Perez Hilton fue un visionario de las redes. No lo digo como algo bueno, sino reconociendo que fue de las primeras personas en tener un éxito avasallador hablando de vidas privadas y diciendo cosas horribles cuando internet era nuevo para la mayoría.
Como ocurrió en México con los programas de chismes, “el chismoso” se volvió parte de la historia que contaba.
No había, ni hay, barreras claras entre verdad y opinión, y los clics terminaron siendo el único parámetro.
Perez Hilton se hizo llamar “el influencer original” y con sus inicios y el éxito, no estaba del todo equivocado.
Esta semana pasó algo horrible: meses después de una larga hospitalización por sepsis, Perez Hilton inició un TikTok Live, en el que sus seguidores lo vieron en un estado aterrador. Se lastimaba a sí mismo y no tenía puesto nada.
La plataforma de videos tardó demasiado en detener la transmisión y suspenderla, mientras que sus seguidores lograban que el equipo de emergencias llegara a tiempo.
Todos tenemos momentos de crisis. Perez Hilton vive y monetiza de eso. Por eso es demasiado fácil tomar lo ocurrido como “karma” o algo “merecido”. Tuvo una absoluta crisis mental en vivo. El tipo de suceso del que él habría sacado jugo de haberle ocurrido a un famoso.
Si me preguntan, yo prefiero verlo como una oportunidad para recuperar humanidad frente a un medio que todos llevamos para transmitir y para cuyo uso nadie exige responsabilidad.
Si le pasó a este personaje, sabemos que puede pasarle a cualquiera.
Siendo él uno de los mejores ejemplos del daño convertido en entretenimiento, le deseo recuperación; a nosotros, un mejor filtro para decidir qué queremos consumir.