M+.- En sus memorias, El Fiscal de Hierro, editorial Planeta, Javier Coello Trejo cuenta que, a principios de octubre de 1990, cuando vivía su mejor momento como subprocurador dedicado a la lucha del narcotráfico, le avisaron que lo había ido a visitar el traficante Humberto García Ábrego. “Lo recibí en mi oficina. Me dijo que su hermano ya no aguantaba la presión y quería entregarse”.
Su hermano, Juan García Ábrego, en ese momento era el jefe del grupo criminal hegemónico del Golfo. Las condiciones para una entrega pactada consistían en que no fuera extraditado a Estados Unidos y que el gobierno le permitiera conservar algunas propiedades para la familia.
“Desde tiempo atrás yo había insistido con los gringos para que nos entregaran a García Ábrego, pues estaba instalado en la Isla del Padre. Pero se negaron bajo el argumento de que colaboraba con ellos como testigo. Algo sucedió que al capo ya no le convino su entendimiento con las autoridades norteamericanas y por eso se acercó a nosotros”.
Según una revisión hecha por MILENIO, Coello cuenta que lo habló con el entonces presidente Carlos Salinas de Gortari y éste respaldó la negociación. Tras varios encuentros, llegaron a un acuerdo: García Ábrego propuso entregarse el 3 de noviembre de ese 1990, pues cada Día de Muertos acudía al cementerio a llevarle flores a un hermano fallecido.
La mañana del lunes 15 de octubre, mientras Coello desayunaba con el periodista Francisco Cárdenas Cruz, le llamó el procurador Enrique Álvarez del Castillo. “Coello, nos espera el presidente en Los Pinos”, le dijo. Coello y el procurador suponían que Salinas los quería ver para que le contaran sobre “un operativo en Ciudad Juárez” que había sido el día anterior y para “afinar la entrega” de García Ábrego.
“Llegamos a Los Pinos y nos recibió el presidente de muy buen humor. Luego de saludar al procurador, se dirigió a mí: ‘Muchas felicidades por el decomiso, amigo Coello, lo felicito, pero le voy a pedir un favor: quiero que me acompañe usted en mi gabinete ampliado y a partir de este momento se haga cargo de la Procuraduría Federal del Consumidor. Necesito a alguien como usted en ese cargo’, me propuso. Sentí como si me hubieran noqueado. Ni el procurador ni yo entendimos la decisión del presidente”.
La entrega de García Abrego no se concretó. “Todavía sostengo que el presidente Salinas no tenía nada que ver con el jefe del cártel del Golfo, pero quizá gente muy cercana a él sí”.
El camino al servicio público
Coello Trejo nació en la Ciudad de México en 1948, pero a los 14 años se mudó con su familia a San Cristóbal de las Casas, Chiapas. Era hijo de Roberto Coello Lesiour, periodista, y de María del Carmen Trojo Quevedo. En 1965 entró a la carrera de derecho. A la par conoció al gobernador José Castillo Tielemans y éste, “de buenas a primeras”, lo nombró “asesor jurídico del departamento de Asuntos Indígenas”. Cuando acabó la carrera, el gobernador lo hizo agente del MP en Chiapa de Corzo. En septiembre de 1973, ya titulado y casado con Jovita Zuarth Corzo (familiar del abogado panista Roberto Gil Zuarth), consiguió una plaza en la PGR como MP federal y se mudó a Ciudad de México.
En sus primeros años colaboró con la Brigada Blanca, encargada de exterminar al Partido de los Pobres, la Liga 23 de Septiembre y demás grupos guerrilleros en México.
“Mi labor era integrar averiguaciones previas que la Brigada Blanca se encargaba de complementar. En Chiapas detuve a un muchacho de la zona de Pichucalco que comandaba a los lacandones de Chiapas. La Brigada era comandada por el general Quiroz Hermosillo y el general (Arturo) Acosta Chaparro, a quienes conocí bien”. En 1976, Óscar Flores Sánchez fue nombrado procurador general. Meses después, Coello se volvió su mano derecha. “En ese periodo el propio presidente López Portillo me llamó El Fiscal de Hierro”.
