DOMINGA.– El otro día viajé a Cuernavaca para conocer a Pierroth Jr., el rudo icónico que dominó la lucha libre hasta inicios del milenio, entre campeonatos de peso semicompleto y rivalidades que llenaban arenas. El luchador que pesaba 120 kilos ahora ronda los 75. Tiene la misma frente rota y cicatrizada en mil pedazos, pero ya no infunde miedo ni puede soltar esa carcajada diabólica que lo identificaba. Tampoco propinar los pierrothazos, esos golpes desmedidos contra el pecho de sus rivales, porque tiene la mano derecha engarrotada y paralizada.
Norberto Miguel Ángel Salgado Salcedo, nacido el 10 de marzo de 1958 en esta misma ciudad, me recibió arrellanado en el sillón de su sala, con la mirada puesta en el enorme televisor que, a menos de tres metros de distancia, transmitía una carrera de bicicletas de montaña. Estaba recién bañado, con los zapatos bien lustrados. Vestía unos pantalones claros, casi blancos, y una camisa negra de manga larga con la que ocultaba los diseños tribales que hace tiempo se tatuó en los antebrazos.
De su cuello colgaba un cordón de cuero con una cruz de madera que, ahora que reviso las fotos de mala factura que le tomé, más bien parece una T, de Tito, como le dice de cariño Teresa, la sexta de siete hermanos. Ella tiene casi 60 años y lo cuida desde hace dieciocho, cuando Norberto sufrió el derrame cerebral que le desconectó el lado derecho del cuerpo y que le dejó secuelas cognitivas y emocionales.
Al saludarlo, pensé que me ignoraría. Teresa me había advertido de que Pierroth Jr. no podría entablar una conversación. Pero sí me escuchó y, sin urgencia en sus palabras, preguntó mi nombre. Después volvió a cuestionarme:
–¿A qué vie-nes? –dijo con cierta dificultad y sin dejar de mirarme a los ojos.
–A conocerlo –le contesté mirándole los párpados caídos–. Era un adolescente cuando usted debutó en la lucha libre.
–Pie-rro-th Ju-nior –se presentó aún con algo del vozarrón que tenía en sus años de gloria y me tendió su mano izquierda, delgada y fría.
Luego tomó el control remoto y le subió el volumen al televisor. Lina, quien apoya a la familia con los cuidados, me acercó una silla. Una vez sentado, noté que Norberto miraba la carrera casi sin parpadear. No me atreví a interrumpirlo. Noté su frente con protuberancias óseas, secuela de años de sillazos, cabezazos y navajazos.
“Es-ta-dos U-ni-dos”, de pronto dijo y repitió: “Es-ta-dos U-ni-dos”. Volteé a ver a Lina con la esperanza de que me ayudara a resolver a qué se refería, pero ella tampoco supo. “Es-ta-dos U-ni-dos”, insistió y a mí me quedó claro que el derrame cerebral le arrebató la posibilidad de nombrar el mundo con precisión.
Segundos después, Teresa bajó de su recámara y lo primero que hizo fue traducir las palabras de su hermano: “Te está diciendo que la carrera es en Estados Unidos”. Y luego se dijo desconcertada: “Me sorprende que ande platicador. Casi nunca trata con desconocidos por lo mismo de su accidente cerebrovascular”. Pierroth Jr. vive bajo los cuidados de su hermana, quien lucha por sostener su vida y mantener vivo el legado del legendario luchador.
Le dan siete horas de vida a Pierroth Jr.
La tarde del 16 de noviembre de 2008, en Ciudad de México, Pierroth Jr. sufre un infarto cerebral. La cara se le ha torcido, no puede hablar y es incapaz de levantar los brazos. Tiene cincuenta años. La hija y la entonces pareja del luchador lo llevan al Hospital Obregón, en la colonia Roma. Un médico de guardia examina las tomografías y le da unas siete horas de vida. “Despídanse”, les dice.
