Nada contra los participantes de un reality show que no veo por convicción, pero del que no puedo escapar ni en defensa emocional propia. Cada vez que me topo con un post o una pantalla mostrándome vidas ajenas artificialmente curadas para el conflicto, el rating y el engagement, no puedo evitar sentir ansiedad. Ansiedad que a veintitantos años del estreno de Big Brother ya debería tener trabajada, ¿no?
Pero la verdad es que todo lo que temíamos cuando apareció ese formato en nuestras vidas ocurrió, y mucho más.
Antes, estar pendientes de vidas ajenas, jugarle a jueces de comportamientos ajenos, entretenernos con dramas y hasta divertirnos con conductas profundamente desordenadas estaba, al menos, limitado. Al menos a nivel colectivo, porque la naturaleza humana es lo que es. Ese era el territorio de los primeros realities, de los programas y revistas de chismes y, ante todo, de quien quisiera ponerse en el camino de esa crítica a cambio de… ¿fama?, ¿ego? Nunca lo entenderé.
Así como nos advirtieron George Orwell y tantos otros autores con visión, hoy cualquiera puede acabar viviendo esa misma dinámica, volverse infame, ser cancelado y destruido en redes sociales en cualquier momento, por cualquier error.
Al menos los integrantes de estos shows —por más que le jueguen al algoritmo y a la intriga masiva— tomaron la decisión de monetizar la infamia. Pero, ya tan acostumbrados a eso como público, todos armados con una cámara y un equipo de transmisión en cualquier momento, vivimos en un mundo en el que esas dinámicas tan distorsionadas se han vuelto el día a día.
Muchos dicen que la televisión no debe ser la que nos educa, y tienen razón. Pero vaya que nos ha maleducado. Al grado de que ahora en tiempos de redes sociales, pareciera que de un momento al otro todos vivimos en una versión de La casa de los famosos. Claro que sufro de ansiedad, pero esa jamás estaría a la venta si de mí dependiera.