Desde esa posición “organizó equipos intachables” y trató con “los mejores policías” del momento: “Miguel Nazar Haro, Jorge Obregón Lima, mi compadre Florentino Ventura Gutiérrez, mi amigo (y compadre) Arturo Durazo Moreno (…) y (Guillermo) González Calderoni. Pura gente de muchos huevos y comprometida con el servicio a la sociedad. Habrá algunos que digan que fueron corruptos, autoritarios, feroces y no lo puedo negar. Pero con todo respeto (…), ¿cómo se combate al crimen y a la delincuencia? huevosevos, decisión”.
Coello Trejo trabó más amistad con Nazar Haro (“amigo, hermano y maestro”) y con Florentino (“incluso puedo decir que llegamos a ser como hermanos”). Con este último, por decisión del procurador, Coello comenzó a investigar a comandantes, policías y ministerios públicos. Miguel de la Madrid, el presidente electo, le prometió nombrarlo subprocurador. Pero no, no lo nombró. “Nunca me explicó razones. Así es la política”.
Coello Trejo regresó a Chiapas en 1982. Abasalón Castellanos, el gobernador, lo nombró su secretario de Gobierno. En el trato con secretarios del gobierno federal, el abogado cuenta que conoció a los llamados tecnócratas: Carlos Salinas, Manuel Camacho Solís, Patricio Chirinos, Manuel Aguilera. Según Coello Trejo, por intrigas políticas, el gobernador Absalón Castellanos lo destituyó del cargo dos años después. No se alteró: aprovechó sus relaciones políticas para constituir, en octubre de 1984, Coello Trejo y Asociados, su despacho de abogados.
Ascenso como subprocurador general
Cuenta Coello Trejo que conoció a Carlos Salinas en 1975, cuando el primero era MP y el segundo era director de área en la Secretaría de Programación y Presupuesto.
“No éramos amigos, atendí un par de asuntos con él durante el sexenio de López Portillo y lo volví a ver hasta la administración de Miguel de la Madrid, cuando yo era secretario general de gobierno en Chiapas y Salinas había dado un paso más hacia la presidencia: era secretario de Programación y Presupuesto”.
Pasada la contienda interna del Partido Revolucionario Institucional (PRI) para elegir a su candidato presidencial, pasada la campaña y el fraude electoral, Salinas telefoneó a Coello Trejo.
“Era 18 o 19 de noviembre y me encontraba descansando en mi casa de Cuernavaca. Recuerdo que estaba curándome la cruda. Sonó el teléfono, mi hija contestó. ‘Oye, papi, te habla el señor Carlos Salinas de Gortari’, me dijo”. Salinas le comentó que le urgía verlo. Tomó carretera y a la una de la tarde se encontraron. “Me ofreció un café, pero le dije que una cerveza me caería mejor, porque estaba algo crudo. Sonrió”. Una vez que se sentaron, Salinas le dijo que quería nombrarlo subprocurador general. “Ni siquiera lo pensé: ahí mismo respondí que sí. Yo nací en la procuraduría”.
“El momento más cabrón de mi vida”
La primer encomienda de Salinas para Coello Trejo no tuvo que ver con el narco, sino con una venganza política: detener al líder del sindicato petrolero Joaquín Hernández Galicia, La Quina, por haber apoyado a Cuauhtémoc Cárdenas, el candidato opositor, en las elecciones de 1988. En la versión oficial, sin embargo, fue por cargos relacionados al tráfico de armas. Durante el operativo murió uno de los agentes de Coello Trejo.
“En el momento en que me subí (con La Quina) al avión del profesor Hank para volver a la Ciudad de México, en ese instante, me entró la peor angustia que he sentido en mi vida: (...) ¿qué hubiera pasado si fallaba?, ¿qué hubiera ocurrido si en el operativo se muere La Quina o alguien más?, ¿qué le iba a decir al presidente? Y llegué a una conclusión muy cabrona: si hubiera fallado el operativo, me habría suicidado. Ese fue el momento más cabrón de mi vida”.
El operativo y caída de ‘El Jefe de Jefes’
La leyenda cuenta que Salinas pidió la cabeza de Miguel Ángel Félix Gallardo, alias El Jefe de Jefes, para ganar legitimidad en su presidencia, ante el fraude electoral. En sus memorias, Coello Trejo lo rechaza y cuenta que Salinas lo hizo “para cambiar la idea que tenían” tanto Ronald Reagan, el presidente gringo saliente, como George Bush, el entrante, de que México “era absolutamente corrupto, impune e ineficaz para hacer frente al narcotráfico”.
