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  • Duelo ambiguo, la condición psicológica que viven las madres buscadoras

El académico Víctor Orozco advierte que las desapariciones ya forman parte de la vida cotidiana en la entidad. | Foto: Fernando Carranza

El tiempo parecía suspendido entre el miedo, la incertidumbre y una depresión que comenzó a consumirlo todo.

M+.- La desaparición de una persona no termina el día en que alguien deja de volver a casa. Ahí comienza otra vida: una marcada por llamadas sin respuesta, noches sin dormir, búsquedas en campo, trámites interminables y una incertidumbre que se instala como una presencia permanente dentro de las familias.

En Jalisco, donde existen poco más de 30 colectivos de búsqueda conformados por familiares de personas desaparecidas, madres, padres, hermanas e hijos han tenido que aprender a sobrevivir emocionalmente mientras buscan a quienes faltan en casa.

Guerreros Buscadores de Jalisco, Luz de Esperanza, Madres Buscadoras de Jalisco, Por Amor a Ellxs y Entre el Cielo y la Tierra son sólo algunos de los colectivos que operan en el Área Metropolitana de Guadalajara (AMG) y que han convertido el dolor en redes de acompañamiento.

Para María de Jesús Solís Aguilar, integrante del colectivo Luz de Esperanza, la vida se partió en dos el 18 de septiembre de 2020, día en que desapareció su hijo Jaime Adrián Ramírez Solís.

“La desaparición de un hijo no solo deja una silla vacía en casa. También fractura el sueño, el cuerpo, la mente y la manera de relacionarse con el mundo”, resume hoy, después de casi seis años de búsqueda.

Sentada entre otras madres buscadoras, Marichuy, como la llaman dentro del colectivo, recuerda que los primeros meses estuvieron dominados por la desesperación, el aislamiento y la incapacidad de entender cómo continuar.

“Mi hija y yo, que somos las mayores, las dos nos la pasamos, como quien dice, nomás tiradas; queríamos estar llorando ahí nuestro dolor sin hacer nada. Yo creo que me aventé como unos dos meses así”, comentó.

Su hijo desapareció en plena pandemia, en Zapopan, cuando incluso pedir ayuda resultaba más difícil. El tiempo parecía suspendido entre el miedo, la incertidumbre y una depresión que comenzó a consumirlo todo, hasta que:

“Ya empecé a buscar ayuda, porque yo sí sentía que tenía que platicarlo con alguien que supiera más o que me escuchara”, cuenta.

También habla de sus nietos pequeños, quienes terminaron convirtiéndose en uno de sus motivos para levantarse de la cama.

Pérdida entre la incertidumbre

La experiencia que describe Marichuy tiene un nombre dentro de la psicología: duelo ambiguo.

Para Víctor Oswaldo Orozco Estrada, académico del Departamento de Psicología Básica del Centro Universitario de Ciencias de la Salud de la Universidad de Guadalajara, las desapariciones generan procesos emocionales distintos a cualquier otra pérdida.

“Ante toda desaparición se genera un proceso de duelo que, a diferencia de otros procesos, es denominado duelo ambiguo, toda vez que se vive con la esperanza de encontrar con vida a ese familiar y no hay una certeza”, señaló.

A diferencia de una muerte confirmada, explica, las familias quedan atrapadas en un estado permanente de espera. No hay cuerpo, no hay despedida y tampoco una verdad definitiva.

La incertidumbre se convierte en el eje que atraviesa cada aspecto de la vida cotidiana. 

“La angustia y la ansiedad pueden presentarse desde el momento en que se reconoce o se puede identificar la desaparición”, señala el académico.

Con el paso del tiempo, las consecuencias no sólo son emocionales. También aparecen afectaciones físicas, problemas de sueño, alteraciones alimenticias, estrés postraumático, aislamiento y deterioro en la salud general de quienes buscan.

Dolor compartido

En las reuniones de terapia grupal a las que asiste Marichuy desde noviembre de 2020, el dolor se comparte entre decenas de madres. Aunque comenzó tomando terapia individual, pronto entendió que necesitaba algo más que un espacio para hablar.

“En la individual solo te escuchan. No hay tampoco ese cuello de soporte. Y en un grupal, al escuchar los comentarios de las demás compañeras, nos levantamos unas a otras”, destacó.

Las sesiones forman parte del programa “Acompañar mi ausencia”, canalizado a través del DIF de Zapopan. Su grupo comenzó con alrededor de 30 mujeres, pero el incremento de desapariciones provocó que hoy existan cuatro grupos distintos de atención psicológica.

“Ya hay como cuatro grupos de terapia, o sea, cada ocho días hay grupo de terapia”, comentó.

Cada encuentro se ha convertido en una especie de refugio emocional donde las madres pueden hablar sin miedo a ser juzgadas. Ahí comparten información y acompañan a quienes apenas comienzan a buscar.

“Somos enlaces, tejemos redes porque nos vamos apoyando unas a otras”, señaló.

En esos grupos también descubren algo que muchas no encuentran en sus propios hogares: comprensión.

“La familia te va a decir: ‘Ya no llores, ya se murió, ya se desapareció, ya no va a volver’. O sea, te dan palabras muy fuertes”, detalló.

