El día en que el miedo se nos metió por los ojos –pantallas de celular vibrantes, computadoras palpitantes–, un ejército espontáneo de verificadores de datos se posicionó en las redes sociales para combatir la desinformación masiva.
Las fake news y los videos alterados sobre la caída de Nemesio Oseguera Cervantes, El Mencho, recorrían las avenidas de la aldea digital a velocidad relámpago y, sin embargo, los bomberos ciudadanos fueron apagando los incendios en X (antes Twitter), TikTok, YouTube, Facebook e Instagram.
Hasta en los chats de las tías panistas se reconocía “el valor” de las autoridades e instituciones mexicanas. Los malos del cuento fueron los jefes de plaza del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG), algunos líderes estadunidenses y un par de políticos de la oposición.
Pese a que el domingo 22 de febrero de 2026 será recordado como el día en el que cundió el pánico, los usuarios de redes sociales ratificaron su confianza en la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo y al encargado de la Seguridad Nacional, Omar García Harfuch. El Ejército, la Marina y la Guardia Nacional también salieron bien parados.
Caída de El Mencho genera buenas opiniones
Un reporte de MilenIA –Central e Datos e Inteligencia Artificial de Multimedios– revela la magnitud del estallido digital: 110.5 millones de conversaciones en torno a El Mencho; 89.8 millones sobre el CJNG; 71.2 millones vinculadas a bloqueos, etiquetas como #NoSalgas o referencias a tiendas Oxxo. El miedo y el enojo dominaron el 85 por ciento de las interacciones relacionadas con el capo y su organización.
El pavor no tocó a la puerta, entró por la pantalla. Al filo de las 09:00 horas del #DomingoNegro, el nombre de Nemesio Oseguera Cervantes comenzó a repetirse con la velocidad de un incendio forestal en temporada de sequía. “El Mencho ha muerto”, decía un tuit. “Operativo confirmado”, sostenía otro.
En cuestión de minutos, el líder del CJNG ya era tendencia global. No había comunicado oficial. No había conferencia. Sólo pantallazos, audios reenviados y un rumor que se citaba a sí mismo.
La palabra “bloqueos” activó memorias colectivas. Los hashtags viajaban acompañados de videos de tráileres incendiados –algunos actuales, otros reciclados de años anteriores– y advertencias que sonaban a toque de queda civil.
El pánico encontró combustible en referencias a Genaro García Luna y Felipe Calderón, ambos con 80 puntos negativos en el índice de miedo/enojo digital. Donald Trump y Estados Unidos —partícipes indirectos de la operación— también aparecieron en la conversación, con 75 y 70 por ciento de rechazo, respectivamente.
La geografía emocional se concentró en Jalisco, particularmente en Puerto Vallarta: el denso humo gris sobre la ciudad no emergía ni de Gaza ni de Irán, estaba flotando sobre uno de los destinos turísticos más frecuentados por estadunidenses y canadienses, socios comerciales de México.
El domingo fue, ante todo, un laboratorio de emociones amplificadas. Y en medio del caos, ocurrió algo inesperado: ciudadanos de a pie se sumaron a la campaña contra la epidemia de rumores.
Activismo digital, mentiras y videos
Mientras las fake news se propagaban con precisión algorítmica, surgió un fenómeno alterno: la desinformación comenzó a ser desmontada en tiempo real por un ejército espontáneo de verificadores.
Periodistas, analistas digitales, medios de comunicación y ciudadanos comunes empezaron a exigir pruebas, a rastrear fuentes, a contrastar horarios. La publicación de desmentidos era casi tan intensa como la divulgación de mentiras.
Las cuentas oficiales de la mayoría de los medios serios se plantaban frente a la difusión de rumores: “Información en desarrollo, sin confirmación oficial”. Eran pausas en medio del vértigo.
InfodemiaMex mostró hilos comparando supuestos comunicados con documentos oficiales, señalando errores tipográficos y formatos inconsistentes. El analista español Julián Macías Tovar compartió mapas de interacción que evidenciaban cómo las primeras cuentas en difundir el rumor estaban interconectadas.
