Descolocado, hambriento de algo incomprensible, un perro pateado por la soledad de madrugadas frías, tristes y extremas, esa fue la impresión que me causó la noche que entró al apartamento del Centro en la calle de López, de mi amigo Daniel Hernández. El alcohol corría sin límite como todas las noches, decidimos salir, camínanos a un local cercano, sidra, mezcales arroqueños y cerveza, el Bósforo con su cortina roja llena de polvo y sexo. Juan Cirerol recargado en la pared bebía en silencio, de pronto algo lo impulsó a contarnos cómo quería ganarse la vida cantando. Habló de Mexicalli, vivía rodando con su guitarra, su armónica y sus letras. Una vida dura, ganándose la existencia en las calles, en todos los locales de comida posibles. Nos largamos de ahí, en aquellos años todo nos aburría, vivíamos desesperados. La plática se fue diluyendo en aquél auto en el que surcamos la noche, no recuerdo bien en qué acabó todo ni cómo llegué a casa, sólo sé que era de mañana ya, hace mucho de eso, más de 10 años. Tiempo después lo vi en alguna fiesta de no sé quién, en un local, en un bar, tocando en la fiesta de Vice, en una cantina. Sus letras me parecieron demoledoras, crueles, llenas de vida, algo del amor y la condición humana entendía Juan, [Ya le aposté, al juego sucio del amor, a los regalos de cumpleaños a tratar de ser humano, a fingir como tú quieres, a tratar de ser alegre y todo es una mentira, mi vida.] para mí, Crema Dulce, Clase Media, define la desesperanza del amor sin final feliz, habla de la triste simulación de millones de vidas con una belleza cruel imposible de igualar. Su abuelo fue bracero, él le enseñó el country, así nació su idea de cantar, impulsado por el amor que ese hombre le transmitió por la música, ese cruce de la música norteña mexicana con el sur profundo de una América empapada de amor, bourbon, promesas rotas, dolor y tristeza, eso es Juan Cirerol. Transmutado, destiló vitalidad en su regreso a la Ciudad de México con un concierto íntimo en el Foro Indie Rocks el viernes 16 de diciembre después de años de ausencia, pese a estar firmado por una disquera grande sigue tocando solo, sin parafernalia. Su público lo esperaba con gritos y aplausos, no dejaban de pedirle que cantara el himno de la Metanfeta. Entre la oscuridad relucía la sonrisa de Juan que no dejaba de dar gracias a las personas presentes por permitirle llevar pan a su mesa, cantó La Florecilla, La Chola, Soledad, Eres tan cruel. Cuando cantó Piso de Tierra llegó el momento más intenso de la noche, escuchamos a un Juan pleno en su arte, voz potente, templada, lúcido, sin abuso de sustancias, la confusión quedó atrás, sin duda el amor de Juana Castañeda sanó su corazón. Para mí la Navidad es una pizza de queso fría con refresco de manzana, ver Home Alone, El Niño del Tambor interpretada por Rafael, escuchar a Cirerol [no sirve nada, invocar tu buena suerte con estúpida poesía…], no todos tenemos un amor que llevarnos a la boca.
Susana Iglesias*
* Escritora. Autora de la novela Señorita Vodka
(Tusquets)