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Viernes , 22.03.2019 / 11:49 Hoy

“Aquí el primero que llegue va a ir acostado”

Don Alejo miró las llamaradas, escuchó el sonido de las ambulancias, de helicópteros y regresó a su casa a seguir viendo el documental sobre los animales de la selva
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A las siete de la noche del viernes 18 de enero, don Alejo de 65 años estaba acostado en su casa viendo un documental de Discovery Channel cuando Juana fue a decirle que había una explosión. 

Se levantó de su cama, salió de su cuarto y siguió a su hermana. Ambos salieron a la puerta de su casa. Sus vecinos, de la colonia El Depósito, en Tlahuelilpan, ya estaban en la calle. 

Todos miraban el incendio a lo lejos. Una enorme lengua de fuego se levantaba en lo alto en medio de la noche. Don Alejo miró las llamaradas, escuchó el sonido de las ambulancias, de helicópteros y regresó a su casa a seguir viendo el documental sobre los animales de la selva. 

Minutos más tarde se enteró de lo que sucedía por la televisión: el incendio de una toma clandestina en la comunidad de San Primitivo dejaba preliminarmente más de 20 muertos. 


Dos años como panteonero

Don Alejo es el encargado del panteón municipal de Tlahuelilpan. En marzo cumplirá dos años como panteonero. 

A un mes del incendio de la toma clandestina que ha dejado hasta el momento a 130 personas sin vida originarias de siete municipios, Don Alejo camina en la parte alta del panteón sobre un camino de tierra seca.  

El panteonero lleva las manos cubiertas con guantes que han dejado de ser amarillos, un sombrero lo cubre del sol ardiente, viste playera y pantalón azul y carga un bieldo de cinco picos. 

A la sombra de un pino, Don Alejo dice que hasta el momento se han enterrado 28 hombres y una mujer en el cementerio tras la incendio. Lleva el registro de los entierros en un cuaderno de rayas que guarda en una mochila. 

Se enterraron primero cuatro hombres el mismo día, el domingo 20 de enero. Al siguiente día fueron cinco, al otro día fueron otros cinco, después fueron de a tres, de a dos, así hasta que fueron disminuyendo. Los últimos fueron dos de la semana pasada”, cuenta. 

Misael, Lorenzo, David y César, fueron los primeros en ser sepultados en el panteón municipal. En sus tumbas hay coronas y flores marchitas. 

A Luis sus amigos y compañeros de secundaria le dejaron una corona. A Rafael le escribieron un último mensaje en su corona: “siempre te recordaremos tus amigos de la esquina”. 

En la corona de Leonardo se sinceraron con él: “te extrañaremos en la baraja”. Los amigos de César Alejandro saben que algún día se reencontrarán: “nos volveremos a ver, hasta pronto carnal. La banda Sk8”. 

Las tumbas están salpicadas de árboles

La puerta del panteón municipal de Tlahuelilpan es negra, de dos hojas, custodiada por un par árboles en la entrada. Las cruces de Emanuel y Raimundo Guerrero, de mármol y fierro, dan la bienvenida a la izquierda, a la derecha están los baños. 

El acceso principal es un camino de terracería rodeado en sus costados por pinos y árboles que atajan el sol. La tierra está suelta y sedienta de agua. 

Al terminar el acceso principal se levanta una pileta en semicírculo con agua verdosa en su interior y una llave. Junto a la pileta hay un techo sostenido sobre cuatro muros, todo pintado de blanco y una cruz de cemento a lado. Es el descanso. Al llegar un féretro se coloca en el descanso y se hace una oración antes de que se lleve a su última morada. 

Las tumbas están salpicadas de árboles. Las aves cantan entre sus ramas. Hay un casco amarillo abandonado en el techo de una tumba. Hay unos cuantos mausoleos en la parte alta y tumbas cubiertas con tierra gris y flores sin vida en la parte baja. 

A don Alejo el sol le ha quemado la piel, sus ojos son pequeños, las canas no han alcanzado a cubrir su pelo por completo, se le asoma un bigote desparpajado y su voz es gruesa. 