La pareja firma la autorización para que sea intubado ante un colapso pulmonar e informa a los Salgado Salcedo, que ya han llegado al hospital, que Norberto ha pedido ser cremado. Unos primos hasta le llevan mariachis para despedirlo. Su hermana Teresa no se resigna y se comunica con Noé Oroza, otro neurocirujano que trabaja en el IMSS de Cuernavaca y que, casi ocho años antes, lo había operado de la columna. El médico le dice que sí lo atiende, pero que deben llevarlo a Cuernavaca. La hija del luchador se niega. “Es jugar con su salud”.
Pasadas las siete horas de despedidas, se presenta un joven neurólogo de apellido Dorian, el médico de turno. Teresa recuerda: “Le dio un manotazo en el corazón y Norberto reaccionó. Entonces Dorian nos dijo: este hombre sale porque sale, no necesitamos intubarlo, y efectivamente mejoró. Empezó a mover los dedos de las manos y de los pies; empezó a hablar”.
Una semana después, el 24 de noviembre, es dado de alta. En ese tiempo, Norberto vive en un departamento por los rumbos de Atizapán y allá se va a convalecer. Al quinto día debe acudir al consultorio del doctor Dorian, en el mismo Hospital Obregón, para que le regule el anticoagulante, pero no asiste: a la pareja y a la hija del luchador les ha parecido complicado trasladarlo en una ambulancia. Teresa va a visitarlo hasta el fin de aquella semana. En la sonda que le colocan a su hermano, nota sangre en la orina y sugiere hospitalizarlo.
La pareja del luchador lo traslada, sí, pero hasta al día siguiente. Pierroth Jr. entra a urgencias por una hemorragia cerebral.
El rebelde y líder de la palomilla de barrio
Juan Salgado, empleado de la banca rural y comerciante, y Teresa Salcedo, modista de alta costura y ama de casa, se casaron el 7 de septiembre de 1952. Norberto, el cuarto hijo, alcanzó a nacer en la vecindad de los Franzoni, en pleno centro de Cuernavaca, donde Juan y Teresa rentaron hasta el año de 1967. Luego compraron una casa en el fraccionamiento Cuauhnahuac y se mudaron.
En esa misma propiedad me reciben Pierroth Jr. y su hermana. Una casa cuya fachada está hecha de rejas de hierro forjado, tiene jardín, terraza y ventanales, y fue pensada para sentirse fresca a la hora del calor. “No tuvimos lujos, fuimos clase media trabajadora”, dice Teresa hija mientras se acomoda sus anteojos. “No es cierto eso que dicen por ahí: que Norberto cantó en camiones cuando era niño”.
En aquel 1967, Norberto tenía once años y ya era el líder de la palomilla de la colonia. “Siempre fue un niño inquieto y líder que buscaba la adrenalina”, relata Teresa y agrega que, a esa edad, su hermano convencía a la bola de amigos de ir a las vías del ferrocarril que todavía hoy cruzan por el fraccionamiento para pararse a un lado de ellas cuando pasara el tren. Por lo mismo de su revoltoso carácter, Norberto fue inscrito al Colegio Cristóbal Colón, una escuela militarizada que todavía se ubica en Cuernavaca. Su hermano Alejandro, un año menor que él, también estudió ahí.
“Los dos eran tremendos y hacían mancuerna”, dice Teresa y platica que, un día, un profesor le pegó a José Alejandro con la regla y que éste fue llorando con Norberto. “Y Norberto, que siempre fue de mecha corta, buscó al maestro y le puso sus trancazos. Obviamente lo castigaron y mandaron a llamar a mis papás”. Norberto en ese entonces ya medía 1.60 metros. De ahí que le apodaran Chabelo.
(“¡Ay, ay, ay!”, grita Norberto con el control remoto de la televisión en la mano. De tanto cambiar de canal ha encontrado una función de lucha libre estadounidense. Por eso el grito triunfante. “Se la pasa viendo luchas”, interrumpe Teresa el relato histórico de su hermano. “Le gustan las artes marciales, el box, el futbol americano, los toros, pero lo suyo es la lucha libre, ¿verdad, mi amor?”. Norberto capta la pregunta. “Has-ta el cie-lo”, responde viéndonos. “Es lo ú-ni-co”).
