Escribo esto desde mi silla en la sala de prensa a unos minutos de que empiece la ceremonia del Oscar. Y antes de que todos estemos hablando de ganadores, sorpresas y polémicas, creo que hay que hablar del elefante blanco en este —y muchos otros— espacios de la industria.
Estoy rodeada de periodistas del mundo entero. Si alguno de ellos es “creador de contenido”, aquí adentro eso no cambia nada: no se puede tomar ni una foto, video ni nada que se le parezca. Lo que podemos hacer son preguntas a los ganadores, y esas se transmitirán simultáneamente al mundo entero. ¡Y nos encanta! Pero también sabemos que el tiempo está contado. Después de esta ceremonia quedan solo dos años antes de que los derechos de la gran fiesta del cine pasen a YouTube. Y si vieron la alfombra roja, habrá quedado claro que cada vez hay más influencers (algunos brillantes, otros solo escandalosos) que reporteros.
Cuando preguntamos a los organizadores —profesionales que saben quiénes estamos aquí, por qué medio y con qué intención periodística— la respuesta siempre es la misma: no quieren sorpresas.
Pues sorpresa.
¿Creen que eso seguirá ocurriendo cuando YouTube dicte las reglas de cómo se narra la noche más grande del cine? Sus estrellas tienen más seguidores que la mayoría de los nominados. El alcance es instantáneo y con potencial de viralizarse. Es, sin duda, un cambio de paradigma.
La cobertura del Oscar empieza a sentirse como el final de una era. No me puedo imaginar cómo se siente la gente que lo apuesta todo por la pantalla grande. Pero igual que el gremio que cubre cine, quizá ellos tampoco saben aún hacia dónde nos llevará el inicio del segundo siglo del Oscar.