Comprar o vender votos no es un buen negocio…para nadie. El candidato o partido que confía en un convencimiento material y tan volátil como el dinero va a encontrar una frustración predecible y quien aceptó un billete fácil por su voto es muy probable que padezca un gobierno nocivo, entre otras graves consecuencias de este signo de descomposición política.
Cuando los opositores denunciaban el comercio de votos al día siguiente de la elección que, lógicamente habían perdido, no salían en defensa de la dignidad ciudadana sino de sentirse afectados por una trampa en el juego. Hacían pública su doble insuficiencia, es decir, que no pudieron ganar con ideas y tampoco con malas artes. Por ello, en la primera oportunidad, hicieron lo mismo.
Entre las expectativas de los electores cívicamente responsables (que son mayoría) no aparece la idea de una compensación monetaria; ésto les indignaría. Nunca estarán siquiera cerca de una propuesta semejante. Pero existen en el inframundo electoral una fauna variada de mercenarios del voto.
Como cualquier evento de corrupción, existen dos partes. Pero en este trato la mercancía es la democracia y ocurre en un contexto de terrible desigualdad entre las partes. Es un convenio para hacer perdurar la propia desigualdad. El candidato derrocha dinero para comprar un poder que lo atará al origen del dinero como a un esclavo. Comprar votos es un símbolo de atraso perpetuo.
La mayor perversidad de la vulgar compra de votos a personas humildes lo ejerce un gobierno con el antifaz llamado “programas sociales”. Contario a su obligación de otorgar bienes de mayor valor como la educación o la salud, el repartir dinero a la gente humilde provoca multiplicar el drama de la desigualdad en México.