Si Norberto ya era peleonero en la primaria, en la secundaria consolidó su rebeldía. “Todos los días se agarraba a golpes con alguien”, dice Teresa. “Le indignaba mucho las injusticias. Todavía de adulto se metía en problemas si veía que un papá le pegaba a su hijo”. Que Norberto se enredara en peleas, sin embargo, no fue la causa principal de las discusiones que sostenía con su padre. Eran porque el chico quería estudiar medicina y no había dinero para cumplirle su deseo. Sólo había para que estudiara una carrera de máquinas y herramientas. “Mi papá le dijo que si no quería estudiar eso, entonces que se fuera de la casa. Y se fue”.
Norberto tenía dieciséis años. “Lo acogieron diversas personas: unas buenas y otras malas. Agarró de las dos porque Norberto nunca tuvo miedo a nada”. Lo mismo agarró la tomadera que la disciplina del trabajo y el oficio de la herrería.
(“He-rre-ría”, interviene Norberto desde el sillón. “Sí, hijo, la herrería”, le contesta Teresa y luego ella me aclara: “Fue muy bueno en la herrería, hizo la cancelería de esta casa. Ventanas, puertas, todo. El ring que hay en la Arena México, también lo hizo él”).
Madrina en la policía federal y empleado en fábrica de municiones
Decía que lo mismo trabajó de madrina en la policía judicial que de empleado en Cartuchos Deportivos de México, una empresa dedicada a la fabricación de balas. Norberto era el jefe de control de calidad y, con armas reales, probaba las municiones.
Estamos hablando de 1981. Por ese tiempo, Norberto jugaba voleibol. Y así, jugando, se reencontró con un amigo de la infancia: Eduardo Cué, hijo de don Ramón Cué, el administrador de la Arena Isabel en Cuernavaca, inaugurada en 1953 sobre el Boulevard Juárez y famosa por sus funciones de lucha libre profesional, ya fuera los jueves por la noche o los domingos por la tarde. En La Chabela, como le decían al recinto demolido en 2010, se presentaron luchadores legendarios como El Santo, Blue Demon y Black Shadow.
La amistad que trabaron Eduardo y Norberto no sólo trajo consigo que tres hermanos de los Salgado Salcedo trabajaran de boleteros o anunciadores, también trajo consigo que Norberto entrara a la escuela de lucha libre que estaba asociada con La Chabela. Ahí empezó a entrenar a escondidas con Gran Cochisse y Círculo Rojo.
“Mis papás no hubieran querido ningún hijo luchador, pero esa fue la fijación de mi hermano”, dice Teresa y yo le pregunto de dónde sacó dicha fijación si ninguno de los Salgado eran fanáticos de las luchas. Me responde: “Norberto me contó una vez que, de niño, acompañó a mi mamá a la Ciudad de México a comprar telas a las mercerías. Anduvieron por todo el centro y, en una de esas, pasaron por la Arena Coliseo, le impactó el lugar y, desde ahí, tuvo el gusanito de luchar”. Don Ramón Cué fue el primero en enterarse de que estaba entrenando.
–¿Qué está haciendo este muchacho aquí? –preguntó en el ring.
–Dale chance y obsérvalo, papá –respondió Eduardo.
A don Ramón bastó verlo esa sola vez para encontrarle estilo.
–¿Y cómo piensas llamarte? –preguntó a Norberto.
–Médico Asesino porque me hubiera gustado estudiar Medicina.
–Me gustas para que seas Pierroth Jr. –propuso el viejo.
El primer ‘Pierrot’ fue de Lionel Antonio Lamadrid
Pierroth, con h, fue una creación de don Ramón Cué. Adoptó el nombre de un personaje clásico del teatro italiano. Sin embargo, el traje y la máscara que diseñó con estampado romboidal no corresponden a Pierrot, sin h, representado con ropas blancas; corresponden a su némesis, El Arlequín. Don Ramón le prestó primero el nombre y el personaje a Lionel Antonio Lamadrid Sotelo, un mexiquense que había sido alumno del Ray Mendoza, multicampeón mundial de peso semipesado.