Lo hizo “para demostrar que estaba comprometido con Estados Unidos en ‘la guerra contra las drogas’”; pero fundamentalmente lo hizo “para consolidar el modelo neoliberal con un tratado comercial entre Estados Unidos y Canadá”.
Cualquiera que haya sido el motivo, Coello Trejo armó un pequeño equipo e intervino los teléfonos en las cárceles, pues socios de Félix Gallardo que estaban presos se comunicaban con él.
“Escuché personalmente 50 rollos de llamadas. Nos llevó algún tiempo identificar la voz de Gallardo. Sabíamos en qué colonia de Guadalajara se encontraba, pero no el lugar exacto porque utilizaba telefonía inalámbrica”.
Según Coello Trejo, la Administración de Control de Drogas (DEA, por sus siglas en inglés) “intentó boicotear la investigación”. Para lograrlo, el embajador estadunidense en México le pidió a Salinas que ordenara un operativo en el Hotel Camino Real de Guadalajara, donde en unas horas, sábado por la mañana, habría una suerte de ‘narcocumbre’ donde asistiría a quien también apodan El Padrino.
Aunque Coello Trejo le dijo a Salinas que en las escuchas no se había mencionado tal reunión, “menos ahora que Félix Gallardo ya no sabía dónde esconderse”, el subprocurador obedeció y asaltó el hotel con el grupo especial de elite Tiburón.
“Con el operativo asustamos a todos los huéspedes, pero la información era falsa. Cuando le informé al presidente Salinas del fallido operativo, se molestó mucho”. Coello Trejo aprovechó para advertirle que “los americanos pretendían abortar la investigación”.
Días después del operativo, el subprocurador se topó con Edward Heath, el agente de la DEA que había dado la información de la supuesta ‘narcojunta’.
“‘Eres un pinche mentiroso, cabrón, nada más nos pusiste en ridículo’, le grité. No me dijo nada”. Una mañana de marzo de 1989, cuenta Coello Trejo, escucharon que Félix Gallardo había agarrado la peda la noche anterior. Sin ningún cuidado, le habló a su secretaria para pedirle que le mandara unos mariscos del restaurante que ella ya sabía. Los agentes del subprocurador siguieron a los repartidores y así ubicaron el domicilio donde se escondía Félix Gallardo.
“Con la ubicación de nuestro objetivo envié a Guadalajara a González Calderoni para que se pusiera al frente del operativo”. El corrupto González Calderoni tuvo dos instrucciones: “no meterse con la familia de Félix Gallardo y arrestarlo con vida”.
Coello Trejo sugirió que “le metieran un trapo en la boca, pues en las grabaciones había sido muy enfático (el traficante) en que a él nunca” se le aprehendería con vida. “Temía que se fuera meter algo para suicidarse”.
Apenas estaba amaneciendo el 8 de abril cuando González Calderoni telefoneó a Coello Trejo: tenía a la vista a Félix Gallardo y solicitó permiso para iniciar el operativo. “Félix Gallardo, el capo de capos, ni las manos metió. González Calderoni y mis hombres actuaron con rapidez y eficacia y lo detuvieron de inmediato, le introdujeron un trapo en la boca y no corrió la sangre”.
De inmediato Coello Trejo le ordenó al teniente coronel Rodolfo Debernardi, su colaborador, que mandara dos aviones de la PGR a Guadalajara. Hasta que González Calderoni trepó a Félix Gallardo al avión, Coello Trejo le avisó al procurador Álvarez del Castillo. Luego le informó a Salinas.
“Le dio muchísimo gusto escuchar la noticia. Me felicitó y rió a carcajadas cuando le conté de la cena que había organizado la noche anterior para mantener a los altos funcionarios ocupados”.
Coello Trejo añade en sus memorias: “Se han escrito muchas versiones acerca de la captura, incluso las series de televisión sobre el narcotráfico que se pusieron de moda muestran su detención de una manera completamente distinta a como fue en realidad. Han señalado que Calderoni tenía una estrecha relación, casi un compadrazgo, con Félix Gallardo, lo cual es una absoluta mentira”.
Presión y relación con Estados Unidos
En sus memorias, Coello Trejo cuenta que el Departamento de Estado gringo usó el asesinato de Enrique Camarena para presionar a Salinas. “Querían tener 100 agentes de la DEA en nuestro país. Llegamos a permitir poco más de 20”.
