En las empresas es bien sabido y aceptado que tus críticos son tus mejores mentores, y todavía más esperado, que uno mismo sea su mayor crítico. Esto funciona porque los emprendedores o CEO comparten prácticas y políticas, son ya la norma en la iniciativa privada y donde existe el ejercicio grupal de cuestionar, escuchar, exigir a quien dirige. Esto lo hacen a través de los Consejos, donde quien dirige expone resultados y el resto tira a matar.
Esto que es tan común en los negocios no existe en la política. Donde el poder se ha hecho cada vez más autoritario y absoluto, principalmente en países con democracias jóvenes, como México. Después del triunfo de la oposición en el 2000 tuvimos una breve experiencia de alternancia política y contrapesos institucionales que hoy se hacen cada vez más borrosos con un único partido controlando casi todos los Poderes y estados. Estamos regresando a lo que fue la era del PRI: más poder, menos autocrítica, más corrupción. Acaban de celebrar el Congreso Nacional de Morena y ni una palabra de Rocha.
El caso del gobernador de Sinaloa, Rubén Rocha, no es un caso aislado. Terrible su posible vinculación con el narco, en un estado tan golpeado por la inseguridad, pero esto es sólo una punta del iceberg. Esta situación habla de un estado fallido, de los grupos delictivos metidos hasta la cocina.
Pienso en sus equipos, reuniones, ¿quién los cuestiona? Los gobernadores y alcaldes tienen todo el poder. Sufren de lo que expertos llaman el Síndrome del Hubris, donde experimentan perdida de la realidad y se posicionan como los únicos con la verdad, comportándose con desmesura, arrogancia e infligiendo las normas o leyes. Esta es la historia de nuestros gobernadores, desde los juniors del PRI en los años pasados hasta hoy los de Morena y alguno que otro de MC.
Sin sus equipos o partidos como contrapeso sólo nos queda a la ciudadanía exigir, desaforar y cuestionar. Así como en el cuento del Rey desnudo, que nadie de sus hombres de confianza se atrevió a decirle la verdad sobre sus telas “invisibles” por miedo a confrontarlo, hasta que un niño del pueblo fue capaz de gritar en un desfile: “Pero si va desnudo”.