Lionel debutó en La Chabela en 1957 y pronto su estilo rudo conectó con el público morelense. En internet encontré que disputó el campeonato medio, que “protagonizó intensas rivalidades” con técnicos de la época y que, la tarde del 30 de julio de 1966 en esa misma arena lo descalificaron por foul y perdió la máscara en “una épica lucha” ante Misterio II, “el mayor y mejor contendiente al que se haya enfrentado el ídolo morelense”. Siguió luchando sin capucha hasta mediados de la década de los setenta, cuando sufrió un derrame cerebral. “Vaya coincidencia”, dice Teresa y me platica que Lionel, aunque tuvo secuelas, podía conducir un auto al que le adaptaron los pedales y el volante. “Recorría la ciudad y, por el megáfono, anunciaba las funciones de luchas de la Arena Isabel. Los Cué siempre le ayudaron”.
Los Cué también se comprometieron con Norberto a ayudarlo. Antes de heredarle el personaje, don Ramón pidió hablar con los padres. “Me voy a tener que aventar la bronca con tus papás”, dice Teresa que dijo el viejo y que cumplió su palabra: habló con ellos. “Mi mamá tenía su taller de costura en la casa y recuerdo muy bien que, ahí, habló con mi hermano. ‘Mira, hijo, esto de la lucha libre a mí no me agrada. Tu padre tampoco quiere. Pero tú ya te empeñaste y sé que lo vas a hacer. Nada más te voy a pedir un favor: no quiero que seas uno más del montón, uno más que luche en el Mercado [Adolfo López Mateos]. Quiero que seas el número uno’. Y sí, fue el rudo despiadado que la gente más idolatraba”.
(Cuando Teresa termina de contarme la anécdota, enseguida le pregunta a su hermano si se acuerda de que su mamá le dijo que fuera el número uno. Norberto no responde. Sigue mirando la función de luchas. Poco tiempo después pide algo de comer. “Bo-ta-na”, dice. “Ay, mi amor, acabas de desayunar”, le contesta Teresa. “Espérate tantito”).
Así fue el debut de Pierroth Jr. en la Arena Isabel
El 3 de junio de 1984, a los veintiséis años, debutó pero no lo hizo como Pierroth Jr. Ramón Cué lo mandó a foguearse a la Arena Toluca, donde se presentó como Coral Negro. Se estrenó en el cuadrilátero mexiquense con una semifinal de relevos australianos. Junto a los rudos El Ranchero y Luis López, se enfrentó a los técnicos Géminis I, Rayo Tapatío y Araña de Morelos. Olvido preguntarle a Teresa quién ganó pero me cuenta que la máscara y los pantaloncillos de Coral Negro los elaboró su mamá. “Ella también cosió los primeros trajes de Pierroth Jr. Todavía me acuerdo de cuando nos ponía a recortar los rombos negros y amarillos.
Casi un mes después, el 1 de julio, Pierroth Jr. apareció en la Arena Isabel. En un duelo de parejas, Ráfaga Moreno y él pelearon contra los ídolos locales Zaratustra y Araña de Morelos. De nuevo olvido preguntarle quién ganó ese combate, pero me cuenta que, antes de iniciar la lucha, hubo una ceremonia donde Lionel se subió al ring con la máscara de Pierroth puesta y se la entregó a Norberto y éste con gran habilidad de manos se quitó la capucha de Coral Negro. “El señor Lamadrid, que en paz descanse, siempre fue buena onda. La familia fue la que empezó a decir que Norberto les había robado el nombre. Para evitar problemas, Ramón Cué le cedió el nombre a mi hermano y le ordenó que lo registrara”.
Aquel debut fue visto sólo por Teresa y sus hermanos que trabajaban en la Arena. De regreso a casa le contaron a la madre que habían quedado sorprendidos por la habilidad de Norberto. “Mi mamá nunca vio luchar a mi hermano. Me decía: no quiero ver que a mi hijo le estén pegando. Además, para entonces, ya le habían diagnosticado cáncer de seno y pasaba mucho tiempo en casa”. Mientras Teresa mamá se sometía a radioterapia, Norberto ganaba los campeonatos estatales de semipesado y de parejas, junto al Judío, con quien hizo equipo. Pero su amistad terminó en 1985, en una disputa de máscara contra máscara, en la que resultó triunfador Pierroth Jr.