Alberto Escorcia, periodista especializado en fenómenos de desinformación, rastreó el origen del mensaje inicial y exhibió la cadena de replicación.
Incluso la embajada de México en Estados Unidos intervino para desmentir calumnias y contribuir a la prudencia. El fact checking dejó de ser oficio exclusivo de redacciones: se convirtió en acto ciudadano.
En tanto, los ciudadanos de a pie aclaraban en redes y en chats privados que la imagen del avión incendiado era falsa, que Sheinbaum no estaba escondida en un búnker, que los soldados estadunidenses no habían matado al capo durante el operativo, que el aeropuerto de Guadalajara no había sido tomado por integrantes del CJNG.
El miedo, sin embargo, convivía con otra emoción. Aunque el 85 por ciento de las conversaciones sobre El Mencho reflejaron temor y enojo, el 65 por ciento de los participantes en el debate digital expresó confianza en la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo y Omar García Harfuch.
Las menciones asociadas a ambos generaron puntos positivos en el índice de confianza/seguridad. El Ejército, la Marina y la Guardia Nacional alcanzaron 60 por ciento de aprobación.
Las cifras de MilenIA muestran la paradoja del día: pánico colectivo y respaldo institucional coexistiendo en la misma línea de tiempo.
En total, Sheinbaum acumuló 68.6 millones de conversaciones; Harfuch, 58.4 millones; el Ejército, 46.5 millones. Incluso términos como “Policía” registraron un balance emocional equilibrado, con 50 puntos tanto en miedo como en confianza.
En contraste, Donald Trump obtuvo apenas 25 por ciento de confianza, y Estados Unidos 30, concentrando las interacciones críticas. “¿Por qué ahora?” “¿Por qué en la antesala del Mundial de Futbol?”. Las preguntas se sucedían en las redes.
El algoritmo hizo su parte: como casi siempre, premió la afirmación rotunda no verificada sobre la duda razonada.
Sin embargo, los usuarios reales lograron contener el incendio. Cada video viral fue sometido a escrutinio. Cada supuesto comunicado fue analizado línea por línea. Las capturas de pantalla dejaron de ser prueba suficiente. Los verificadores de datos ya no sólo viven en las redacciones; cada vez hay más ciudadanos espontáneos que detectan mentiras y las exhiben.
En los chats familiares —esos espacios en los que la política suele resolverse con memes y cadenas de WhatsApp— también se instaló la discusión. “¿Es oficial?”, preguntaban. La verificación se volvió hábito momentáneo. “Claudia y Omar fueron muy valientes, ojalá los cuide el Ejército”, dijo una tía panista como rezándole a Dios.
Los verificadores espontáneos combatieron con fiereza las fake news.
El miedo no tiene la última palabra
Al caer la noche, cuando la información precisa y contextualizada era reflejada en algunos canales de televisión, la conversación había cambiado de eje. Ya no se trataba sólo de la caída del capo más poderoso del planeta, sino del fenómeno digital que acompañó al anuncio.
El 22 de febrero de 2026 será recordado como el día en que el miedo vivió entre nosotros, pero también como la jornada en que miles de usuarios se organizaron, sin consigna previa, para defender la veracidad de la conversación pública.
No llevaban credencial de servidores de la nación ni gafete de prensa: utilizaron sus conocimientos e intuiciones para desmontar un teatro de lo absurdo alentado desde cierto sector de la oposición mexicana y el conservadurismo extranjero.
En una era donde la desinformación se viraliza en minutos, aquel domingo demostró que la comunidad digital puede reaccionar con la misma velocidad que los sembradores de caos. Los espontáneos del fact checking –periodistas, activistas, diplomáticos y ciudadanos de a pie– ofrecieron un servicio social invaluable: recordaron que la verdad también puede hacerse tendencia.
Y que el miedo, aunque ruidoso, no siempre tiene la última palabra.
Con información de Omar Cordero y Rivelino Rueda.
RM