Para el académico de la UdeG, esta falta de comprensión social forma parte de la complejidad del fenómeno. Las desapariciones alteran la dinámica familiar, generan rupturas, pérdida de empleos y un desgaste constante derivado de la incertidumbre.

“Prefiero saber el paradero, sean cuales sean las condiciones, sea cual sea el estado del familiar o de la persona, pero saber algo”, refiere el especialista sobre una de las frases más recurrentes entre familiares buscadores.

El desgaste psicológico, explica, suele agravarse porque el proceso nunca es lineal. Hay avances y retrocesos emocionales permanentes.

“Hay personas que, por ejemplo, tienen la certeza, o más bien la creencia, de que su familiar de alguna forma ya se encuentra finado, sobre todo por el tiempo que ha pasado tras la desaparición”, señala.

Sin embargo, basta una llamada, un rumor o un posible indicio para reactivar la esperanza y volver a abrir el dolor.

“Es un duelo que podría llamar sin pies ni cabeza para quienes, lamentablemente, viven esta situación”, comentó.

Las sesiones forman parte del programa “Acompañar mi ausencia”. | Foto: Fernando Carranza
Las sesiones forman parte del programa “Acompañar mi ausencia”. | Foto: Fernando Carranza

Marcas en la búsqueda

Las madres buscadoras no sólo enfrentan la ausencia. También cargan con imágenes y experiencias profundamente traumáticas derivadas de las búsquedas en campo.

En Jalisco, muchos colectivos participan en jornadas donde localizan fosas clandestinas o restos humanos. Para quienes nunca habían estado frente a una escena así, el impacto emocional puede ser devastador.

“Cuando ya encontramos cuerpos, hay mucha gente que entra en crisis. Al ver un cuerpo, cuando nunca habían visto algo así, entran en crisis y debe haber contención”, relata Marichuy.

En algunos casos, tras los hallazgos, reciben acompañamiento psicológico especializado para evitar crisis severas o cuadros de estrés postraumático.

El especialista considera que este acompañamiento debería comenzar desde el primer momento en que una familia denuncia la desaparición.

“El acompañamiento debería darse desde el momento de la desaparición, independientemente de las condiciones e independientemente de las características de la desaparición”, comentó.

Además del apoyo emocional, insiste, las familias necesitan respaldo jurídico, económico y comunitario para sostener procesos que pueden extenderse durante años.

“El poder tener un respaldo desde el punto de vista psicológico puede favorecer la toma de decisiones; nuevamente, tal vez disminuir la gravedad de las respuestas que se tienen ante la desaparición y también mejorar un poco la calidad de vida de las personas”, añade Orozco Estrada.

Las madres buscadoras no sólo enfrentan la ausencia. | Foto: Fernando Carranza
Las madres buscadoras no sólo enfrentan la ausencia. | Foto: Cortesía

Compañía sin juicio

Mientras el fenómeno crece en Jalisco, también lo hacen los espacios de acompañamiento entre familias buscadoras. Muchas madres que antes llegaron destruidas emocionalmente hoy son quienes sostienen a otras.

Ese ha sido el caso de Marichuy. Recuerda que al principio incluso sentía vergüenza de hablar sobre la desaparición de su hijo. Las propias autoridades, dice, alimentaban la culpa.

“Las autoridades te recriminan más, que no hiciste bien tu trabajo como mamá, que no lo cuidaste”, comentó.

Con el paso de los años, la terapia y el acompañamiento colectivo transformaron la manera en que enfrenta el dolor.

“Me siento muy fortalecida, me siento que puedo hacer acompañamiento con las demás, que soy una amiga en la que pueden confiar”, señaló.

Hoy, mientras continúa buscando a Jaime Adrián, dedica parte de su tiempo a orientar a otras familias que llegan perdidas a fiscalías, comisiones de búsqueda o colectivos.

“Lo que a mí me fortalece y me ayuda es ayudar a las demás, a las que van empezando en este proceso tan doloroso”, comentó.

El académico Víctor Orozco advierte que las desapariciones ya forman parte de la vida cotidiana en la entidad y que incluso la práctica clínica ha comenzado a modificarse debido al número de casos.

“Las desapariciones son parte del día a día y para muchas personas ya hay casos que se experimentan con diferentes familiares. Entonces, es algo que también afecta la visión de seguridad de la comunidad y de la sociedad en general”, señaló.

Frente a ello, insiste en que cada proceso debe ser validado y acompañado sin juicios.

“Ante la desaparición sí es importante validar todas aquellas respuestas que tiene una persona; puede haber avances y retrocesos, y cada persona vive su propio proceso”, expuso.
Las desapariciones ya forman parte de la vida cotidiana en la entidad. | Foto: Fernando Carranza
Las desapariciones ya forman parte de la vida cotidiana en la entidad. | Foto: Fernando Carranza

Mientras tanto, en una sala compartida con otras madres buscadoras, Marichuy sigue encontrando una forma de resistir. Entre lágrimas, historias de desaparición y abrazos colectivos, ha descubierto que el dolor no desaparece, pero puede sostenerse entre muchas.

Antes de regresar nuevamente a una jornada de búsqueda, deja un mensaje dirigido a otras familias que atraviesan el mismo infierno:

“Que si nos están escuchando madres, padres o familiares de desaparecidos, que se atiendan, que la terapia psicológica sí es necesaria”, destacó.

KL

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