Algunos no entienden que no entienden. Y es el caso de Harvey Weinstein.
En fechas recientes, el empresario cinematográfico concedió su primera entrevista desde prisión a The Hollywood Reporter, luego de sus condenas por agresión sexual y violación.
En esta conversación, Weinstein habló sobre el movimiento #MeToo, su “infernal” vida en la prisión de Isla Rikers, sus arrepentimientos y la “injusticia” que yace en las acusaciones contra él. “Se demostrará mi inocencia, eso lo prometo”, sostiene.
El caso de Harvey Weinstein, emblemático del movimiento #MeToo, puso en evidencia cómo por décadas, en la estructura cinematográfica, no sólo se permitió sino que se normalizó el abuso sexual y el silenciamiento de las víctimas.
Influyente productor y cofundador de Miramax, Weinstein poseía un gran poder sobre carreras de actrices y trabajadoras de la industria cinematográfica. De tal manera que las posibles denuncias que existieran en contra de él se topaban con pared, pues quién iba a iniciar un proceso contra el jefe. A esto se sumaba el temor de las propias víctimas de añadir a la violencia que experimentaban las represalias profesionales que terminarían con sus carreras o sueños.
No obstante, tras la explosión del #MeToo, los testimonios que salieron a la luz fueron numerosos y documentaron que persistía un patrón no solo de agresión, sino de coerción sexual. Pero, como en el caso de Jeffrey Epstein, quedaron también expuestas las fallas no sólo de la industria cinematográfica, sino de las instituciones públicas que permitieron la impunidad con la que estas personas pudieron delinquir durante años.
Y justo ahora, Harvey Weinstein rompe el silencio. Para muchos sus declaraciones fueron sorprendentes; no obstante, su timing no deja nada a dudas. En un momento en el que el retroceso en las agendas sociales se vuelve más evidente y varios grupos esconden su intolerancia disfrazada de conservadurismo, el discurso de Weinstein resulta idóneo para promover el descrédito de quienes atestiguaron en su contra y avivar la animadversion hacia aquellas que buscan justicia.
Pues si bien el productor reconoce que “sobrepasó los límites”, a la par se exculpa alegando: “podía ser un abusón de primera, fui autodestructivo; pero esas aventuras me liberaban de parte de la presión de la vida que llevaba. Era una tentación que siempre estaba ahí, y siempre cedía a ella. Era estúpido y estaba mal”.
Habria que aclararle a Weinstein que las mujeres no son objetos que “simplemente están ahí” y mucho menos son responsables de lo ocurrido, como busca enunciarlas al calificarlas como “tentaciones”. Esto sólo refuerza discursos revictimizantes donde la culpa recae sobre la víctima por cómo vestía o el lugar donde se hallaba a la hora de su abuso.
Y en el paroxismo del mundo al revés, se declara él mismo la víctima viviendo un infierno en Rikes.
Él mismo admite los abusos, pero los califica sólo como distintas “percepciones”. Tal fue el caso de Gwyneth Paltrow, en el que él no niega haber sugerido un masaje tras una entrevista de trabajo. Pero para él, eso no es hostigamiento, sino “mal ligue “. Alega: “soy un superviviente. Un superviviente de mis propios defectos”.
Al parecer, producir dramas le sigue saliendo muy bien. Pero, pequeño detalle, señor Weinstein: ser violentador sexual no es un defecto, es un delito.