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Spitboy

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Por supuesto que amamos a Bikini Kill, ¿quién podría ser tan insensato como para mostrarse indiferente a la divertida y radical Kathleen Hanna?

Me sorprende, sin embargo, que el fanatismo por Bikini Kill no permita descubrir otras bandas de morras, como Spitboy, cuya música recién reencontré, lo que me llevó a releer su historia escrita por Michelle Cruz Gonzales.

“El punk rock es una salvación, un grito duro, encabronado y rápido para los jóvenes que han tenido que ser testigos de algún tipo de violencia sin haberlo pedido: en la casa, en el barrio, en la escuela, en la iglesia… El punk es una herramienta de sobrevivencia, sobre todo para los adolescentes de la clase trabajadora. Cuando, además de defenderte del entorno, tienes que arreglártelas para cubrir tus necesidades básicas, deprimirte y decorar fundas de casetes con plumoncitos de colores, suena a un lujo…”, dice Michelle Cruz Gonzales.

Michelle fue adolescente en una high school llena de protomachos desesperados por llegar a tercera base sin reparar en la voluntad de los demás. Hija de una madre soltera, creciendo en las colinas del condado de Tuolumne, California. Los arraigados convencionalismos de la cultura de la madre de Michelle, mexicana inmigrante, fanática de Joni Mitchell y Linda Ronstadt, complicaban hasta cierto punto las cosas, le decía que las mujeres mexicanas debían tener sí o sí el cabello largo y llevarse las cosas tranquilas para agarrar buen marido. Michelle es chicana, brownie, como le gritaban los blancos. Las chicas blancas simplemente la ignoraban.

Michelle llegó a ser más cursi que Hannah Montana durante los primeros años de la secundaria, cuando tocaba la flauta en la banda escolar y el estuche de su instrumento estaba adornado con calcomanías de unicornios; cuestionaba su feminidad, las relaciones, la amistad, el despertar sexual y la atracción por los chicos e incluso su mismo sexo, en medio de un sistema patriarcal que a menudo pierde la noción del respeto y la empatía, pues en cuestión de segundos el cerebro de un cabrón se reduce al tamaño de la punta de la verga. Pasaba las tardes ochenteras escuchando la radio para atrapar canciones de los Clash, Olivia Newton John, Adam and The Ants y las Go-Go’s en cassettes vírgenes. Según cuenta Michelle en su libro de memorias “The Spitboy Rule”, fueron las Go-Go’s quienes le provocaron una contusión sonora en su cerebro marcando su destino para siempre: a la chingada la flauta y los unicornios y los galanes bien peinados. Las Go-Go’s le habían mandado una señal, una misión: formar una banda de rock integrada sólo por chicas, aspecto que podría desquiciar a una que otra feminista de nueva generación que considera a las Go-Go’s como una banda de groupies mensas y frívolas alucinadas por agradar y satisfacer la líbido del cantante de rock: “Para mí las Go-Go’s era el sonido de la rebelión… se veían pero muy bien, muy femeninas y muy poderosas, rockeando con todo, haciendo eso que hacen los hombres en una banda, orgullosos de sus impulsos y sus vergas. Las Go-Go’s estaban orgullosas de su femineidad y de llevar peinados alborotados con Aqua-Net y usar colores pastel y tacones. Una banda de puras mujeres adueñándose del escenario hizo mucho sentido en mí, me hizo creer en un montón de capacidades que ni siquiera sabía que podía ejecutar por el simple hecho de ser una chica. Después de las Go-Go’s, los Clash me dijeron que además de rock, mi banda tenía que ser de punk”.

Con el tiempo y sin planearlo, Joni Mitchell y Linda Ronstadt también se convertirían en una fuerte influencia.

Confrontó al sistema patriarcal de frente con una batería, poniéndose un apodo masculino a modo de reto y burla, Michelle “Todd” Gonzales, y formando una de las mejores bandas de punk-hardcore de la historia: Spitboy.

“The Spitboy rule: tales of a xicana in a female punk band” es más que la biografía de Michelle como parte del cuarteto de Spitboy, una banda de genuino estrato hardcore que desafió al patriarcado y sus costumbres de imposición machistas hablando de frustración y deseos eróticos. Es también un rudo y divertido repaso a los contrastes gringos y su racismo velado, a veces mimetizado de buenas causas, como el feminismo blanco y clasemediero. Cuando Spitboy irrumpió en el panorama alternativo, los periodistas musicales, fascinados por su furia femenina, buga y lésbica por igual (Michelle confiesa que sus primeros crushes eróticos fueron Harrison Ford interpretando a Han Solo y Olivia Newton John en su etapa de brillosos leggins de licra), pero bastante huevones para siquiera detenerse en su complejidad, se apresuraron a encasillarlas en el movimiento de rock feminista de principios de los noventa denominado como Riot Grrrls. Durante uno de sus primeros conciertos, cuando acomodó el micrófono por encima de los tambores de la batería, antes que cualquier canción, Michelle aclaró una cosa: “Queremos decirles a nuestros fanáticos, hombres, que no nos esperan en la parte trasera, no esperen nada de nosotras, porque no somos una banda de riot grrrls…” Michelle era demasiado morena como para verse a sí misma como una de esas riot grrrl que irrumpían en los fanzines y las revistas de música.

Quizás la diferencia entre Spitboy y el resto de las riot grrrls es que para la banda de hardcore femenino su prioridad era la furia y la música por encima de una colectividad mayoritariamente blanca. También eran más frontales cuestionando los roles de género y el sexo reproductivo, de ahí que hayan generado más conexiones con el queercore abiertamente homosexual, hasta el grado de colaborar con Martin Sorrondeguy, de la mítica banda Los Crudos, y más tarde Limp Wrist.

Para ella, una riot grrrl tendía a lo blanco y su enemistad con el machismo era moderada y algo azucarada, al menos para Michelle, que entendía a las tiranías masculinas como una especie de revuelta que había de resolverse mediante guitarrazos y madrazos del pogo, por eso.

Michelle dedica una buena parte del libro de 135 páginas, que se van como caguama bien helada, a cuestionar el machismo a partir de los fans hombres de Spitboy: hombres que se hacían pasar por feministas sólo para probar suerte y arrancar uno que otro faje. Pero Michelle no se anduvo con debilidades ni totalitarismos que rayan en lo conservador; su feminismo está cargado de muchas posiciones radicales y de un sentido del humor que cuestiona sus propias ideologías.

En 1993, Lucy Sweet de la “Melody Maker” describió así un concierto de Spitboy en Londres:

“Spitboy es la mejor banda a la redonda integrada sólo de chicas. Ellas se me vienen a la cabeza sobre todas las riot grrrls. Sus uñas postizas contienen más poder que los cuerpos de Courtney Love, Kathleen Hanna y Kat Bjelland juntas… Aquella noche, esas cuatro mujeres, dulces y encabronadas, ingeniosas y entrañables, se robaron mi corazón no sólo por su inspiradora bilis, sino por su sanguinaria franqueza. Porque ellas tienen las cosas muy claras: odian el sexismo, pero no a los hombres…”.


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Wenceslao Bruciaga
  • Wenceslao Bruciaga
  • Periodista. Autor de los libros 'Funerales de hombres raros', 'Un amigo para la orgía del fin del mundo' y recientemente 'Pornografía para piromaníacos'. Desde 2006 publica la columna 'El Nuevo Orden' en Milenio.
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