Sociedad

“Josephine” y las nostalgias ajenas

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Entre las canciones que realmente logran transportarme al pasado mediante la sinapsis de la memoria, está “Josephine”, del músico francés Chris Rea, en su versión “French Edit”. Sencillo de 1985 con arreglos de blues contemporáneo que, sin embargo, tuvo una resurrección a finales de los noventa cuando precisamente el remix conocido como “French Edit” sonaba en los clubes de electrónica, sobre todo aquellos concentrados en el género balearic, como casi todos los de Ibiza, donde escuché “Josephine” por primera vez.

Fue durante el amanecer en el patio del legendario club Pacha, si la memoria no me traiciona, con una cerveza en la mano y 25 horas sin dormir. La tacha seguía electrizando mis músculos después de siete horas de baile, sudor y coqueteos con hombres con pinta de skaters. A veces pienso que las tachas potenciaban su efecto al triple debido a mi estómago semivacío. Ahorré durante un año y medio y, aun así, el presupuesto quedó limitado con todo y que el euro aún no había hecho su aparición. Estamos hablando de los tiempos previos al 11 de septiembre. Mi alimentación en Ibiza consistió en una sola ingesta al día de comida chatarra que les diera a mis tripas una ilusión óptica de llenadera: papitas, una especie de cuernitos con una salchicha en el interior, manzanas y Coca-Cola de postre. Prioridades de un joven hedonista sin varo. Prefería dilapidar el dinero en las entradas de los clubes, los tragos (las tachas de colores ayudaban a mantenerse hidratado con agua mineral y no tanto con un coctel etílico), una camiseta de recuerdo y discos compactos con las mezclas en directo.

El Ibiza de los noventa es el tema principal de un foro de Reddit, donde jóvenes en sus veintitantos conversan sobre el Ibiza del hoy y como el de ayer debió ser abismalmente superior.

Un usuario compartió su aventura en el Ibiza pospandemia. Motivado por todas las aventuras con banda sonora bailable que había leído en internet, tomó la decisión de subirse a un avión sólo para encontrarse con una isla de lujo distópico, donde los clubes venden entradas a precios insultantemente caros y que deben reservarse con semanas de anticipación para no quedarse en la calle. Una vez dentro se percató de que había más espacios VIP que pista de baile. Tampoco es que importara porque la gente no bailaba. La diversión en el Ibiza de hoy consiste en grabar con la cámara de los celulares para generar contenido con el cual subir historias o hacer listas de cocteles, bares de after hours o las mejores compilaciones en disco compacto para entender el vibe de Ibiza.

Decepcionados ante lo genérica que se había convertido Ibiza —alguien escribió, tras ver algunos reels, que aquello podría ser Ibiza, o bien Miami o Punta del Este por la música y el entorno en general—, los usuarios decidieron que armarían su propio vibe, respetando los orígenes de la isla. Para conseguirlo se dieron a la tarea de comprar discos compactos, incluyendo cuantas copias fueran posibles, de la colección Café del Mar; imprimieron pósteres bajados de la red, y compraron camisetas y camisas vintage de los noventa. Organizaron un par de fiestas con temática de Ibiza, en completa y absoluta inmersión analógica.

Hace semanas que vengo leyendo a jóvenes desesperados por revivir nostalgias de épocas que nunca vivieron. Por momentos pensé que se trataba del reciclaje estético de siempre. En algún momento de los noventa se pusieron de moda las camisas de poliéster de cuello gigante y estorboso, sacadas de las películas de gánsters de los setenta. Pero, conforme leía con atención los comentarios, la nostalgia se sentía más bien un síntoma de anacronía imprecisa. Como quien está atrapado en un túnel del tiempo. La consecuencia de ser parte de una generación nativa digital sin capacidad de producir memorias propias, pues casi todos los recuerdos se construyen con cámaras y pantallas que atraviesan la experiencia humana. Pareciera que las cuentas de Instagram tienen más recuerdos almacenados que las mentes de nosotros, los usuarios de carne, hueso y likes que saben a adrenalina instantánea y desechable. Quizás esa inexperiencia analógica es lo que provoca ansiedad y desconexión.

Me pregunté cómo será abrir tu cuenta de TikTok o Snapchat a los 12 años, empezar a grabar, ponerles filtros a tus primeros recuerdos.

Recuerdo que en ese amanecer en Ibiza tuve el instinto de sentarme, pues las caderas gritaban por un descanso. Entonces las cuerdas de Chris Rea empezaron a pulsar en el esquisto del sistema de sonido del club. Un tambor a contratiempo y un bajo acorralaron la guitarra de Chris Rea como si fuera una alegre pelota de ping-pong. Luego una nota de sintetizador extendió la guitarra y abrió el cielo con ese tempo que acariciaba la adrenalina. Regresé a la pista de baile mientras las nubes se pintaban del color de la toronja más jugosa que la de Ibiza. Hubiera querido besar a un cabrón, pero mi mente estaba muy concentrada en grabar esa memoria. Sin cámara fotográfica ni de video, y con los teléfonos inteligentes capaces de transmitir en vivo, siendo un prototipo cyberpunk, mis recuerdos eran los únicos dispositivos para sobrevivir al destierro del Edén.

Desde entonces, cada que escucho “Josephine”, mis neuronas entran en modo automático y me llevan a ese amanecer en Ibiza de 1999.


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Wenceslao Bruciaga
  • Wenceslao Bruciaga
  • Periodista. Autor de los libros 'Funerales de hombres raros', 'Un amigo para la orgía del fin del mundo' y recientemente 'Pornografía para piromaníacos'. Desde 2006 publica la columna 'El Nuevo Orden' en Milenio.
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