Uno es ocurrente, así que acabé merodeando por el National Mall de Washington D.C., con el Capitolio de un lado, el monumento a Washington más allá y, entre varios, el National Air and Space Museum.
Cuando uno entra al Capitolio, no en día de elecciones, una breve película explica por qué existe un Congreso: para que las decisiones no dependan de dictadores, reyes o monarcas, sino de representantes elegidos democráticamente. Bien. En días como éste se siente el enorme peso de ello.
Pero mientras esperábamos respuestas sobre unas elecciones capaces de cambiar el curso de este país y, por lo tanto, la geopolítica mundial, decidimos entrar al increíble museo dedicado al espacio y al vuelo.
En el planetario nos recuerdan que nuestro Sol es apenas una estrella cualquiera (y no se cansan de recordárnoslo) entre miles de millones. Es difícil no sentir el contraste entre lo que día a día creemos que es la inmensidad humana y lo insignificantes que somos en el gran esquema de las cosas. Sobre todo al salir y ver cómo la ciudad se prepara para el conteo de votos y sus posibles consecuencias.
Washington D.C. se sintió tranquilo durante el día. En lugares como Union Pub venden cocteles de nueve dólares inspirados en las contiendas electorales, incluso shots rojos y azules, para que la gente ¿conviva? También se vota una iniciativa para prohibir la venta de foie gras y la alimentación forzada de aves. Muy razonable cuando uno ve esas majestuosas bellezas alrededor del río Potomac, muy cerca de aquí.
Todo esto para hacer una pausa y reflexionar, en medio de uno de los días noticiosos más movidos de estos tiempos, sobre cómo a veces hay que parar, recordar nuestra humanidad y darle la proporción debida a las hermosas pero diminutas partículas que somos en el universo.