueron aumentando las distancias, mi cuerpo se empezó a sentir menos cansado y poco a poco fui sumando kilómetros: diez, doce, quince, diecisiete hasta llegar a los veintiuno. En cada carrera, un aprendizaje.

Una mala noche de sueño puede arruinar meses de trabajo. Dormir bien es tan o más importante que hacer ejercicio y comer bien. Vaya que me lo enseñaron los dieciséis kilómetros en Ciudad Universitaria. Una fiesta de XV años, el día anterior, me pasó la factura. Un mes después, el día que corrí mis primeros 21 kilómetros, después de once años de no haber corrido esa distancia, me sentí increíble gracias a las doce horas de sueño que había tenido un día anterior.

Cero alcohol. ¡Uf! Soy una bebedora social. Quizá un poquito más que bebedora social. Me gusta comer con una copa de vino o a veces terminar el día con una cerveza o en las comidas del fin de semana. Pero si mi hígado no es el más hábil digiriendo la grasa de los alimentos, no podía mantenerlo ocupado procesando alcohol. Del pan prefiero no hablar. En todo proceso hay altibajos y el pan y yo estamos teniendo una relación complicada.

Pero fue avanzando el tiempo y después de seguir sumando kilómetros y disciplinarme con otros cambios en mi estilo de vida, un día me animé a pesarme. La báscula me regaló cuatro kilos menos. ¿Los festejé? Claro que no. ¡Me enojé!

Cinco meses haciendo ejercicio prácticamente cinco o seis veces por semana, casi dos horas en cada entrenamiento. Quitando gran parte del alcohol de mi vida, peleándome con el pan, ¿por apenas cuatro? Los cambios traen emociones y resistencias con las que hay que reconciliarse poco a poco. Estoy en el proceso. Estoy en paz.

La báscula no siempre cuenta la historia completa. Los kilos no bajaban al ritmo que yo quería, pero mis piernas ya no dolían al subir las escaleras y el aliento ya no se me escapaba en una buena ronda de atrapadas o de jugar avión. Esos cuatro kilos dejaron de ser una cifra y se convirtieron en la certeza de que mi cuerpo está respondiendo.

Llegó el día del maratón de la Ciudad de México y ahí estaba yo a las 4:30 de la madrugada, de la mano de mi esposo que también correría, formada en una fila en Pino Suárez e Izazaga para tomar uno de los camiones que puso el gobierno de la CdMx para transportar a los corredores al Estadio Olímpico Universitario, lugar donde arrancó la ruta.

Mientras el camión atravesaba la madrugada de Tlalpan y otras avenidas que nunca duermen yo repasaba en mi cabeza las palabras de Juan Luis. “Te pido comenzar tranquila, no dejes que la euforia te gane en esos primeros kilómetros y por favor no busques acelerar el paso más de la cuenta. Recuerda que al inicio será un calentamiento y después comienza la carrera que queremos hasta el punto acordado”.

Cuando llegamos a Ciudad Universitaria, el pebetero encendido, iluminando la negrura de la madrugada, fue la bienvenida para los 30 mil corredores que llegamos hasta ese lugar. Cada uno con su propio objetivo, sus propios miedos, su propia historia.

A las 7:01 de la mañana del 30 de agosto crucé la línea de salida del XLIII Maratón de la Ciudad de México y no, no lo terminé. Me salí de la ruta en el kilómetro 21. Mi meta personal estuvo ahí. Ese fue el plan trazado con el equipo de trabajo. Para muchos corredores, salirse de un maratón es traicionar sus principios, pero yo aún no estoy lista, mi cuerpo aún no está en condiciones físicas adecuadas para recorrer 42 km y 195 metros sin parar.

Por supuesto que me quité el número y no crucé la meta, pero corrí 21 km y me reconcilié con el ejercicio, con la disciplina. Me estoy reconciliando con mi cuerpo. Ya no desde el espejo, desde adentro, desde las vísceras, desde la fuerza de mis piernas y mis pulmones, desde el agradecimiento, porque me dejé de esconder detrás de las cortinas porque, finalmente, reconstruí mi propio espejo.

Miriam Castro
Tomé esta foto minutos antes de salir hacia el camión que me llevaría al Estadio Olímpico Universitario el 30 de agosto de 2026.

MCM


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Miriam Castro
  • Miriam Castro
  • Gerente de Fidelización de Audiencias de Milenio.com y editora en jefe de newsletters. Desde hace más de una década he formado y liderado equipos digitales dentro de Multimedios. Durante 20 años he hecho print, radio, televisión y revistas, pero digital se robó mi corazón.
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