Parece que las métricas de lectura de mis columnas en Laberinto muestran datos deplorables. Cuando pedí verlas, se me dijo que la información es confidencial, de uso exclusivamente interno. Cuando quise saber si el diagnóstico negativo era reciente, se me dijo que los datos se destruyen, no existen registros de continuidad, aunque se conserva una idea general en la memoria de quien supervisa las bitácoras.
Hallé un ejemplo de estas valoraciones en Google. Deben insertarse en una gráfica: usuarios concurrentes; visitas a la página; usuarios totales; profundidad de desplazamiento; recirculación; tiempo de lectura; RFV (recencia, frecuencia, volumen). En mi caso —se me dijo— las cifras son tan bajas que se ha decidido ya no publicarme en la versión impresa del suplemento —en cuya página 2 ocupé un espacio durante seis años— y colocarme en la zona digital. La decisión es piadosa y a mí me gusta la piedad. Entiendo que la posibilidad de eliminar mi columna estuvo en la mesa. Alguien intercedió en mi favor; tal vez propuso que se me concediera un periodo de gracia, una última prueba antes de darme por perdida. Según se me ha explicado, la perspectiva digital es alentadora, pues mis escritos se podrán exhibir en diversas plataformas, con la esperanza de que más gente los lea, los resultados mejoren y, en adelante, mi panorama sea más afortunado.
Admito que yo desconocía el asunto de las métricas de lectura. Supongo que tras bambalinas y, sobre todo, en el área de sistemas han de llevarse a cabo múltiples cálculos de manera automática e impersonal. Sería ingenuo y ridículo indignarme porque a un bien inmaterial —¡literario, por si fuera poco!— se le confiere el mismo trato que a una mercancía, un producto en una repisa. Estoy segura de que hay una cadena de mando que incluye varias etapas, algunas técnicas, objetivas, implacables; otras sentimentales, subjetivas, indulgentes, en las que se resuelve aplicar los criterios discrecionalmente y establecer treguas por amistad, conveniencia, lástima, etcétera, hasta que no. Y entonces se adoptan las medidas necesarias, y un día llega un mensaje: “fíjate que… tendremos que… es solo un reacomodo… no lo tomes a mal… saludos”. Pero ya estoy elucubrando. A la hora de la hora, el procedimiento ha de ser sencillo. Esto se lee: se conserva. Esto no se lee: se desecha. Apenas se notará que un nombre se cambió por otro nombre: una mujer por otra mujer. No hubo nunca desorden, ningún instante de vacío.
Queda la pregunta de por qué acepto, cuando claramente es la crónica de un fracaso. Sin embargo —y nótese el ángulo de autoayuda— también puedo concebirlo como un reto: modificar los números terribles y alejarme del riesgo de aburrir a lectores y lectoras; de eso que Baudelaire llamó “monstruo delicado”: el tedio, “ojos llenos de llanto involuntario”. Y hay algo más importante: todavía no quiero suspender el vínculo con la comunidad pequeña, no imaginaria, que conozco y reconozco. Creo que aún está ahí.
AQ / MCB