“Norberto platicaba mucho de esa lucha porque la consideraba más importante que las luchas de campeonato”, dice Teresa y me cuenta que por esa época su hermano conoció a Martha Patricia Torres Montes, una atleta que vivía en la colonia Morelos. “Mi hermano iba mucho al DF con la esperanza de suplir a algún luchador que faltara en la Arena México. A como fuera quería ser parte del róster del Consejo Mundial de Lucha Libre [CMLL]. Uno de esos días conoció a mi cuñada y se fue a vivir con ella. Norberto contaba que tuvo que pelearse varias veces con sus vecinos de la Morelos para darse a respetar”.
Los jueves que luchaba en Cuernavaca, Norberto aprovechaba para visitar a su madre. Uno de esos días, la madrugada del 24 de abril de 1986, murió la señora Teresa. Tenía 56 años. “Los jueves eran los estelares en la Arena Isabel y Norberto estaba programado para luchar ese día. El sepelio de mi mamá fue a las cuatro de la tarde y la función empezaba a las ocho”. A eso de las seis, sentados en el comedor, Norberto le dijo a su padre que llamaría a los Cué para que buscaran un reemplazo. “Le prometiste a tu mamá que ibas a cumplir con todos tus compromisos; no puedes faltar”, le respondió su papá. “Las lágrimas se secan y te vas a trabajar”.
Según Teresa, su hermano contaba que aquel jueves fue la peor lucha: “a las cuatro de la tarde había enterrado a mi mamá y, cinco horas después, los aficionados le estaban mentando la madre. Acuérdate que Pierroth Jr. se caracterizó por recibir mentadas por ser rudo”.
(“Cie-lo, cie-lo”, pronuncia Norberto y se suelta a llorar. Teresa le limpia las lágrimas con una servilleta mientras me explica que su hermano se está refiriendo a su mamá. “Sí, hijo, mi mamá está en el cielo, ya no llores”, le dice. Me aclara Teresa: “Aunque siempre fue muy peleonero, nació con corazón de pollo”).
Tras la muerte de su madre, Norberto empezó a consumir drogas, decía que era para aguantar hasta las tres luchas que peleaba en un día, pero toda su familia sabía que estaba deprimido y no superaba el duelo. “Mi cuñada Martha Patricia me decía: ‘Dile que soñaste a tu mamá y que te dijo que está muy preocupada por él’”.
“Tratábamos de todo para hacerlo reaccionar. Gracias a Dios, nos pidió ayuda y tuvimos que internarlo algunos meses”.
La disputa de títulos y campeonatos y sus rivales
Rehabilitado, volvió a ser protagonista en las arenas. Le ganó a Halcón 78 el Campeonato Nacional de Peso Semicompleto del 4 de abril de 1988; pero 156 días después lo perdió ante Mogur. Eso sí, en la revancha, Pierroth Jr. volvió a hacerse del título el 12 de enero de 1990. Comenzó a formar dupla con Bestia Salvaje. Con él obtuvo el Campeonato Nacional de Parejas, venciendo a Ángel Azteca y a Atlantis. Tras 287 días de ostentar el título, se lo arrebató el Ángel Azteca y su nuevo socio Volador. Hacia 1992 se unió a Jaque Mate y Masakre y crearon el trío Los Intocables. El 22 de marzo, derrotaron a Los Infernales (conformados por MS-1, Pirata Morgan y El Satánico) y se apoderaron del Campeonato Mundial de Tríos. Los Intocables se separaron luego de perder el título en septiembre de 1992.
Pierroth Jr., a quien ya apodaban El Bocazas, pronto encontró una nueva rivalidad: El Supremo, otro rudo que imantaba al público. Sus discrepancias en el ring las resolvieron el 18 de diciembre de aquel 1992, en la Arena México, en una lucha de máscara contra máscara. Luego de tres sangrientas caídas, Pierroth Jr. ganó con una cuenta de tres. Se supo entonces que El Supremo era originario de Tijuana. Me dice Teresa: “Norberto ya había ganado otras máscaras: la del Judío, la de Mr. Majestic, la de La Araña de Morelos, la de Zaratustra y la de Power Man. Pero haber ganado la del Supremo lo convirtió en el luchador que mi mamá quería ver. Tan lo supo Norberto que, cuando agarró el micrófono, le dedicó la máscara a mi mamá”.
