“POR QUE AMO LA NIEBLA: Amo la niebla, porque en torno gira/del techo que en sus muros te aprisiona,/y así las gracias mil de tu persona/hurta al ojo profano que te mira. /Amo la niebla, porque en vaga espira,/trasparente, sutil y juguetona,/prende en tus sienes nítida corona,/y te envuelve en un manto de chaquira./Amo la niebla, porque en ella miro/de nuestro gran amor la mano impresa/y de nuestra alma el incesante giro. /Y la amo sobre todo, porque apresa,/para llevarlo a Ti, dulce suspiro/¡con que mi ausente corazón te besa!”. (Federico Escobedo, “Tamiro Miceneo”, Poesías, Teziutlán, Puebla,1923).
Como ya señalamos en nuestra anterior colaboración, de que Federico Escobedo Tinoco, nació en Salvatierra, Guanajuato, un 7 de febrero de 1874 y que llegó de párroco a la iglesia de El Carmen en Teziutlán, en 1921, donde compuso y escribió varios de sus mejores poemas y obras, enviado por la Arquidiócesis de Puebla. Siguiendo más su pista, uno de sus paisanos, Jesús Guisa y Acevedo, apunta en el homenaje que se le hizo en Salvatierra al festejarse el centenario de su nacimiento, que: “Para los inicios de 1899 Federico ya no está en la Compañía de Jesús. Ha renunciado porque el «cajón de ropa» que don Leandro tiene en Salvatierra no produce lo suficiente para el sustento de los suyos y, finalmente, queda en bancarrota”.
“Don Leandro, desalentado, huye de Salvatierra y Federico vuelve al mundo, al «siglo», para ayudar a la familia. Lo primero que hace es ir al terruño a vender lo realizable, pagar las deudas del papá y llevarse consigo a su madre y a los hermanos que permanecían con ella a Huamantla, Tlaxcala, donde establece un colegio de niños. Por el mismo tiempo colabora en el periódico El País, de don Trinidad Sánchez Santos. Ocupado en atender aquel colegio lo encuentra el Obispo de Puebla don Perfecto Amézquita, quien lo anima a ordenarse sacerdote ya no como jesuita, sino como miembro del clero diocesano, pronto recibe las órdenes de subdiácono, diácono y presbítero en el Seminario Conciliar Palafoxiano, del que pasa en seguida a ser profesor de Retórica y Humanidades. Su cantamisa ocurre en Huamantla, el 6 de diciembre de 1899. Es designado vicerrector del Colegio Episcopal de San Pedro y San Pablo de la capital poblana y prensas poblanas le imprimen sus tres primeros libros en los albores del siglo XX”. (Cultura Salvatierra: Poesía Prosa Leyenda. 1974).
Uno de los mejores distingos y regalos que me dio mi madre-junto a la Vida-fue el obsequiarme, según me dijo “de manera especial”, el libro de Federico Escobedo impreso y editado en Teziutlán en 1923, prologado por el filósofo y rector de la UNAM, Antonio Caso, y que ella conservó durante años “como uno de sus más grandes tesoros por su predilección hacia el contenido y por tal vez, raro y único ejemplar” (Ramona Parra Aguilar, mi Madre, teziuteca. Nacida el 15 de febrero de ese mismo año en la llamada “Perla de la Sierra”).
Este tesoro de libro, por sí mismo y por ser un obsequio maternal, también refleja el desarrollo de las artes gráficas en este-uno-corazón del Totonacapan…