Coello Trejo narra que viajó varias veces a Washington para planear una estrategia con las autoridades estadunidenses. En una ocasión se entrevistó con el general Colin Powell, entonces jefe del Estado Mayor Conjunto de las Fuerzas Armadas.
“Cenamos con un intérprete porque él no hablaba español y yo no hablaba inglés”. Powell le preguntó su opinión sobre la lucha contra las drogas. “Aproveché para hacerle ver que no podíamos tener éxito si ellos le seguían vendiendo armas a los narcotraficantes. Me respondió con la famosa frase de los gringos: ‘business are business’, y ni modo de mentarle la madre”.
Coello Trejo sostiene que cuando los intereses económicos de Estados Unidos “se veían amenazados”, le bajaban a la ayuda antidrogas.
“Llegamos a tener tal control sobre los cargamentos que hubo veces que me hablaron para decirme que le bajara porque se estaba encareciendo la droga en Estados Unidos. Esa era la medida de los resultados de nuestra campaña: el precio de la droga y fue muy exitosa. Quien diga que en México se puede acabar con el narco está mintiendo”.
‘El Señor de los Cielos’ se estaba muriendo: así lo vio Coello tras la detención
En la historia que cuenta el desaparecido José Alfredo Andrade Bojorges, exabogado de Amado Carrillo, dicho traficante fue arrestado el 27 de junio de 1989, en Badiraguato, en plena fiesta de una boda. El general Gutiérrez Rebollo, quien lo detuvo, también se encargó de interrogarlo y torturarlo.
Días después —no se precisa la fecha—, Coello Trejo recibió una llamada del general Antonio Riviello Bazán, secretario de la Defensa. Le preguntó si sabía quién era Amado Carrillo. “Sí, es uno de los lugartenientes de Rafael Aguilar Guajardo”. “Pues le tengo buenas noticias: lo capturamos en un retén militar. Mis hombres decidieron detenerlo porque lo vieron sospechoso e intentó sobornarlos. Además, un general (Jorge Maldonado Vega) quiso intervenir por él, por lo tanto, véngase, está en el Campo Militar número 1”.
En su relato, Coello Trejo “se puso lívido” apenas vio a Amado, conocido como El Señor de los Cielos. “El hombre se estaba muriendo, estaba a punto del infarto; respiraba con dificultad, transpiraba copiosamente y apenas podía hablar. ‘Puta madre’, pensé. ‘Si se nos muere se va a armar un pedote’”.
Coello Trejo se comunicó el procurador Álvarez del Castillo para contarle lo sucedido.
“Me lo llevé a los separos de la procuraduría. En una celda armamos una unidad de terapia intensiva y lo tuvimos durante 40 días prácticamente en cuidados intensivos y bien atendido por un gran amigo y famoso cardiólogo, Guillermo Hamdan, que con toda discreción lo atendió. Así fue como le salvamos la vida”. Coello Trejo respiró.
“Si hubiera muerto en los separos (…) nos íbamos a meter en un problema muy cabrón, pues no tardarían en surgir las versiones de que lo habíamos torturado hasta matarlo y tantas otras pendejadas que de pronto publicaba la prensa”.
En la versión del exsubprocurador, Amado pidió hablar con él apenas se recuperó: quería agradecerle haberle salvado la vida. “Mientras yo o alguno de los Carrillo vivan, a usted no le pasará nada”, le dijo Amado a Coello Trejo.
El arresto de Amado se anunció el 24 de agosto de ese 1989. La PGR dijo que había sido detenido en Guadalajara. Un juez le dictó el auto de formal prisión.
“Pero solo estuvo un año (…) El magistrado lo liberó el Miércoles Santo con un argumento infantil: que no calificaba el acopio de armas como delito grave, pues Amado Carrillo las había reunido con el paso del tiempo”. Según Coello Trejo fue a reclamarle al magistrado y empezó a vigilarlo. “El magistrado no aguantó la presión, sabía que la había cagado y semanas después murió de un infarto. Descubrimos que había recibido cinco millones de dólares”.
En el relato de Andrade Bojorges, sin embargo, a quien sobornó Amado fue a Coello Trejo. Primero para que le ayudara a que sólo fuera condenado por portación de arma y, luego, para dejarlo libre.