Vendrían inolvidables encuentros con Jerry Estrada, Dr. Wagner Jr., Rayo de Jalisco Jr., Super Porky, Vampiro Canadiense, Grand Markus, El Satánico o El Cibernético. Con la fama ganada, la Triple A contrató a Pierroth Jr. Ahí sus máximos rivales fueron La Parka, Máscara Sagrada (con quien perdió el Campeonato Nacional de Peso Pesado después de 574 días de dominio), Octagón y Latin Lover.
La Wikipedia dice que Norberto dejó la Triple A a mediados de 1997, mientras aún era campeón nacional semipesado, y comenzó a trabajar en el recién formado International Wrestling Revolution Group (IWRG). El 29 de septiembre de ese 1997 derrotó a Black Magic y se hizo acreedor del Campeonato Intercontinental de Peso Completo, título que perdió el 1 de agosto de 1999 ante Pirata Morgan.
Antes, la noche del 20 de julio de 1998, en la Plaza de Toros Lauro Luis Longoria, en Nuevo Laredo, disputó la máscara con su amigo La Parka. “Los dos estaban en la cima y a la empresa le convenía un duelo de apuestas”, dice Teresa y me suelta un dato que le parece importante: sólo su cuñada Martha Patricia presenció aquella lucha que “rompió récord de asistencia”.
(Teresa pausa su relato: Lina nos ha traído papaya y sandía picada. “U-no, dos, tres”, cuenta Norberto mientras le sirven su ración. “Todo tiene que ser en tres”, explica Teresa. “Si le doy un beso, tienen que ser tres. Cuando lo baño, lo enjuago contando tres. Si lo pongo en la silla de ruedas debe ser a la cuenta de tres. Creo que su mente se quedó con el conteo de las luchas”. Norberto se lleva la mano izquierda al pecho. Teresa lo descifra: “¡Ah, tu babero!”. Teresa retoma la narración).
“En ese tiempo de la lucha entre Norberto y La Parka sólo existía el teléfono para comunicarse, y tuvimos que esperar a que nos llamaran. Cuando Norberto llamó, nos dijo: ‘Ni modo, perdí’, y yo sentí un golpe en el pecho porque creí que hasta ahí llegaba la carrera de mi hermano. Él mismo lo pensó porque es común que, sin la máscara, el luchador pierde su personalidad. Además decían que se parecía a Chico-che. Luego entonces lo contrataron en Puerto Rico y se reinventó”.
Pierroth Jr. se inventó un personaje antimexicano para resurgir
Teresa ya no recuerda con qué máscara luchó en Puerto Rico, ni que la perdió ante Ray González, un ídolo local con quien disputó varios campeonatos. Sabe, eso sí, que su hermano casi fue deportado por la visa vencida y sabe que convirtió a Pierroth Jr. en un personaje antimexicano porque necesitaba resurgir. “En las redes sociales dicen: ‘¿Cómo puede ser que admiren a ese viejo que odiaba a los mexicanos?’. Obvio, no los odia. Era parte del Comandante Pierroth, su nuevo papel”, dice Teresa. Y en el nuevo papel se decía nacido en Puerto Rico y decía que los boricuas eran superiores a los mexicanos. Eso le provocaría miles de mentadas de madre.
(“¡Puer-to Ri-co!”, suelta Norberto un grito ahogado. “Sí, mi amor, Puerto Rico”, le dice Teresa y aprovecha para asegurarme que su hermano está en el aquí y en el ahora, que entiende casi todo, que lo difícil está en que no puede expresarse).
En 1999, al concluir su estancia en Puerto Rico, Norberto volvió a trabajar para el CMLL. Declaró que era puertorriqueño y que era superior a los mexicanos. Los aficionados más nacionalistas se le fueron encima, lo que trajo que Pierroth Jr. anduviera en boca de todos. Formó equipo con Gran Markus Jr. y más tarde se llamaron Los Boricuas. La dupla creció a trío cuando agregaron a La Boricua Enmascarada. Creció a cuarteto con el panameño Veneno. Y se hizo quinteto con La Nazi, la guardia personal de Pierrtoth Jr. A mediados del 2000 entró Violencia en sustitución de La Boricua, y en el otoño de 2001, Gran Markus Jr. dejó el grupo. Dijo sentirse cansado de estar bajo el mando de Norberto. Los Boricuas se disolvieron.
