Sociedad

‘De Chile, Dulce y Mantenca’: ‘Adiós ayer’

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Desconozco si el talento de José Padilla era real. Los de Radioactivo 98.5 del FM medio se cabulearon de él en su legendario autopromo de la Barbie Condechi. Pero su nombre fue indispensable en mis años donde solo trabajaba para lacerarme los pies en las raves de finales de los noventa. Desde la medianoche hasta el mediodía del domingo siguiente. Bailando hasta sangrar. Luego nos íbamos al departamento de mi amigo Francisco Cullen a tomar cubas y poner compactos de Café del Mar. Compilados por José Padilla. A veces, cuando la tacha o el LSD nos pegaba chueco, poníamos a los Smiths. Pero Café del Mar era el de batalla. Implicaba que nuestras emociones habían salido frívolamente intactas. Con sexo sin nombres ni malentendidos existenciales. Creo que mis volúmenes favoritos siguen siendo el 7 y el 6. En especial este último. No solo capturaban los mejores momentos del trip hop para ese sexto volumen lanzado en 1999. Con su selección funky amortiguado en la resaca, acid jazz de espejismos lujosos, dub con chocantes guiños al new age o ambient tramposamente espiritual más covers de Burt Bacharach fermentados en martinis, Padilla definió lo que sería el (mal) llamado chill out para el resto de eternidad. Literal, un revoltijo de chile, dulce y manteca hecho con tracks alrededor de los 90 beats por minuto. A partir de ahí, cualquier local aspirante a dar el gatazo de bar lounge debía poner en su música de fondo los golpeteos mariguanos de cualquier disco compacto que llevase el género chill out impreso en la portada.

La obsesión por los raves me orilló a buscar trabajos de mesero cuyas propinas aceleraban mis ingresos con los que pude comprarme boletos al Love Parade de Berlín y los clubes balearic de Ibiza. Fue decepcionante llegar al dichoso café del mar de donde salían esas compilaciones que poníamos en el departamento del Cullen. No sé por qué me imaginé un escenario entre Mónaco y los neones de Miami Vice. Hacerte de un lugar era similar a abrirte paso en la entrada de la Basílica de Guadalupe un 12 de diciembre. La mitad de mis ahorros de mesero se han deber ido ese tramo rectangular sin chiste con su pedazo de playa San Antonio atestado de pobres pendejos como yo. El sonido era descomunal eso sí. Al menos para un tercermundista como yo.

No me arrepiento. Lo cierto es que el chill out terminó en la música de elevador y supermercado del nuevo milenio. Y no sé si José Padilla era un buen DJ. Pero su muerte en medio de la pandemia hizo que valorara los recuerdos de sus beats con sobrecarga emocional que de otro modo hubiera sido menos reflexiva. Tal vez.

Es la misma fascinante extrañeza que se percibe en la exposición de Chile, Dulce y Mantenca, montada en los muros de la galería Art Space,  en la Ciudad de México. La de un presente atascado en el año cero de la entelequia. Los recuerdos han sido despojados de su cronología. Lo que hacíamos hasta antes de nuestras respectivas cuarentenas se sienten como sucesos tan distantes como las siete primeras compilaciones de Café del Mar.

Art Space ha sido de las galerías de arte que antepusieron en la Ciudad de México la lógica queer antes de convertirse en una muletilla para englobar la diversidad sexual desde la tiranía del marketing. Su objetivo de montar lo mismo arte figurativo que piezas de instalación, performance o video ha servido para hablar de diversidad con orgullo, deleite e incomodidad y más importante, sin remordimientos. De Chile, Dulce y Mantenca que arranca esta semana, casi después de la muerte de José Padilla, y puede verse ya sea en su formato virtual o asistiendo físicamente previa cita agendada, es una muestra colectiva de los artistas que han sido parte de Art Space a lo largo de sus ocho años, donde la heterosexualidad no es parte del prejuicio joto. Dividida en dos volúmenes o etapas (el volumen 2 arrancará el 15 de enero del 2021) en la exposición podrán verse o comprar obras de artistas como Abel Azcona, Juan Bollas, Daruich Hilal, Emi Discordant, Enrique Landgrave, Enrique Minjares, Rurru Mipanochia, Nelson Morales, James Pogan, Mauro Terán, Nizaac Vallejo, Iván Villaseñor, Alfonso Zárate, Rodrigo Zárate, Ursus y el legendario Carlos Jaurena, en cuyo departamento tuve mis primeros acercamientos con al ambient a los 20 años que despues sonaría con espectacularidad en el Café del Mar. Las turbulentas lecturas de las piezas Chile, Dulce y Mantenca permiten atender la susceptibilidad del presente que nos invade. La sexualidad amenzada por el aislamiento. La trastocada noción de un pasado defectuoso que a la distancia de la pandemia corre el peligro de idealizarse. La tensión entre la disidencia sexual o la moda, con riego de acabar como el chill out.

Así como José Padilla reclutaba bandas y DJ que ayudaran a soportar ese devastador momento después de los excesos de las fiestas electrónicas que escribían su historia y futuro pintado de horizontes y jugos de naranja con licor barato, De Chile, Dulce y Mantenca aprovecha la suspensión del tiempo contaminado de covid-19, el coronavirus que además de los sistemas respiratorios, también deteriora nuestra capacidad de modular recuerdos sustanciales que no sea la muerte, para resetear el pasado y dotar de un poco de vigencia al presente mediante sus obras cargadas de vitalidad, erotismo y color. Como esa canción original de José Padilla “Adiós ayer”.

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Wenceslao Bruciaga
  • Wenceslao Bruciaga
  • Periodista. Autor de los libros 'Funerales de hombres raros', 'Un amigo para la orgía del fin del mundo' y recientemente 'Pornografía para piromaníacos'. Desde 2006 publica la columna 'El Nuevo Orden' en Milenio.
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