Perdón, pero...

El difícil optimismo

Aunque esté en nuestra naturaleza, no es fácil ser optimista respecto a 2018. Lo cual es curioso porque, generalmente, los años electorales suelen estar llenos de esperanza por la posibilidad de cambios. Y vaya que necesitamos varios, por lo menos en tres áreas: seguridad, crecimiento económico y transparencia/anticorrupción; materias todas en las que el gobierno actual está reprobado. Por no hablar de un sistema de salud destrozado y un sistema educativo y científico paralizado en todos los niveles. Pero como la memoria es débil y la propaganda electoral hace su trabajo, a la gente se le olvidarán los agravios. Mantendrán la esperanza en los partidos que han probado su ineficacia o pensarán que los candidatos serán mejores que las estructuras que los han cobijado y empujado. O depositarán sus ilusiones en salvadores y vendedores de milagros, a pesar de que todos los indicadores apuntan a desastres anunciados.

Lo cierto, lo comprobado, lo realmente experimentado, es otra cosa: tenemos más de una década con una violencia irrefrenada y una inseguridad cotidiana que no nos deja vivir en paz. Y no veo respuestas serias a ello. Una que otra puntada de algún candidato, pero ningún plan serio, reflexionado y que signifique realmente un cambio en esa materia. No veo tampoco una propuesta que nos encamine hacia una economía sólida, no dependiente de acuerdos comerciales o de presiones a nuestra política exterior. Más bien observo candidatos (o precandidatos para ser más precisos) preocupados en mostrar los defectos de los otros. Lo cual se vale, pero no puede constituir el centro de un mensaje de un futuro gobernante. Y eso es lo que reamente veo: futuros gobernantes; cero estadistas, que sean capaces no solo de ganar el voto, sino de animar a la población respecto a un proyecto de nación para el futuro inmediato.

Veremos si las campañas se pueden encaminar un poco mejor en este sentido. El principal obstáculo que éstas enfrentarán no son, sin embargo, los ataques de los adversarios, sino el desánimo generalizado de la población, cuya mejor opción es, hasta ahora, votar por el menos malo. El optimismo no se construye de la noche a la mañana. Ni puede alimentarse con promesas que ya sabemos que son vacuas. Y por si esto fuera poco, tenemos que recordar que este gobierno, el de Enrique Peña Nieto, en realidad no se va sino hasta el 1 de diciembre. Así que a aguantar otro año.

roberto.blancarte@milenio.com