Por esos días lo operaron de una septicemia provocada por un absceso inguinal. Y luego empezó a dolerle la columna. El ortopedista privado que le diagnosticó a Norberto diferentes hernias discales le recomendó que ya no luchara más. El informe médico llegó hasta el CMLL y resolvió darlo de baja de su róster. Me cuenta Teresa: “Norberto bien pudo retirarse pero su hija todavía estaba estudiando y no podía dejar de trabajar. Fue entonces que por una conocida de mi hermano Jorge supimos del doctor Noé Oroza, un neurocirujano del IMSS que atiende en Cuernavaca. Él se animó a operarlo y le hizo la rehabilitación. Él también le dio el permiso a Norberto para que volviera a luchar”.
A su regreso a los cuadriláteros, Pierroth Jr. se asoció con Vampiro Canadiense e iniciaron una disputa de larga duración con Cien Caras y Máscara Año 2000. La rivalidad acabó en una lucha de máscaras contra cabelleras que perdieron. La última lucha de apuestas que tuvo Norberto ocurrió el 15 de noviembre de 2007, en Xalapa, cuando Parka –ahora L.A Park– lo venció otra vez y de nuevo fue rapado.
Antes, en 2005, Norberto enviudó. Martha Patricia, entonces maestra de aerobics, iba caminando a su trabajo a impartir su clase cuando un motociclista la atropelló para aparentemente robarle la mochila. En la caída, se golpeó la cabeza con la orilla de la banqueta y se desnucó. “La policía registró la muerte de mi cuñada como accidente y nunca investigó. Sucedió en la colonia Morelos”, relata la hermana.
–Debió haberle dolido mucho a Norberto.
–Esa era otra: yo siempre le agradecí a mi cuñada que toleró que Norberto fuera muy ojo alegre. No me sorprendió que, cuando se murió mi cuñada, se juntara con otra persona más joven que él. Estaba con ella cuando le pasó el infarto cerebral. Pese a todo, mi hermano quiso mucho a Martha Patricia.
“¿Dónde están esas mujeres que te amaban enloquecidamente?”
Mientras Pierroth Jr. está en terapia intensiva en 2008, su nueva pareja comete la imprudencia de contarle a los abogados del CMLL que su cuñada Teresa ha afiliado a Norberto al IMSS, pues insiste en trasladarlo a Cuernavaca para que lo examine el neurocirujano Noé Oroza, el que lo operó de la columna. Con esa información, los abogados encuentran el resquicio legal para deslindarse de la salud de Norberto, quien entonces era jefe de mantenimiento de la Arena México y empezaba a narrar las luchas en un canal de televisión por cable.
Una semana después, el 16 de diciembre, la pareja de Norberto telefonea a Teresa. Le avisa que el CMLL ya no pagará las cuentas del hospital y que ella ya se acabó los ahorros. Luego le pregunta si pueden trasladarlo a Cuernavaca. Lo trasladan. Oroza lo recibe, no sin antes increpar a Teresa por llevárselo un mes tarde. Tras la regañada, Teresa le pide al médico que empiece cuanto antes con la rehabilitación de Norberto. Oroza le contesta: “¿Cuál rehabilitación? Primero déjame salvarle la vida porque la sangre está invadiendo el cerebro y puede morir si le llega a la médula”.
A la mañana siguiente, cuando Norberto todavía se debate entre la vida y la muerte, su pareja regresa a la capital para atender a la hija que tuvo antes de conocer a Norberto. Volverá en el transcurso de las semanas, pero dejará de acudir apenas sea dado de alta. Teresa, que cree haber nacido para cuidar a los demás (lo hizo con su madre y lo hizo con el padre hasta que murió en 2019, a la edad de 96 años), decide instalar a su hermano en la casa familiar de Cuernavaca.
