La virginidad hoy

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EL SEXÓDROMO

Verónica Maza Bustamante

elsexodromo@hotmail.com

@draverotika

FB: La Doctora Verótika



A veces pareciera que seguimos viviendo en el medievo debido a las creencias y prácticas que continuamos manteniendo; otras, que los más jóvenes están en una era totalmente desconocida para sus padres, quienes crecieron sin internet ni teléfonos celulares, y conseguir una pareja sexual era mucho más complicado que hoy en día. Por eso, hay temas que, después de 15 años investigando sobre sexualidad humana, me gusta volver a analizar, escrutar y reflexionar, como el de hoy: la virginidad.

Podríamos creer que hace siglos superamos aquella etapa del medievo, en donde a las mujeres se les ponía cinturones de castidad y se les obligaba a demostrar su castidad previa sacando la sábana manchada de sangre al balcón tras la noche de bodas, pero aún hay lugares del mundo civilizado donde se sigue conservando la creencia de que una mujer sin himen ya no vale, al menos no cuando se trata de encontrar “un buen partido”.

Antaño esto tenía su origen en la religión, la propiedad privada, la economía. Los hombres iban a las cruzadas y querían preservar “la virtud” de sus mujeres (antes y después de consumarse el matrimonio), para asegurar que los hijos que tuvieran no fueran de otros, para que su herencia quedara en manos de seres con sus mismos genes. Actualmente hay muchas parejas que no tienen nada que dejar a sus vástagos tras su muerte y cada vez es más común que la mujer trabaje, sea independiente, se mantenga a sí misma; por ende, no necesita ofrecer nada a su pareja más que sus ganas de estar con ella.

Curiosamente, aún hay situaciones que me recuerdan los días de los caballeros con armadura. Por ejemplo, en Suecia se ha registrado que hay padres de familia que someten a sus hijas adolescentes a pruebas ilegales “de virginidad”, con el objetivo de saber si siguen siendo “puras”. En estos procedimientos, los médicos examinan si las niñas todavía tienen himen, esa membrana delgada que cubre la entrada de la vagina y que se puede romper debido a muchas causas, como caerse, con el ejercicio, en la masturbación y tras la penetración. Si eso pasa en Suecia, que es un país donde la educación sexual integral es buena y hay un gran respeto por los derechos humanos, en otros lugares menos desarrollados deben pasar cosas similares con mayor frecuencia.

La mercadóloga Kate Monro comenzó a escribir, hace tres años, un blog sobre la virginidad —The Virginity Project— y fue tal su éxito, así como la larga serie de entrevistas que realizó sobre el tema, que escribió un libro, titulado Losing It: How We Popped Our Cherry Over The Last 80 Years (“Perdiéndola: cómo perdimos la virginidad durante los últimos 80 años”). En él recoge las historias que le contaron, las cuales sirven para demostrar que todos somos únicos e irrepetibles y en ello radica la magnificencia de la diversidad sexual. Sí, “perder la virginidad” de manera conciente es una acción que aplica en muchas mujeres, es un verbo que se pronuncia igual en todos los casos pero que en la práctica siempre se ejerce de manera diferente.

Por ejemplo, Monro habla de hombres casados y castos, que penetraron a su esposa, por primera vez, a los cuarenta años; de mujeres que se iniciaron con médicos ginecólogos, de los que recurren a sexoservidoras; de maridos sintiendo por primera vez la penetración anal, de solteras que no se masturbaron hasta que fueron ancianas, de jóvenes que se han adentrado en el camino del placer después de sentir muy poco durante su primera vez. Ella ha comprendido, tras la investigación, que dejar de ser vírgenes no fue, para la mayoría de sus entrevistados, algo relacionado con su valía como mujeres o su fortaleza como hombres, sino un momento que marcó su paso o transición entre la niñez y la adultez.

También hay un número cada vez más creciente de chavas y chavos que le están entrando a muchas prácticas eróticas (sexo oral, anal, fajes con y sin ropa, encuentros grupales, arrimones en público, etcétera) menos a la penetración vaginal, pues sostienen que así no corren el riesgo de enfrentarse a un embarazo no deseado ni las chicas pierden la virginidad.