“Coello Trejo abrió una nueva negociación: la libertad del Señor de los Cielos a cambio de otros cuantos millones de dólares. Ni Félix Gallardo ni Juan José Esparragoza podían creer lo que estaba pasando”, escribe Andrade.
De hecho, según el abogado, Coello Trejo le pidió luego ayuda a Amado para que intercediera por sus escoltas, José Luis Pérez Flores e Ismael Aguilar Sánchez, acusados de diversas violaciones y abusos sexuales ocurridas entre marzo y agosto de 1989 en las delegaciones capitalinas Coyoacán y Benito Juárez.
Coello Trejo y sus escoltas acusaron una conspiración desde la procuraduría capitalina, dirigida por Ignacio Morales Lechuga, y responsabilizaron a la banda de secuestradores Los Bayardo. El caso de los escoltas, sostiene Andrade Bojorges, no sólo generó “las condiciones para la liberación de Amado Carrillo”.
También provocó que, ante el desprestigio, Coello Trejo “empezara a conspirar”. Así que acordó con el perredista Samuel del Villar la liberación de Salomón Mendoza Barajas, entonces alcalde de Aguililla, acusado de narcotráfico, y de las bases perredistas que habían tomado las alcaldías en Michoacán por conflictos postelectorales. “Hasta le pasaba información a Del Villar sobre (José) Córdoba Montoya, su enemigo común”, escribió Andrade Bojorges.
Los sobornos de García Ábrego
Coello Trejo le encargó a González Calderoni que investigara y que capturara a García Ábrego. “Le quiero pedir un favor, licenciado”, le dijo el comandante. “No me ponga al frente de esa comisión. García Ábrego es mi amigo. Lo conozco desde que éramos niños y no quiero fallarle a usted. No lo quiero engañar y tampoco que le vayan a llegar rumores y chismes”.
El exsubprocurador reconoció “el valor” de González Calderoni y le advirtió que no se entrometiera porque “le iba a romper la madre. (Coello Trejo omite en su memorias que la creación del mentado cártel del Golfo se le ha adjudicado a González Calderoni).
Los agentes que mandó el subprocurador pronto fueron comprados por la organización tamaulipeca.
“Como ya estaba hasta la madre (…) decidí pedirle ayuda a John Long, director de la DEA, para que (…) nos autorizaran lanzar el operativo sobre Matamoros, desde Estados Unidos”.
Lo autorizaron, pero García Ábrego escapó. Quien no alcanzó a huir fue su contador, quien entregó el libro de contabilidad.
“Ahí estaba todo por escrito, ingresos, egresos, la manera como repartían dinero, los cargamentos, los aviones que utilizaban, el dinero que movían, el que recaudaban, los nombres de autoridades de los tres niveles que estaban comprados: gobernadores, Policía Judicial Federal, Policía del Estado, presidentes municipales”.
Según Coello Trejo, le llamó la atención un rubro que decía “DF” por las cantidades pagadas: “tres, cuatro y hasta cinco millones de dólares a la semana, pero no venía ningún nombre”.
El exsubprocurador visitó a Salinas, quien hojeó el libro. “Al ver lo del Distrito Federal se quedó perplejo”. Coello Trejo le dijo que los traficantes daban esas cantidades a funcionarios de muy alto nivel y en Ciudad de México eran sólo cinco personas a las que podían corromper: “el general Riviello Bazán; Fernando Gutiérrez Barrios, secretario de Gobernación; el procurador Álvarez del Castillo, Salinas, que desde luego estaba descontado” y el propio Coello Trejo.
Según el relato del exsubprocurador, el presidente ordenó investigar a quien fuera. “Llamé al comandante Guillermo Salazar, que tenía relación indirecta con García Ábrego, pero era otro de mis hombres”, escribe el exfuncionario.
“A ver, Salazar, yo sé que usted es amigo de una de las gentes de García Ábrego. (…) No lo estoy culpando de nada, ya sabe usted que si hace tranzas o acepta dinero o se vende al narco, le voy a romper la madre. (…) Necesito que se acerque a él y me averigüe a qué hijo de la chingada le entrega el cártel los millones de dólares que mandan a la Ciudad de México”. Cinco días después, Salazar obtuvo la información: el MP federal Luis García Villalón y el comandante de la PJF Emilio Loza Parra. “Lo más grave es que lo han recibido a nombre de usted”.