Ese día, ya estando a solas, le pregunta a Norberto: “¿Dónde están todas esas mujeres que según tú te amaban enloquecidamente?”.
La aparición de El hijo de Pierroth
–¿Y la hija de Norberto? –preguntó a Teresa.
–Estuvo conmigo cuidándolo dos años. Luego se fue y hay poca comunicación con ella. No la juzgo. Todas las familias tienen sus problemas. Sólo ella sabe lo que vivió con Norberto. Y déjeme contarle algo: hace unos diez años supimos que tenía otra hija en Monterrey. Marlene. Es enfermera. Cuando se casó vino a enseñarle el anillo de compromiso y luego fuimos a su boda. Suele llamar. Estoy más o menos al pendiente con ella. Es una buena chica. Ya le dije que, como seguro tiene mucho qué perdonarle, lo perdone. Él ahora está consciente del daño que hizo. Sabe, lo reconoce. Les he dicho a las dos hijas que Norberto, en su momento, tendrá que entregar cuentas a Dios. Por ahora, me toca cuidarlo.
–¿Y por qué se hizo cargo de su hermano?
–Me acuerdo de que un día, estando fuera del hospital, mi hermano Jorge, el menor, me pidió que no asumiera toda la responsabilidad. No le hice caso. Si cuidé a mi mamá, si cuidé a papá más de cincuenta años, por qué no cuidar a Norberto. Lo vi como una misión. Y no, no ha sido fácil.
–Me imagino los gastos.
–Con los meses, la gente que podía ayudarnos con dinero se fue. En Cadena 3, por ejemplo, donde trabajaba Norberto conduciendo luchas, sólo le dieron un cheque a la pareja de mi hermano, cheque que nunca vimos. Sólo quedó la familia para pagar la renta de la cama del hospital, la fisioterapia, los ejercicios de lenguaje. Tuvimos que turnarnos para solventar los gastos. Fuimos los hermanos los que lo sacamos adelante. No quiero ser ególatra pero, si no me hubiera hecho cargo, ya no lo tendríamos.
–¿De qué viven ahora?
–Hay un muchacho de Monterrey que nos lo acercó el ingeniero Alonso Botello, dueño de la empresa Kaoz Lucha Libre. Ese muchacho tiene un acuerdo con nosotros: le pasa una mensualidad a Norberto a cambio del uso del nombre. Este muchacho es El hijo de Pierroth. Es una de las personas que mejor se han portado con Norberto. No ha abusado del nombre ni de la confianza. En 2022, en plena pandemia, fuimos a Tijuana. Allá Norberto le entregó la máscara al muchacho. Con Pierrothito no tenemos ningún vínculo. Ese es personaje del Consejo. Quien nos ha ayudado de buena voluntad es L.A Park, gran amigo de Norberto. ¿Verdad, hijo que L.A Park es tu amigo?”.
–Mi her-ma-no –responde y Teresa retoma la palabra:
–Soy agente inmobiliario y de ahí he sacado el dinero para los pañales, para pagarle a la persona que me ayuda a cuidarlo, para su medicina (tiene arritmia cardiaca), para comer. Pero el trabajo ha estado muy malo desde la pandemia y le estoy dando un giro a mi vida: como mi mamá, también soy modista y elaboro máscaras, playeras, sudaderas y mando a hacer distinta mercancía de Pierroth Jr., como gorras o tazas. Vendemos en línea o en las arenas que nos invitan. Norberto se pone su máscara y se deja fotografiar. ¿Verdad que todavía hay gente que te recuerda?
Norberto no responde. Está metido en la tele, viendo las luchas. Me fijo de nuevo en la frente rota y cicatrizada, y pienso que esa especie de mapa elaborado en décadas de golpes cuenta más historias que la boca de Pierroth Jr.
Teresa vuelve a dirigirse a Norberto, ahora para preguntarle si es feliz.
–Muuuy fe-liz –contesta.
–Norberto lleva dieciocho años de tranquilidad y mire que la necesitaba –dice Teresa–. Si hubiera seguido como era, agresivo y peleonero, seguro ya no viviría. Por eso digo que Dios nunca se equivoca.
GSC