Su labor en el panteón es hacer la limpieza, darle mantenimiento a las cuatro piletas, asear los baños y brindar atención a las personas cuando requieren enterrar a un familiar. 

No sabe cuándo se creó el panteón ni cuántas tumbas tiene pero de lo que está seguro es que la más antigua es de 1913 y que un hombre llamado Guillermo Oviedo donó el terreno para el cementerio. 

Este hombre descansa los días martes, el resto de la semana trabaja de ocho de la mañana a cuatro de la tarde y cuando no está en el panteón lo extraña y se da sus vueltas antes de caer la noche para ver que todo esté bien. 


Pienso mal de los huachicoleros

La noche del incendio en la toma clandestina de San Primitivo don Alejo no fue al lugar. Se quedó en su casa. El panteonero es un hombre quitado de la pena que dice lo que siente. 

-¿Por qué no fue a ver? 

-No me nace ir a ver esas cosas. No he ido ni a asomarme cómo está el lugar, no me llama la atención. 

-¿Por qué? 

-Yo soy enemigo del morbo, no me gusta. Pienso mal de los huachicoleros. 

-¿Qué piensa de ellos? 

-Que no es correcto, están robando el combustible, muchos se hicieron de dinero, sin trabajar, sin invertir, se hicieron de bienes muchos aquí en mi pueblo, chamacos de 17, 20 años, traían sus pacas de dinero. 

-Entonces aquí en Tlahuelilpan ¿sí hay huachicoleros? 

-Ah sí, muchos y sigue habiendo y siguen sacando el combustible a estas alturas. 

¿A pesar de lo que sucedió? 

-A pesar de lo que sucedió siguen. 

¿Y en dónde? 

-Allá mismo rumbo a Munitepec, en la misma línea donde fue el incendio. 

-¿Y es gente de Tlahuelilpan? 

-Sí, es lo más triste que sigue sucediendo eso. No se ha aprendido la lección. 

-¿Qué opina de lo que pasó? 

-Que esto ya se esperaba. 

-¿Por qué? 

-Porque una ocasión nos estaban evacuando a las 12 de la noche, hubo una fuga acá arriba, muchos vecinos se fueron para otros pueblos, entonces esto ya se esperaba y sucedió. 


No hay lugar para una fosa más

Don Alejo comienza a caminar entre las tumbas hacia la parte baja del panteón. Muestra dónde están enterradas las primeras personas que fallecieron en el incendio y en qué lugar están las últimas. 

Cuenta que las 29 personas fallecidas están enterradas en las tumbas de sus familiares porque el panteón ya está lleno, que no hay lugar para una fosa más y que hay tumbas con dos y hasta tres familiares en el mismo lugar. 

Dice que el panteón ya estaba saturado mucho antes del incendio de la toma clandestina. 

-La ampliación ya está disponible, son cerca de dos hectáreas. Ya está disponible pero nadie la quiere ocupar-, dice. 

-¿Por qué? 

-Aquí la tradición se habla de que tiene que ir parado el primer entierro en el centro del terreno. La gente tiene esa superstición de que se les va a obligar a que su familiar se entierre parado, pero eso es mentira, aquí el primero que llegue va a ir acostado. 

-Y ellos ¿de dónde tienen esa creencia? 

-Quien sabe. Ni lo han visto ni han sido testigos de nada, traen esa leyenda de hace años de que el primero va parado, aquí van a ir como van, acostados y con la cabeza hacia donde se sume el sol. 

Las personas también creen que el primero que sea enterrado en la ampliación del cementerio se llevará consigo a toda la familia. Rechazan utilizar el terreno. 

La ampliación está a un costado del panteón, justo en la entrada. Es un espacio en donde la tierra ya ha sido aplanada y hay dos cuadros pintados con cal en donde deben comenzar los primeros entierros. 

-Aquí ya está hasta bendecido-, suelta el panteonero. 

-¿Por quién? 

-El obispo de Tula lo vino a bendecir, pero no quiere la gente. 

Antes de que don Alejo regrese al panteón y camine sobre el acceso principal hasta perderse en el fondo dice que el sábado habrá un entierro, el de un hombre que falleció de muerte natural y que será sepultado en el cementerio en una tumba de hace 50 años. 

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