Comunidad

Con la creatividad para salir adelante

Trabajó durante dos décadas en la Ciudad de México y finalmente regresó a su pueblo para hacer lo que más le gusta: muñecas de hojas de maíz, que ha llevado a diversos municipios, incluso a Estados Unidos.

San Cristóbal Zapotitlán siempre ha sido un pueblo de grandes talentos, un lugar de músicos y artesanos. Reinalda González Castillo nació ahí, hace casi 80 años, y desde niña aprendió el oficio de artesana junto a su madre.

El soyate fue el primer material que trabajó; lo traían de "El Pandito", en el Cerro de García. A sus ocho años, Reinalda tenía el trabajo de quitarle las espinas a la pequeña palma, la ponían al sol para que secara y después hacían manojos; también hacía sotole, otra especie de palma con la que principalmente elaboraban sombreros.

Después, empezaron a traer palma de Michoacán; su tarea era cortarla por el centro con una aguja. Sus abuelos fueron los primeros en trabajarla, y su mamá comenzaba a utilizar la anilina para teñir, técnica que Reinalda también aprendió.Hacían cestos, canastas pizcadoras, bolsas y costureros que entregaban a unas mujeres de San Luis Soyatlán, además realizaban una trenza, que era un listón con tiras de palma entretejidas. Recuerda que les pagaban 25 pesos por 25 brazadas de trenza.

La mamá de Reinalda comenzó a utilizar con fines artesanales las hojas del maíz, cuyo cultivo era la principal actividad de los campesinos. Hacía adornos para el templo durante las celebraciones religiosas más importantes, era una hoja sin ningún tratamiento y sin teñir. Actualmente, las artesanas trabajan con una hoja procesada con azufre que la vuelve más blanca y moldeable.

Hace unos 25 años, llegó al pueblo la señora Elenita, quien dio un gran impulso al uso de la hoja de maíz para artesanía y comercio. Muchas personas se especializaron en hacer flores y muñecas de hoja de maíz, aunque Reinalda no asistió a clases, también se volvió una experta. Recuerda que les compró una flor, la desbarató, la admiró y empezó a cortar los moldes; veía minuciosamente las flores naturales, las deshojaba y hacía los moldes.

Entre la necesidad y su gusto por la artesanía, no tenía tiempo para las letras. Un sobrino asistía a la escuela y ella lo veía hacer sus tareas, ella se acercaba, le preguntaba y aprendía con él, quien le daba los libros que ya no necesitaba y así aprendió a leer por sí misma.

Cuando su esposo enfermó, tuvo que dejar la artesanía y trasladarse a la Ciudad de México junto con sus hijos. Ahí se enfrentó a la hostilidad de la ciudad.Pronto se terminó el dinero que tenían y encontrar trabajo fue difícil. Finalmente se acercó a una trabajadora social, quien le consiguió un lugar en el área de limpieza de un hospital, donde permaneció durante una década, hasta que fue recomendada para ser recepcionista y consiguió una constancia de quinto grado en la Secretaría de Educación.

Después de 20 años en la Ciudad de México, regresó a su pueblo a hacer lo que le apasionaba. Comenzó a hacer muñecas de hoja de maíz y se iba a los tianguis de Chapala, Tonalá, Sahuayo, Jiquilpan y Mazamitla a ofrecer sus artesanías; también ha ido a Mérida y Estados Unidos. Algunas de sus piezas se vendían en Galerías de Guadalajara.

Existen tantos tipos de muñecas como le dicta su imaginación: damas antiguas con sus moños y trenzas, muñecas regionales de cada estado, jimadores con sus agaves, trajineras y también nacimientos. En un día elabora hasta 20 muñecas.

Recuerda que cuando perdió a su esposo la gente le decía "Yo estuviera llorando", y ella pensaba "Qué tiempo de llorar". Se levantaba, se bañaba, arreglaba la casa, no había tiempo para lamentos, era momento de trabajar.Para Reinalda, el trabajo además de ser una necesidad representa una gran ilusión porque la vuelve independiente; las muñecas son sus piezas favoritas.

A sus casi 80 años, Reina está orgullosa de lo que es y de haber sido formada desde pequeña en un hogar de artesanos, en el que el trabajo fue un valor fundamental para el desarrollo de su creatividad, una mujer que sin haber ido a la escuela supo abrirse paso y con gran tenacidad llegó a ser recepcionista en una gran ciudad, y es dueña de una enorme sensibilidad para transformar un trozo de hoja de maíz en una delicada y colorida muñeca.

Con información de María del Refugio Reynozo Medina

SRN

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