Una vez que informó a Salinas, Coello Trejo citó a García Villalón. “Era mi amigo, nos conocíamos desde 1973, fuimos ministerios públicos federales. Se presentó en mi oficina como si nada. ‘Lucho, me traicionaste hijo de tu chingada madre’. ‘No, ¿cómo crees, hermano?’. ‘Me fallaste, hijo de tu puta madre, lo sé todo’”.
Coello Trejo le preguntó por qué había usado su nombre. “Y empezó a tragar camote y se puso a llorar”. En la narración que hace Coello Trejo, García Villalón le confesó que había recibido ocho millones de dólares.
“Si tú me traes el dinero que has recibido (…) hablaré (con el presidente) para ver si podemos hacer algo. Pero estás hundido en la mierda”. García Villalón viajó a Laredo, Texas, y se trajo tres millones de dólares “en un porta trajes”. Apenas aterrizó en México, fue detenido. “Tenía millones de dólares en todos lados: con su hermano, con su mamá, en distintos bancos. Al final recuperamos 40 millones de dólares”.
Coello fue removido de la subprocuraduría por grilla
Decíamos al principio que la propuesta de García Ábrego de entregarse a cambio de varios beneficios se cayó el 7 de octubre de 1990, cuando Coello Trejo fue removido de la Subprocuraduría Antinarcótico por Salinas y éste lo nombró procurador del consumidor.
El exfuncionario creía que su salida fue ocasionada, además del acuerdo con García Ábrego, porque en una ocasión había arrestado un comandante con droga en Acapulco.
“Cuando se enteró Raúl Salinas de Gortari, hermano del presidente, me invitó a desayunar en el restaurante L’Héritage, que estaba en las calles de 5 de mayo. ‘Oye Coello, ese comandante que detuviste se encarga de cuidar a mi papá cuando viaja a Acapulco’, me dijo, como sugiriendo que lo dejara en libertad. ‘Si el presidente me lo ordena, lo dejo libre, solamente si él me lo pide’, le respondí”.
Su salida también la acredita a las grillas de Manuel Camacho Solís (“que me tenía mala entraña porque detuve a uno de sus operadores en Chiapas y porque en el sexenio de Miguel de la Madrid evidencié que el obispo Samuel Ruiz acopiaba armas, asunto en el que estaba involucrado Camacho Solís”); a las grillas de su aliado Jorge Carpizo (“me hizo la guerra desde que asumió el cargo de presidente de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH)”); de Morales Lechuga (“que había exhibido sus torpezas a lo largo del tiempo”) y de Jorge Carrillo Olea. Pura grilla.
Amado Carrillo le devolvió el favor y alertó sobre el secuestro de su hijo
A mediados 1992, cuando Coello Trejo estaba dedicado a su despacho jurídico, recibió una inesperada llamada: “Señor, habla Amado Carrillo Fuentes”. “¿Amado Carrillo? ¿En qué le puedo servir?”. “No señor, soy yo el que le va a servir. Recuerde que le prometí que mientras yo estuviera vivo nadie lo iba a tocar. Y vengo a decirle que mañana al llegar a la escuela van a secuestrar a su hijo Javier. Disponga usted qué quiere que haga. Ordéneme”. “Amado, le agradezco la información, pero no haga nada. Yo me encargo”.
Coello telefoneó a Salinas. “El presidente escuchó atento y me dijo: ‘Vamos a creerle, Coello, espere una llamada en un momento’, y colgó”. Quien le llamó fue el general Riviello Bazán y le avisó que iba para su casa el jefe del Estado Mayor de la Defensa Nacional, general Enrique Salgado Cordero, quien le sugirió a Coello Trejo mandar a su hijo a la escuela, como si nada, para atrapar a los secuestradores.
Así ocurrió. “Según me dijo el general, los agentes confesaron que el propio Morales Lechuga había ordenado el secuestro”. Salinas lo recibió en Los Pinos, hablaron y pidió a una asistente que lo comunicara con Morales Lechuga.
“Cuando lo tuvo al teléfono, en un tono que parecía más una advertencia, le dijo: ‘Morales, sólo se lo voy a decir una vez: con su vida me responde por la del licenciado Coello y la de su familia’”. Tiempo después, Coello Trejo se encontró a Morales Lechuga. “Y me juró y perjuró que no había tenido nada que ver con el frustrado secuestro de mi hijo, que era una mentira. Allá él y su conciencia”.
ROA