Veo dos asuntos que no son sanos en ello: al hacerlo de esa manera, no suelen usar condón, pues no corren riesgo de embarazo (aunque se ha registrado que puede darse si la eyaculación cae en la vulva y se cuela un esperma travieso por ahí), pero se les olvida que sí pueden contagiarse de alguna infección, así que tendría que aclarárseles que deben emplearlo aunque no haya coito. Además, aunque esta fórmula les podría ayudar a no centrar el encuentro erótico en la penetración, abriéndoles el panorama del gozo, sigue promoviendo la idea de que la virginidad es básica o necesaria, dándole valor a algo que no lo tiene.

Se sigue valorando el himen porque el encuentro entre dos cuerpos desnudos sigue siendo tabú; aún prevalece la idea de que eso es “un tesoro”, que “esa puerta” no se le abre mas que a la pareja que estará con nosotras hasta que la muerte nos separe.

Deberíamos reflexionar al respecto. Darle prioridad a otros valores, como el respeto hacia el otro y uno mismo, el derecho al placer que todos tenemos; lo que representa, en realidad, compartir no solo nuestro cuerpo sino nuestro ser integral con otra (u otr@s) personas.

Un buen regalo de Navidad para los hijos podría ser hablar con ellos al respecto o investigar en internet, buscar libros u orientación profesional para entender cómo es que están viviendo o van a vivir su despertar al deseo. Si tratan de educarlos como lo hicieron con ustedes será complicado, pues en los últimos 20 años el mundo ha cambiado de manera radical. Si buscan orientarlos con libros escritos hace dos décadas o de poco rigor en su contenido, no solo podrían fracasar en su intento por beneficiarlos, sino que podrían documentarlos de manera errónea. Por ello les pido que busquen en la red, pregunten, reflexionen y traten de abrir vías de comunicación con sus retoños desde la infancia. Con que llamen a las cosas por su nombre y los escuchen, se ganen su confianza, traten de entenderlos en lugar de reprimirlos de inmediato o juzgarlos sin tener todos los pelos de la burra en la mano, tendrán buenos avances.

Brindar educación sexual no es únicamente tener una charla sobre la menstruación y lo que ella implica o regalarles condones “llegada la edad”. Es, entre otras cosas, un acto de amor integrado por apertura, paciencia, interés, información, comprensión, habilidad para preguntar y compartir, ganas de entender, de saber más sobre los hijos. No es tan difícil si nos quitamos prejuicios, miedos, tabúes y demás telarañas. Los invito a llevarlo a cabo.

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“Sus caricias poseían una extraña cualidad. Unas veces eran suaves y evanescentes, otras, fieras, como las caricias que Elena había esperado cuando sus ojos se fijaron en ella; caricias de animal salvaje. Había algo de animal en sus manos, que recorrían todos los rincones de su cuerpo, y que tomaron su sexo y su cabello a la vez, como si quisieran arrancárselos, como si cogieran tierra y hierba al mismo tiempo.

Cuando cerraba los ojos sentía que él tenía muchas manos que la tocaban por todas partes, muchas bocas tan suaves que apenas la rozaban, dientes agudos como los de un lobo que su hundían en sus partes más carnosas. Él, desnudo, yacía cuan largo era sobre ella, que gozaba al sentir su peso, al verse aplastada bajo su cuerpo.

Deseaba que se quedara soldado a su cuerpo, desde la boca hasta los pies”.

Fragmento de “Elena”, relato en "Delta de Venus", por Anäis Nin.

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NúmEros


6 de cada 10 mexicanas, mayores de 15 años, están en una relación formal.

En los últimos 30 años se han triplicado los divorcios.

90% de los mexican@s no planea o programa el sexo.

Las mujeres son quienes toman la iniciativa, superando en un 6% de las ocasiones a los hombres.

4 de cada 10 jóvenes han experimentado un episodio de violencia o crítica en su noviazgo.

3 de cada 10 universitari@s han tenido sexo con desconocid@s.


Fuente: INEGI, LILY ICOS

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